El reencuentro que no esperaba tras meses de soledad
Despues de meses separados, una noche basto para recordar por que nunca habia dejado de desearlo.
Despues de meses separados, una noche basto para recordar por que nunca habia dejado de desearlo.
Llevaba media hora escuchándole renegar con sus compañeros de equipo. Las ganas de distraerle me pudieron, y me saqué la ropa sin hacer ruido.
Llevaba horas con el cuerpo encendido y él apareció con su uniforme de practicante, justo cuando necesitaba a alguien que me atendiera de verdad.
Me dijo que cerrara los ojos, que tenía un chocolate para mí. Lo que sentí en mis labios no era exactamente chocolate.
Cuando bajé a por agua a esa hora absurda de la madrugada, ella sostenía la taza con la punta de los dedos y me miraba como si supiera lo que iba a pasar.
Rodrigo la convenció de darse la vuelta. Era solo un momento, decía. Marcos llevaba años mirándola así y Sandra no lo había visto hasta ahora.
Llevaba semanas soñando con lo mismo. Esa noche dejé de fingir y me miré al espejo por primera vez como realmente era.
Sus mensajes llegaban siempre a la misma hora, cuando sabía que estaba solo. Cada palabra encendía una imagen que no podía quitarme de la cabeza.
Lo organicé yo misma: una noche de jacuzzi con mi amiga y mi novio. Pero a las tres de la madrugada desperté con algo que nunca esperé ver.
Cada viernes, Marcos cruzaba nuestra puerta sabiendo que no volvería a ser él mismo hasta el domingo. El collar, la jaula y el vestido lo esperaban.
Sebastián no había abierto ese libro en su vida. Pero sí llevaba semanas guardando una cuerda en el cajón, esperando la noche que nos quedáramos solos.
Estaba etiquetando mercancía cuando sonó el teléfono. Era ella otra vez, y la voz le temblaba un poco. Su marido doblaba turno el viernes y no quería esperar.
Me susurró el número de su habitación al oído y se marchó. Me quedé con el café a medio terminar y el pulso latiéndome en la garganta.
Tenía su ropa íntima en una mano y el teléfono en la otra cuando oí la puerta principal abrirse. Camila estaba ahí, mirándome desde el pasillo.
Cuando Héctor le puso la mano en la espalda a Sofía y ella no la retiró, entendí que ese viaje iba a ser distinto a todos los anteriores.
Sofía llevaba años imaginando cómo sería aquella noche. No imaginó que Camila estaría ahí, ni que Rodrigo tampoco querría que se fuera.
Era una broma, una apuesta tonta entre amigos. Pero cuando Brasil ganó por diez puntos, supe que mi boca tendría que cumplir lo prometido.
Fingí dormir mientras sus dedos me recorrían la piel. No sé en qué momento decidí que no quería que se detuviera, pero esa noche todo cambió entre nosotras.
Cuando cerró con llave la puerta de la biblioteca, supe que mi pequeño juego de faldas y miradas acababa de cruzar una línea sin retorno.
El chico del barrio me miraba sin vergüenza, de arriba abajo, mientras yo intentaba que mi voz no temblara. Tenía cuarenta y seis años y un hijo al que salvar.