El motero de la app no me dejó pagarle el viaje
Me subí a la moto con la calza fina y sin nada debajo, pegada a su espalda. Al llegar no me dejó pagarle: quería cobrarse el viaje de otra forma.
Me subí a la moto con la calza fina y sin nada debajo, pegada a su espalda. Al llegar no me dejó pagarle: quería cobrarse el viaje de otra forma.
Subí al tren resignada a la soledad de mi cumpleaños. Cuando ella se sentó frente a mí y encendió un cigarrillo, no imaginé lo que vendría después.
El vestido me abrazaba el cuerpo, las medias me rozaban a cada paso y, cuando aquel hombre me tendió la mano para bailar, supe que esa noche no iba a volver a casa siendo la misma.
Me dijo que su cuerpo era un detector de mujeres insatisfechas. Bailamos una sola salsa y me prometió que, si lo dejaba intentarlo, no necesitaría más de tres horas.
Cuando abrió la camisa y sentí su colonia llenar la cocina, supe que ese desayuno con mi sobrino no iba a terminar en un café tranquilo.
Beatriz se quedaba en casa cuando salía tarde del trabajo. La primera vez que mi esposa hizo horas extras, ella bajó a la cocina con una propuesta inesperada.
Compartíamos cama porque éramos las únicas que cabíamos, hasta que a las dos de la mañana me besó sin avisar y supe que mis padres dormidos no iban a parar nada.
Mi mujer aceptó pagar a una experta para que me masajeara delante suyo, pero no esperaba descubrir cuánto placer le daba mirar cómo otra me hacía gemir.
Llegué pensando que tomaríamos cerveza y celebraríamos su ascenso. Carla abrió la puerta con una falda diminuta y la blusa transparente. Damián aún no había llegado.
Crucé el umbral convencido de que dormiría en el sillón. Lorena cerró la puerta con llave, me miró de un modo nuevo y supe que esa noche no iba a dormir.
Cuando todos se fueron, él me miró desde el sofá y dijo que me había imaginado como una princesa toda la noche. Y yo, que nunca había estado con nadie, no supe decir que no.
Iba tarde, sudada y apretada contra otros cuerpos cuando ella se inclinó a hablarme al oído. No supe en qué momento dejé de pensar en mi reunión.
Me senté solo en la barra del hotel, dispuesto a olvidar lo que mi esposa me había dicho. Entonces vi su copa levantarse desde el rincón.
Cuatro años subiendo al ático de Adrián los jueves por la tarde. Cuatro años de partidas y porros. Hasta esa tarde en que mencionó el vestido rojo de mi madre.
Aparqué la caravana junto a un chiringuito y, cuando me quité la camisa, supe que aquellos hombres no iban a dejar de mirarme hasta que les diera algo más que ver.
Bajé en pijama a abrirle la puerta porque dijo que había perdido las llaves. Lo que no sabía era que mi marido nos miraba desde el sofá del salón.
Pensé que había perdido la bolsa con mis fotos más íntimas. Cuando el doctor me escribió esa noche, supe que él ya había visto exactamente quién soy.
Crucé la sala para beber un vaso de agua sin recordar que las cortinas seguían abiertas. Al otro lado del cristal, sus ojos ya me habían encontrado.
Entré buscando ropa interior para complacer a otro hombre y salí descubriendo que las manos de una mujer pueden hacer temblar lo que nunca había temblado conmigo misma.
Mi novio roncaba como tronco en la pieza del fondo cuando ella se me acercó. El acento sureño y esos ojos negros me dijeron todo antes que sus manos.