La desconocida del bar miraba solo a mi esposa
Una sonrisa desde la mesa de al lado, una servilleta con un número y, sin querer, mi esposa se atrevió a cruzar una línea que llevaba años imaginando.
Una sonrisa desde la mesa de al lado, una servilleta con un número y, sin querer, mi esposa se atrevió a cruzar una línea que llevaba años imaginando.
Cuando entré al baño después que mi primo y me puse la ropa interior limpia, sentí algo húmedo y pegajoso entre las piernas. Tardé un segundo en entender qué era.
Llevábamos cuatro años de familia perfecta hasta que ella sacó la botella escondida, la lencería nueva y esa mirada que jamás le había visto cruzar mi cara.
Su voz en los audios ya me tenía duro antes de tocar el timbre. Lo que no sabía era que iba a salir de ese departamento siendo otro hombre.
Tenía veinte años, los bolsillos vacíos y una bombacha ajena guardada cuando él salió a fumar y empezó a hablar de un billete arrugado.
Hui de mi ciudad para convertirme en quien soy. Volví de visita y, en un bar sin nombre, dejé que un desconocido subiera la mano por mi muslo hasta toparse con lo que no esperaba.
Su publicación en la app de libros decía «busco una baby». Respondí sin pensar y, durante casi un año, aprendí a obedecer cada palabra suya por videollamada.
Cuando la chica de la bata abrió la puerta del gabinete, casi se me cae el alma a los pies: era Lorena, mi prima mayor, la del escote imposible en la boda de su hermano.
Las persianas estaban medio bajadas, la ropa de un desconocido por el pasillo y la risa de mi mujer al fondo. No podía moverme. Tampoco podía dejar de mirar.
A las tres de la mañana escuché unos gemidos en el patio interior. Eran de ella. Y no era yo quien la hacía gemir así.
Cuando abrió el cajón de mi lencería y me miró la entrepierna, supe que aquella tarde de chicas no iba a terminar con la ropa puesta.
Llevaba semanas observándola entrenar. Esa tarde la seguí hasta el vestuario sin saber qué iba a pasar, pero sabía que ella también me había estado esperando.
La primera vez que me corrí mirándome al espejo, supe que ya no había vuelta atrás. Pero todavía no sabía hasta dónde podía llegar cuando alguien me miraba.
Eran las seis de la mañana y el bar estaba vacío. Él me sirvió un tequila, me miró como llevaba mirándome toda la noche y me dijo que no me dejaría irme tan rápido.
Las amigas de mi hermana llamaban a mi puerta con cualquier excusa. Lo que jamás imaginé es quién terminaría delante de ella a las tres de la madrugada.
Lo esperé desnudo bajo una bata, sentado en el sillón, oyendo cómo se acercaba su carro. Cuando abrió la puerta, supe que ya no había vuelta atrás.
Llegó la orden de meterme en la ducha y ella se quedó mirando. No supe en qué instante la esponja pasó de mis manos a las suyas.
Sofía me arrastró por el sendero sin saber que detrás del último pino había una cala diminuta, dos desconocidas sin ropa y una invitación que no íbamos a rechazar.
Aquella mañana, cuando entreabrí los ojos en el colchón pegado al balcón, ella ya estaba allí, en el suyo, fumando, esperando a que me girara.
Cuando subí a su auto esa noche, él buscaba a la mujer de las fotos. No sabía que esa mujer era yo, su empleado más responsable de la oficina.