Lo que mi mejor amiga me hizo bajo el mantel
Sentí su pie descalzo deslizarse entre mis muslos mientras terminaba el postre. Lucía siempre jugaba así en sitios públicos, pero esa mañana no iba a parar.
Sentí su pie descalzo deslizarse entre mis muslos mientras terminaba el postre. Lucía siempre jugaba así en sitios públicos, pero esa mañana no iba a parar.
Marlene venía los miércoles a hacerme la limpieza. Yo aprovechaba para pasearme con cada vez menos ropa. Esa mañana decidí dejarme un mono transparente.
Lo del descampado ya no me alcanzaba: necesitaba que alguien me viera. Y entonces, en la góndola de las mermeladas, una mano áspera se apoyó sobre mi falda sin pedirme permiso.
Cuando abrí la puerta del probador, no estaba vacío. Él me había seguido desde la planta baja y se había escondido dentro para esperarme con una sonrisa que ya conocía.
Su mano subió por mi antebrazo mientras yo intentaba servirle más vino, y supe que aquella copa no era la única razón por la que me había invitado a su casa.
Marina me lanzó una mirada por encima del vapor cuando ellos cruzaron la puerta. Yo ya sabía, en ese instante, que esa noche no iba a terminar como habíamos planeado al subir.
Cuando le aparté las bragas para curarle la herida, pensé que iba a protestar. Pero solo apretó la cara contra la almohada y abrió un poco más las piernas.
La primera vez que salí a la calle vestida de mujer, las piernas me temblaban. Diez años después, no hay nada que me guste más que sentir las miradas sobre mí.
Bajé al estacionamiento dispuesta a llorar sola, pero la mano que golpeó el vidrio del coche aquella noche no traía consuelo: traía una propuesta que no supe rechazar.
Todos en el barrio la deseaban, pero esa tarde de cumpleaños descubrió hasta dónde era capaz de llegar para ser, otra vez, el centro de su propia familia.
Salí del baño con la toalla en la mano, no en el cuerpo, y la encontré agachada frente al minibar. Ninguna de las dos supo a dónde mirar.
Solo quería probar cinco minutos de masaje antes de volver al hotel. No imaginé que esa tarde la mano de una desconocida me cambiaría las vacaciones.
Ocho años buscándola y, cuando al fin la tuve frente a mí, no fui capaz de levantar la espada. Lo que me hizo esa noche no se lo conté nunca a nadie.
Me arreglé como una quinceañera en su primera cita, aunque sabía que esa tarde tenía que ser la última. Mi marido nunca debía enterarse de lo que ese hombre me hacía sentir.
A las nueve llegó con su bolso y un par de excusas. A las nueve y cuarto yo ya estaba en el baño cambiándome por algo que no dejaba nada a la imaginación.
Tres dedos suyos buscaban donde más quería yo sentirlos, mientras le entregaba la boca a un desconocido que ni siquiera sabía mi nombre real.
Le dije que solo íbamos a cenar fuera y cambiar de aires. No le conté que llevaba semanas preparando lo que pasaría esa noche en la habitación del hotel.
Llevaba semanas fingiendo que todo estaba bien, hasta que esa noche un hombre me miró como mi esposo había dejado de mirarme, y decidí no resistirme.
Mi primera vez apenas duró un minuto y me dejó convencida de que el sexo no era para mí. Hasta esa madrugada a solas, vigilando cámaras con el hombre más simpático del trabajo.
Cada vez que mi hija me llama orgullosa desde Trujillo, pienso en esas tres tardes frente a la cámara y rezo para que nunca teclee mi nombre en internet.