La primera vez que alguien me hizo perder la cabeza
Llevo años pensando en ese momento: Valeria en el salón vacío, su dedo señalando mi entrepierna y esa sonrisa que prometía todo lo que no llegó a pasar.
Llevo años pensando en ese momento: Valeria en el salón vacío, su dedo señalando mi entrepierna y esa sonrisa que prometía todo lo que no llegó a pasar.
Bajo la luz del sillón estaba ella, perfumada y maquillada, ya no como mi hermana sino como una mujer cualquiera. Y supe que esta vez no nos detendría nadie.
Llevaba un mes en coma cuando una mano cálida bajó la sábana en plena madrugada. Solo cuando abrí los ojos descubrí quién había decidido despertarme.
Cuando los cepillos del lavadero borraron el mundo de afuera, mi hermana se inclinó sobre el asiento, me apartó el pelo de la frente y susurró algo que ya no podía ignorar.
Estaba dormido en el sofá, en calzoncillos, con una erección imposible de disimular. Era mi tío, había llegado el día anterior, y yo tenía veinte años.
Mi prima se había ido a la playa con sus amigas. Cuando llamé al timbre, mi tía abrió la puerta con el delantal puesto y una sonrisa que no le había visto nunca antes.
Subí a conocer el piso nuevo y a brindar con cava. No bajé hasta la mañana siguiente, con su perfume todavía pegado a la piel y un secreto que nadie debía saber.
Aquella tarde de café se transformó en una noche en el parque. Lo que ocurrió junto al río, bajo la luz de la luna, marcó para siempre lo que sentía por él.
Encontré su ropa interior sobre el cesto cuando entré al baño. No la había guardado bien. Y desde ese instante ya no pude volver a verla igual.
Cuando entré en la cocina y vi su silueta en el solero de mi mujer, casi no pude respirar. Solo cuando giró la cabeza recordé que ya no era ella.
Aquella tarde de agosto se me olvidó cerrar el pestillo del baño. Cuando levanté la vista, mi tía Carmela estaba en el umbral, mirándome sin moverse.
A medianoche, alguien se detuvo delante de mi celda. Yo todavía no me había quitado el hábito y la vela seguía encendida sobre el altar.
Llevaba años sin verla. Cuando bajó del autobús ya no era la niña que recordaba, y aquella noche terminamos compartiendo mucho más que la sábana.
Eran las seis de la tarde, mis padres no volverían hasta el domingo y ella entró a mi cuarto sin tocar, completamente desnuda, con esa sonrisa que conocía desde hacía dos años.
Llevaba meses cobrando por desconocidos cuando llamó una chica que venía a perder la virginidad conmigo. Esa tarde lo entendí casi todo.
No era la primera vez que pensaba en cruzar ese pasillo, pero sí la primera en que mis pies se movieron antes que la cabeza. La casa entera dormía y yo no.
Llegué borracho a la cama y, minutos después, una sombra se deslizó bajo la sábana sin decir nombre. Pensé que era ella. No lo era.
Mientras le contaba al oído cómo aquel hombre me había llevado al límite, sentí la mano de mi marido temblar. Esa noche, mi pasado nos encendió a los dos.
Hasta esa noche había sido invisible. Llegué con un vestido prestado y volví con la voz cambiada: lo que pasó en aquel baño me enseñó qué quería de verdad.
Llevábamos meses jugando con la idea hasta que esa noche en la casa de la playa, con mi exmarido mirando desde el sillón, todo se nos fue de las manos.