Mi esposa me convirtió en el tercero de su trío
Cuando Valeria puso su mano en mi nuca y empujó hacia abajo, entendí que esa noche iba a cruzar una línea que ya no tendría vuelta atrás.
Cuando Valeria puso su mano en mi nuca y empujó hacia abajo, entendí que esa noche iba a cruzar una línea que ya no tendría vuelta atrás.
Fui por agua a medianoche y la encontré sola frente a la lavadora. No me anuncié. Me quedé en el umbral, mirando, sin que pudiera irme.
Bajé al bar del hotel decidida a enfrentarlo, pero acabé volviendo a la habitación con la marca ardiente de su mano en una nalga y una orden que cumplí en el vuelo de vuelta.
Roberto llegó a Nha Trang buscando sol y descanso. Lo que encontró en una terraza frente al mar aquella primera tarde cambió el resto de su viaje.
Habían pasado el día evitando nombrarlo. Cuando Marcos cerró la puerta del apartamento y preguntó si iban a dormir con su nueva pareja, nadie respondió primero.
Cuando Marcos bajó del tejado empapado en sudor, Carmenza ya sabía que no iba a dejarlo ir. Llevaba demasiado tiempo esperando a un hombre así.
La vi en cuatro patas sobre el césped seco, con la cola esponjosa balanceándose entre las nalgas, y supe que esa tarde de domingo no iba a parecerse a ninguna otra.
Marco me dijo que cenaríamos con alguien. No me explicó quién. Cuando el hombre se levantó de la mesa, tranquilo y enorme, supe que esa noche no terminaría con los postres.
Cuando abrí la puerta y lo vi parado ahí, no pensé en nada malo. Pero su manera de mirarme las piernas me hizo quedarme exactamente donde estaba.
Su mensaje apareció después de meses de silencio. Tres palabras bastaron para que todo lo que había fantaseado volviera de golpe.
Aquella tarde decidí que me lo iba a follar como fuera, aunque tuviera que vestirme para él y entrarle sin disimulo. Lo que pasó después me dejó temblando.
Sé que estoy soñando, pero el calor de sus manos en mi piel es demasiado real para ignorarlo. Y no quiero despertar todavía.
Cuando lo llamé para arreglar la chimenea, yo ya sabía que algo iba a pasar. Me lo dijo el calor en el pecho cada vez que sus ojos se detenían en mí.
Apareció en mi pantalla una noche cualquiera, pero su voz ronca hizo que algo dentro de mí se despertara con una urgencia que no sabía que existía.
Eran seis. Todos pasando los sesenta. Me miraban sin moverse, esperando mi señal. Nunca imaginé que eso sería lo que más me encendería de todo el fin de semana.
Cuando abrí la puerta vestida con la blusa de botones y los tacones, supe que esa mañana de invierno no iba a ser una clase cualquiera, sino una rendición pactada con él.
Su sobrina se fue a la pijamada igual que mi hijo. Tocó mi puerta con una botella de vino y una sonrisa que esa noche significaría mucho más.
Cuando bajé la vista vi que sostenía el condón más grande entre los dedos. No era para mí. Y sin embargo no fui capaz de irme.
Renata tenía un vestido casi transparente por el sudor y una sonrisa que no era de descanso. Nadie sabía bailar. Esa noche no importó.
Detrás de la puerta de la bodega había otra sala. Y en ella, la mujer más discreta de la ciudad me esperaba con un atuendo que no dejaba dudas.