La primera vez que me animé a tragarle a Mariano
Lo conocía hacía meses, los dos casados, los dos escondiéndonos. Esa noche me escribió pidiéndome algo que nunca le había hecho a nadie.
Lo conocía hacía meses, los dos casados, los dos escondiéndonos. Esa noche me escribió pidiéndome algo que nunca le había hecho a nadie.
Cuando se dio vuelta en el vestuario con esas tetas operadas apuntándome a la cara, supe que la salida con las chicas iba a terminar de un solo modo.
Cuando sus dedos rozaron los míos sobre la mesa, supe que esa noche iba a recuperar algo que mi novia llevaba meses haciéndome olvidar de a poco.
Cuando me puse aquel short minúsculo para bajar a tomar una cerveza con él, ya sabía que la noche no iba a terminar en el pasillo del hotel.
Cuando le abrí la puerta de mi casa pensé que le estaba haciendo un favor. Cuatro horas después descubrí que llevaba meses deseándola sin saberlo.
Cuando el árbitro pitó el final del partido supe que no había vuelta atrás: tendría que cumplir la apuesta delante de mi amiga, en plena barra del bar.
Renata me empujó al salón con un vestido que no era mío y una mirada cómplice. Y ella, la mujer que me intimidaba desde hacía meses, ya me estaba esperando abajo.
Abrí los ojos con su respiración tibia en la cara y entendí que la maratón de la noche anterior no había sido un sueño. Ella seguía ahí, mirándome.
Cuando vi su cuerpo desnudo sobre la toalla azul supe que no me iría sin cumplir tu encargo. Aún no lo había tocado y ya empezaba a responder bajo mi mirada.
Cuando escuché sus pasos en la escalera ya estaba desnuda al borde de la cama, sin entender por qué lo había hecho ni qué iba a pasar cuando entrara.
Lo descubrí por accidente: mis propias fotos circulando entre desconocidos, mi marido riéndose en silencio. Y lo peor fue lo que sentí al darme cuenta.
Llevaba un mes mirándola desde mi ventana sin atreverme a saludarla. Esa noche, la aplicación me asignó un domicilio en su misma puerta.
Le aullé al desconocido con máscara de lobo en medio de la pista. No imaginé que esa misma noche me llevaría al baño ni que volvería a verlo una semana después.
Iba con prisa hacia el portal, vi su melena oscura desde lejos y la abracé por detrás sin pensarlo dos veces. No era ella. Y aun así, no me apartó la mano.
Mi marido pasaba el día en su congreso y yo me derretía sola junto a la piscina. Cuando el camarero me preguntó si quería algo, supe muy bien qué iba a pedir esa tarde.
Cuando la enfermera le bajó el pantalón y el doctor le pidió que se quitara el sujetador, yo estaba sentado a tres metros, sin saber cómo esconder lo que pasaba bajo mi pijama.
Subí a la terraza con la última cerveza fría. Un coche aparcó debajo y no salieron. Entonces entendí por qué, y ya no pude apartar la vista de aquella ventanilla.
Bajo la luz azulada del amanecer, su respiración pausada me dijo que dormía profundo. Me acerqué hasta sentir su olor y supe que ya no podría detenerme.
Aquel mediodía de agosto las primas extendieron el mantel a la sombra de un roble. Lo que Lucía le preguntó después cambió todo entre ellas.
Subí a la silla frente al espejo, las piernas en el aire para las fotos que mi novia me pidió. No esperaba que él entrara, ni lo que vino después.