Lo llamé tres semanas después de nuestra ruptura
Cuando crucé el umbral de su departamento supe que no iba a salir igual de como había entrado. Llevábamos tres semanas separados y todavía olía a él toda la casa.
Cuando crucé el umbral de su departamento supe que no iba a salir igual de como había entrado. Llevábamos tres semanas separados y todavía olía a él toda la casa.
Me senté frente a él, le tomé las manos y empecé a hablar. Sabía que cada palabra me ataba más a él, aunque doliera como una caricia mal puesta.
Cuatro días faltaban para que mi padre regresara. Cuatro noches para decidir cómo contarle que su esposa dormía abrazada a mí en su propia cama.
Andrés llevaba años pidiendo más de lo que ella podía dar. Esa noche, Lucía dejó el cuchillo en la encimera, miró a su hijo y propuso algo que ninguno olvidaría.
Mi hermano de diecisiete años llevaba dos semanas sin levantarse de la cama. Yo decidí que la cura era acostarme con él. Lo que no imaginé fue lo que vendría después.
Cuando ella me inmovilizó contra la hierba, supe que mi cuerpo había reaccionado de una forma que ninguna madre debería notar en su hijo.
La primera vez que encontré la envoltura en el cesto pensé que me había equivocado. La cuarta vez ya sabía exactamente qué estaba pasando en ese cuarto.
Cuando Joaquín nos presentó a su nueva pareja, una rubia diez años mayor, no imaginé que esa misma noche acabaríamos rompiendo todos los límites de nuestra familia.
Llevaba dos horas mirándola sin disimulo y ella lo sabía. Cuando me pidió subir al tercer piso a buscar guirnaldas, supe que esa Navidad no iba a ser como las demás.
Me puse el vestido que mejor me quedaba para ver una película. Detrás de la puerta entreabierta había tres pares de ojos esperando en silencio.
Necesitaba sacarme a la hija de mi novia de la cabeza. Lo único que tenía a mano era un frasco vacío, una excusa estúpida y la puerta del loft del roof garden.
Pensé que él era tan pudoroso como yo. Hasta que salió de la ducha, se quitó la toalla a medio metro de mí y empezó a secarse como si nada.
Mientras Lucía se preparaba para recibir a su amante, su hermana ya tenía otro plan con el sobrino: las cajas del altillo eran solo una excusa para empezar.
Salió de su cuarto a las once con una carta de agradecimiento doblada en la mano. Nunca debió empujar mi puerta. Yo nunca debí no escucharlo entrar.
Lucía cerró la puerta del baño, me miró sin pestañear y dijo: «Vamos a la ducha». En diez minutos llegaba mi jefa y yo seguía con la verga durísima.
Faltaban horas para que cerraran el cajón y yo me bajaba el cierre del vestido frente a sus dos mejores amigos. Que me mirara desde donde fuera, era lo único que me debía.
Trabajábamos juntos hacía meses, hablábamos hasta la madrugada por mensajes. Pero esa noche, por primera vez, ella tocó la puerta de mi cuarto con una bolsa en la mano.
Pensé que era una simple cura. Hasta que sus dedos resbalaron por mi piel y dejaron de ser los de una madre cualquiera.
Subí con una desconocida y al cerrar la puerta supe que mi vecina ya estaba apostada detrás de la cortina, lista para ver cada detalle de lo que pasaría.
Pensé que solo bajaría a la oficina del subsuelo para hacer lo de siempre. Pero esa tarde, Don Ricardo tenía algo más que su mano en el bolsillo del overol.