Volvió a mi cama la noche que ardía de fiebre
Llevaba dos años sin verla cuando golpeó mi puerta hecha pedazos, con la frente empapada y un nombre que no era el mío en los labios.
Llevaba dos años sin verla cuando golpeó mi puerta hecha pedazos, con la frente empapada y un nombre que no era el mío en los labios.
Cuando le pedí que me alcanzara el champú, no esperaba que apartara la cortina y se quedara mirándome con la mano sobre el pezón.
Llevaba meses sospechando que sus carreras nocturnas eran otra cosa. La seguí una vez y entendí por qué volvía siempre tarde y con olor a hombre.
Bajó descalza al salón con la camiseta blanca pegada al vientre redondo y se sentó al borde del sofá. Mi amigo dormía a tres habitaciones de allí.
Bajó en toalla recién duchado, con una sonrisa que no le conocía. Yo aún no sabía que esa noche iba a ser mi primera vez con un hombre.
Cuando ella se inclinó para despedirse en la puerta, su boca buscó la mía y todo lo que había enterrado durante años volvió a despertar de golpe.
Sus correos llevaban semanas en mi bandeja privada cuando aceptó la cita. Tenía dieciocho años, se iba a estudiar afuera y solo me pedía una cosa antes de partir.
Tengo 33 años, llevo cuatro sola y hay una fantasía que se me repite cada noche cuando me toco. Hoy la cuento por primera vez.
Su mensaje me llegó un martes a las cuatro de la tarde: «mi novio se fue, necesito salir». La hermana de mi mejor amigo me esperaba con ganas.
Cuando crucé el pasillo con sus bolsas en la mano, no imaginé que una hora más tarde estaría desnuda en su sillón, mordiéndole el cuello.
Subí por las escaleras y vi la ventana del baño entreabierta, con el vapor escapando. No debí acercarme, pero el sonido del agua y mi curiosidad pudieron más.
Le había pedido que no lo viera nadie del edificio. Cuando cerró la puerta y apoyó la espalda contra la madera, ya estaba temblando entre las manos.
Cuando supe que me quedaban pocos años, decidí vivirlos sin reglas, y empecé por la persona que dormía a tres metros de mi puerta cada noche.
Llevaba cinco años esperando a mi marido y esa noche, con el amante de mi cuñada frente a mí, descubrí que mi cuerpo ya no aguantaba más silencio.
Habían cancelado la reunión, me dieron la tarde libre y decidí que me iba a poner el camisón rosa. Lo que no calculé fue quién iba a estar mirándome desde la vereda.
Mi padre subió a la siesta empapado en sudor, con un bulto evidente en la bragueta. Yo solo le dije una frase, sin pensar lo que vendría después.
Cuando abrí esa carpeta vieja en su computadora, no imaginé que una foto de ella iba a ser el principio de mi propia traición.
Mi hija dejó la copa, se quitó los leotardos en el sofá y me miró con una sonrisa que no le había visto en diez años. Fuera, la primera nevada del invierno cuajaba en el ático.
Coloqué el portátil sobre la cómoda, apunté la cámara hacia su cama y bajé a hacerle charla. En treinta minutos vería lo que llevaba años imaginando.
Bajé al pasillo sin hacer ruido. Los susurros venían de la cocina y no eran de quien yo esperaba. Lo que vi después no lo conté nunca.