Nunca conté lo que pasó con mis dos profesoras
Había aprobado selectividad por los pelos y no había tocado nunca a una chica. En cuatro días descubrí por qué dos profesoras guardaban secretos.
Había aprobado selectividad por los pelos y no había tocado nunca a una chica. En cuatro días descubrí por qué dos profesoras guardaban secretos.
Llevaba meses sin un hombre cuando publiqué ese anuncio. Marcos fue el único que pareció de verdad interesado, y lo que pasó esa tarde no lo olvidé nunca.
Lo seguí en Instagram por curiosidad y terminé leyendo sus textos a medianoche con el corazón acelerado. Solo texto. Solo palabras. Solo él.
Éramos amigos desde la adolescencia, los dos casados, los dos seguros de quiénes éramos. Hasta que él me mandó ese video y algo en mí dejó de ser tan seguro.
La conocí en un foro de internet. Cuando me confesó que era virgen a su edad, supe que esa visita iba a ser algo que los dos recordaríamos siempre.
Diego me miró aquella noche y me lo dijo sin rodeos: quería verme con su mejor amigo. No me escandalizó. La curiosidad ganó.
Camila llegó con un vestido de lino blanco y una sonrisa que yo conocía de memoria. Pero esa tarde había algo distinto en sus ojos, y los dos lo sabíamos.
Cuando lo vi subirse al autobús aquella mañana, aparté la vista enseguida. Pero esa semana aprendí que hay miradas que no se olvidan.
Cuando la lluvia nos atrapó en su apartamento y la noche avanzó, ninguno habló de lo que estaba pasando. Solo actuamos. Y esa noche descubrí algo sobre mí.
Ella le estaba contando su ruptura cuando la pareja de abajo empezó a besarse. Miraron sin querer. Después ya no pudieron dejar de mirar.
Había esperado meses para ese sábado. Tacos altos, lencería de encaje, la quinta para mí sola. Nadie debía verme. Entonces llegó Roberto desde la quinta de enfrente.
Llevo años pensando en ese momento: Valeria en el salón vacío, su dedo señalando mi entrepierna y esa sonrisa que prometía todo lo que no llegó a pasar.
Bajo la luz del sillón estaba ella, perfumada y maquillada, ya no como mi hermana sino como una mujer cualquiera. Y supe que esta vez no nos detendría nadie.
Llevaba un mes en coma cuando una mano cálida bajó la sábana en plena madrugada. Solo cuando abrí los ojos descubrí quién había decidido despertarme.
Cuando los cepillos del lavadero borraron el mundo de afuera, mi hermana se inclinó sobre el asiento, me apartó el pelo de la frente y susurró algo que ya no podía ignorar.
Estaba dormido en el sofá, en calzoncillos, con una erección imposible de disimular. Era mi tío, había llegado el día anterior, y yo tenía veinte años.
Mi prima se había ido a la playa con sus amigas. Cuando llamé al timbre, mi tía abrió la puerta con el delantal puesto y una sonrisa que no le había visto nunca antes.
Subí a conocer el piso nuevo y a brindar con cava. No bajé hasta la mañana siguiente, con su perfume todavía pegado a la piel y un secreto que nadie debía saber.
Aquella tarde de café se transformó en una noche en el parque. Lo que ocurrió junto al río, bajo la luz de la luna, marcó para siempre lo que sentía por él.
Encontré su ropa interior sobre el cesto cuando entré al baño. No la había guardado bien. Y desde ese instante ya no pude volver a verla igual.