La envié a Cantabria y conduje hasta Carmen
Sabía que Carmen estaría sola tres días. Solo tenía que convencer a Silvia de hacer ese viaje sin mí.
Sabía que Carmen estaría sola tres días. Solo tenía que convencer a Silvia de hacer ese viaje sin mí.
Cuando vi su nombre en la pantalla supe lo que venía. El marido doblaría turno, las niñas estarían con su amiga, y ella estaría disponible todo el día.
El sonido rítmico que venía de su cuarto me clavó al pasillo. Empujé la puerta dos centímetros y vi algo que ningún hermano debería ver, pero ya no podía dejar de mirar.
Lo vi al mediodía en la cafetería de la costa. Esa noche estaba en la puerta del club con la chapa de seguridad, y supe que no me iría sin probarlo.
Mi tía estaba de viaje y mi tío me ofreció un café. Lo que pasó después no debería habernos pasado, y sin embargo no quise irme.
Tres días resistí antes de marcar su número. Cuando lo oí contestar, supe que nada de lo que me había prometido a mí misma durante esos días importaba ya.
Cuando bajó el pantalón, Nadia supo que algo iba a pasar. Lo que no esperaba era que un malentendido de treinta segundos le enseñara algo que no sabía sobre su propio cuerpo.
La primera noche que oyeron a Marcos y Lucía al otro lado de la pared, Sofía supo que ese viaje no iba a terminar como había empezado.
Él jugaba con el micrófono abierto y yo no pude resistirme. Me acerqué desnuda por detrás, dispuesta a descubrir cuánto podía aguantar sin gemir.
Empezó con una historia que leí a medianoche. Después vinieron los mensajes, las confesiones a oscuras y una voz al otro lado que sabía exactamente qué decirme.
Me había sentado lo más lejos posible de ella en esa cena. Pero terminé con mi mano en su cintura y sus caderas apretadas contra las mías.
Estaba frente a la puerta de nuestra habitación, los niños dormidos al otro lado, cuando sus manos encontraron lo que llevaba horas sin que nadie tocara.
La terraza de la villa brillaba sobre el Mediterráneo cuando comprendí que jamás lo tendría siendo quien era. Esa noche tomé una decisión que me cambió para siempre.
Llevábamos años en el mismo ritmo hasta que ella aceptó quitarse la ropa en una playa llena de extraños. Lo que vino después fue mejor de lo que imaginé.
Quince años de confianza construida poco a poco. Y una noche de verano en la piscina para descubrir que ya no podíamos llamar a eso solo amistad.
Me senté en el suelo con su foto y unas velas. Cuando abrí los ojos, era ella: su voz, su cuerpo, su camerino detrás del escenario.
Me puse la falda más corta que tenía, abrí la puerta y los saludé sabiendo exactamente qué habían visto y qué más iba a pasar esa noche.
Crucé las piernas en su clase y él no pudo apartar los ojos. Supe que el juego había comenzado, y que esta vez yo iba a llevar la ventaja.
Cuando Clara vio la cerradura oxidada del cuarto cuatro, no se asustó ni dudó. Suspiró, pidió la toalla de siempre y entró primero.
Llevábamos cuatro cervezas y dos apuestas perdidas cuando propuso la tercera. Debería haberme levantado del sofá y haberme ido. No lo hice.