La chica del sendero me sedujo en su ducha
Tenía las mallas más coloridas que había visto y una sonrisa que me dejó muda. Cuando me dijo que iba a ducharse, las toallas que me dejó eran una invitación.
Tenía las mallas más coloridas que había visto y una sonrisa que me dejó muda. Cuando me dijo que iba a ducharse, las toallas que me dejó eran una invitación.
No nací cortesana, me convertí en una. Primero dejé atrás el cuerpo que me apretaba como un traje ajeno; después aprendí a usar el que siempre fue mío.
Aprendí a sostener bisturíes sin temblar y a no sentir nada frente a la muerte. Entonces apareció ella, con esos ojos imposibles, y mi pulso firme se volvió un desastre.
Llevaba media vida estudiando cómo se movía sobre la pista. Lo que nunca imaginé fue terminar a solas con ella en los vestidores, sin caretas ni defensas.
Llevaba años ganando sin sentir nada. Hasta que la chica de las gradas creció, volvió convertida en su rival y se plantó frente a su puerta.
Encontré una foto vieja guardada en un cajón y, de golpe, supe exactamente lo que quería pedirle a cada uno de ellos esas vacaciones.
Apoyé la cabeza en su hombro como siempre, pero esa noche su mano se quedó en mi cintura. Y ninguno de los dos la retiró.
Lo había amado de adolescente y la vida nos separó. Veinte años después apareció a mi lado en el jardín, encendió la noche, y todo volvió de golpe.
Llevaba media copa encima y un anillo de compromiso en el dedo. Cuando ese chico empezó a piropearme, supe que aquella noche iba a hacer algo de lo que nunca hablaría.
Llevábamos años trabajando codo con codo sin que pasara nada. Bastó una tarde a solas entre estanterías metálicas para que entendiera todo lo que había ignorado.
Desperté sin saber cómo justificaría ante nadie lo que me obligaron a hacer esa noche, ni cómo volver a mirar a los ojos al hombre que aún amaba.
Llevaba años practicando una expresión que no revelaba nada. Pero esa tarde, en el vestíbulo del hotel, sus ojos delataron lo único que no debía sentir por ella.
Abrí las cortinas a las dos de la tarde con el pelo todavía mojado y pensé que nadie en mi pueblo se atrevería a mirar hacia mi ventana al mediodía.
Marcos me pidió que estuviera preciosa para cuando volviera a casa. Mientras Carla me peinaba, recordé todo lo que hice para ser suya, y lo que aún estaba dispuesta a entregar.
Llegué a las nueve, con la mochila al hombro y los nervios en la garganta. La casa estaba arriba del cerro, y nadie sabía que yo subía hasta allá esa noche.
Adrián medía cada gesto conmigo, como si supiera algo que yo no sabía. Tardé en descubrir que el chico al que besaba ya tenía la maleta lista y una vida esperándolo en otra ciudad.
Entró en el probador frente a mí con siete bikinis. La cortina no llegó a cerrar del todo, y a partir del tercero ella supo que la estaba mirando.
Cuando entré con las maletas, mi padre me sirvió una copa sin preguntar. A las dos de la mañana seguíamos en la cocina, y nadie quería ser el primero en subir.
La primera vez apenas dolió; esta vez yo me subí encima y marqué el ritmo, decidida a demostrarle todo lo que había aprendido a sentir.
Cada domingo, cuando ella salía, yo abría su armario y me convertía en otra persona frente al espejo. Aquella tarde olvidó las llaves y volvió antes de tiempo.