Cuatro años hablando por pantalla antes de tocarla
Dejé mi país, vendí mis muebles y compré un pasaje sin retorno. Lo único que sabía con certeza era que Helena estaría esperándome del otro lado del vidrio en Amberes.
Dejé mi país, vendí mis muebles y compré un pasaje sin retorno. Lo único que sabía con certeza era que Helena estaría esperándome del otro lado del vidrio en Amberes.
Calzaba un 36, los tenía blancos y perfectos, y aquella tarde de sangría decidí que necesitaba metérmelos en la boca aunque fuera delante de todos.
Abrí la puerta apenas envuelta en una bata. Cuando lo vi en el rellano supe que aquel sábado de febrero iba a recordarlo por algo muy distinto al calor.
Bajé al bar a pedir dos tragos y la voz que me dijo «hola» era la última que esperaba escuchar en un hotel para adultos un sábado a la noche.
Frente al hospital, un desconocido dejó caer una tarjeta y una frase que Catalina jamás olvidó: su criatura llegaría al mundo para convertirse en otra persona.
No hubo gritos ni reproches. Solo el calor pegajoso de la ciudad y dos cuerpos que sabían que se tocaban por última vez, aunque nadie lo dijera en voz alta.
Hay un secreto que guardo desde aquella noche que él me desnudó despacio y me devolvió un cuerpo que yo creía dormido para siempre.
Diana se fue con el primer vuelo, Renata apareció con un maletín y Mariela me sirvió un café sabiendo que la miraba como nunca debí mirarla.
Aquella tarde, sentada frente a mí, Mariela dejó de hablar de sus problemas y empezó a desabrocharse la blusa con una calma que me heló la respiración.
Cerré la puerta, bajé las persianas y por primera vez decidí no apurarme. Esa tarde el silencio de mi casa se convirtió en mi cómplice.
Cuando abrí ese mensaje sin remitente, no imaginé que esa tarde mis propias manos me llevarían a un lugar que nunca me había atrevido a explorar.
No era el ruido lo que no me dejaba dormir. Era saber que al otro lado de la pared ella estaba viviendo justo lo que yo había rechazado esa misma tarde.
Apoyé el vientre sobre la almohada, dos juguetes clavados en mí y tu nombre en la boca. Esto es lo que hago las noches en que tu lado de la cama se queda frío.
Abrí los ojos y supe que se había ido. Quedaban las marcas en las sábanas, su olor en el aire y una necesidad que solo mis propias manos podían calmar.
Le escribí en broma que durmiera conmigo esa noche. No imaginé que, pasadas las doce, la puerta de mi habitación se abriría de verdad.
Empecé a contarle cómo perdí la virginidad y, sin previo aviso, me oí hablándole en un susurro mientras notaba que me empapaba entera.
Son las cinco de la mañana, ya pospuse dos alarmas y mi cuerpo despierta antes que mi cabeza. La ducha se ha convertido en el único lugar donde me permito todo.
Dejé a mi compañera en el mostrador, cerré la puerta del almacén y, con los dedos temblando, le escribí que me enviara otra foto.
Mi marido durmió a mi lado sin sospechar que cada noche yo pensaba en el hombre cuyas iniciales todavía me marcan la cadera.
Nadie le había hablado nunca de su propio cuerpo. Esa noche, frente al espejo del baño, Valeria entendió por primera vez lo que su piel podía darle.