Aquella siesta en que me dejé ver por los vecinos
Abrí las cortinas a las dos de la tarde con el pelo todavía mojado y pensé que nadie en mi pueblo se atrevería a mirar hacia mi ventana al mediodía.
Abrí las cortinas a las dos de la tarde con el pelo todavía mojado y pensé que nadie en mi pueblo se atrevería a mirar hacia mi ventana al mediodía.
Marcos me pidió que estuviera preciosa para cuando volviera a casa. Mientras Carla me peinaba, recordé todo lo que hice para ser suya, y lo que aún estaba dispuesta a entregar.
Llegué a las nueve, con la mochila al hombro y los nervios en la garganta. La casa estaba arriba del cerro, y nadie sabía que yo subía hasta allá esa noche.
Adrián medía cada gesto conmigo, como si supiera algo que yo no sabía. Tardé en descubrir que el chico al que besaba ya tenía la maleta lista y una vida esperándolo en otra ciudad.
Entró en el probador frente a mí con siete bikinis. La cortina no llegó a cerrar del todo, y a partir del tercero ella supo que la estaba mirando.
Cuando entré con las maletas, mi padre me sirvió una copa sin preguntar. A las dos de la mañana seguíamos en la cocina, y nadie quería ser el primero en subir.
La primera vez apenas dolió; esta vez yo me subí encima y marqué el ritmo, decidida a demostrarle todo lo que había aprendido a sentir.
Cada domingo, cuando ella salía, yo abría su armario y me convertía en otra persona frente al espejo. Aquella tarde olvidó las llaves y volvió antes de tiempo.
Me dijo que llegaría tarde, pero al abrir la puerta del baño la luz de las velas me reveló su engaño favorito: estaba desnuda esperándome.
Dijo que se sentía mareada y necesitaba ayuda. Cuando entré a su departamento y nos sentamos en el sleeping del suelo, descubrí que la presión no era lo único que le subía esa mañana.
Apareció en mi cuarto de descanso a las tres de la mañana, casada y peligrosa, y supe que esa noche iba a romperme la vida entera, una mirada después de otra.
Aquella noche, cabeza con pies en la cama de plaza y media, mi mano subió por su muslo y la de él por el mío. Veinte años después aún no terminamos lo que empezamos.
Esa tarde no quería hablar del clima. Quería contarme algo que había pasado hacía ocho años, en la casona vieja de su amiga Camila.
Pensé que nadie me había visto aquella tarde en casa de mi abuelo. Me equivoqué: hubo un par de ojos detrás de la puerta, y tardaron quince años en hablar.
Dos años llevaba recordando la imagen de su cuerpo desnudo. Cuando nos quedamos solos en la cocina, supe que aquel deseo guardado iba a desbordarse.
Mi esposo agonizaba en el sofá y me hizo la pregunta que nunca esperé. Treinta años después, decidí contarle aquella tarde con el albañil que vino a ampliar la casa.
Llevaba años intentando que volviera a caer. Esa tarde, entre porros y caricias en el sofá, fue ella quien se incorporó y me besó como antes.
Él me conoció siendo un chico tímido. Años después le abrí la puerta vestida y maquillada, y en sus ojos vi que ya no quedaba nada del amigo que creía conocer.
Ocho años buscándola y, cuando al fin la tuve frente a mí, no fui capaz de levantar la espada. Lo que me hizo esa noche no se lo conté nunca a nadie.
Me hacía despertar a una hora exacta sin alarma, solo con sus palabras metidas en mi cabeza. Y yo obedecía, mientras mi novio roncaba a mi lado.