Mi hermano me descubrió masturbándome en el sofá
La película subió de tono y mis manos siguieron solas. Estaba segura de que la casa estaba vacía… hasta que una sombra apareció en la pantalla del televisor.
La película subió de tono y mis manos siguieron solas. Estaba segura de que la casa estaba vacía… hasta que una sombra apareció en la pantalla del televisor.
Encendí la cámara una madrugada cualquiera y, sin saberlo, le abrí la puerta a la única mujer que aprendió a hacerme temblar a seiscientos kilómetros de distancia.
La primera tarde, salió a la terraza con la toalla colgando apenas de dos dedos. Abajo había gente. Arriba, los balcones vecinos. Y ella encendió un cigarrillo sin prisa.
Bajamos al parque de madrugada con el vestido al hombro y los tacones puestos, pero no esperaba que alguien estuviera mirándonos desde la última banca.
Llevábamos seis años sin hablar cuando su mensaje apareció en mi pantalla. Aquella tienda de campaña, esa cobija compartida, todavía me hace temblar.
Pasó un mes sin saber nada de él. Cuando por fin escribió, supe que esa noche le iba a dar algo que nunca me había atrevido a dar.
—Puedes mirar, pero no me toques —le dije, abriendo las piernas en la penumbra. Él obedeció, y yo me perdí en el recuerdo de todo lo que ya no volvería.
Nunca había entrado a una tienda así. Esa tarde crucé la puerta sin imaginar cuánto placer iba a aprender a darme yo misma, sin pedirle permiso a nadie.
Cerré la puerta del baño, abrí el agua caliente y, por primera vez, dejé que mis manos hicieran lo que llevaba años imaginando a oscuras.
Creí que esa cinta solo guardaba mi tarde a solas frente al objetivo. Cuando le di al play junto a él, descubrí que había grabado algo más después de mí.
Creí que no vendría. Pero el timbre sonó, miré por la ventana y ahí estaba, con esa cara de inocencia que llevaba años quitándome el sueño.
Gérard me retó a cruzar media ciudad en metro vestida de mujer, de su mano y sin esconderme. No imaginé quién me estaría esperando al final de la noche.
Cuando su prima volvió borracha esa noche y empezó a contarme detalles, entendí que la historia que mi esposa me había dado era apenas la mitad de la verdad.
Tenía los ojos verdes y unas pecas rosadas que aún recuerdo. Fue mi primera vez, mi primer amor y la primera persona que me rompió el corazón.
Abrí los ojos para apartarme el pelo de la cara y ahí estaba él, parado en el umbral, desnudo, mirándome con una sonrisa que no tenía nada de inocente.
Nunca había mirado a mi prima Marta de esa manera. Hasta que la nevada nos dejó a solas en el caserón y un par de mantas eléctricas dejaron de ser suficientes para tanto frío.
Bailamos tres canciones y bastó. Volé al norte intentando olvidarlo, dormí con otro pensando en él, y diez meses después marqué su número desde un hotel.
Llevaba dos meses fingiendo que iba al despacho cuando en realidad caminaba sin rumbo por Barcelona. Aquella noche marqué el número del único que podía salvarme.
Olvidé lo que se siente que te deseen. Esta noche, sola en casa, decidí recordarlo con la única persona que siempre está conmigo: yo misma.
Cuando la sostuve febril contra mi pecho, recordé las noches en que su boca conocía la mía como si llevara años aprendiéndome.