La dueña del balneario me esperaba cada enero
Llevábamos cinco años encontrándonos cada enero. Ella dirigía el balneario, yo reservaba siempre la misma habitación. Nadie sospechaba nada.
Llevábamos cinco años encontrándonos cada enero. Ella dirigía el balneario, yo reservaba siempre la misma habitación. Nadie sospechaba nada.
Cuando llegó a la fiesta con ese vestido, supe que algo iba a pasar. Nadie imaginó que terminaríamos los cuatro en su apartamento enseñándole todo.
Cuando bajé del ascensor con la tanguita ya empapada y el vestido pegado al sudor, supe que aquel tequila no iba a quedarse solo en tequila.
Subió a mi moto con ese conjunto de cuero ajustado y me pidió que fuera despacio. Pero ninguno de los dos quería ir despacio esa noche.
Cuando abrí la puerta y lo vi ahí, con esa facha de niño bueno y los brazos marcados, supe que esa tarde iba a cambiar algo para los dos.
Subí al taller con el sobre en la mochila, los anteojos negros y la pollera al viento. Esa mañana yo no sabía que iba a salir de ahí siendo otra.
Había entrado a buscar el baño y se quedó parado en el umbral mirándome. Veinte años, cara de nervios, y una pregunta que no esperaba.
Cuando bajé al garaje, Valeria me esperaba con pantalones de cuero y una sonrisa que no tenía nada de maternal.
Llevaba botas hasta la rodilla y ese tipo de mirada que tienen las mujeres que ya saben lo que quieren. Me levanté a darle mi tarjeta antes de que el momento se esfumara.
A las once éramos dos amigos viendo fútbol. A las dos de la madrugada estaba arrodillada frente a él, decidida a cumplir hasta el último detalle de la apuesta.
Nada más salir del aparcamiento deslizó la mano dentro de sus pantalones. Yo conduje buscando el primer camino sin salida que encontrara.
Lo vi salir por esa puerta y el corazón se me aceleró de golpe. Llevaba el vestido más rojo que tenía. Quería que lo primero que viera fuera yo.
Cuando me pilló en su cuarto con la zapatilla en la mano, su mirada mezcló sorpresa y algo más oscuro. Aquel día cambió todo entre nosotros.
Estaba escribiendo una escena erótica cuando sonó el teléfono. Su voz al otro lado bastó para que dejara las teclas y empezara a tocarme.
Cuando marcó la extensión de mantenimiento por segunda vez esa noche, ya sabía que no era para pedirle que limpiara nada.
La Camila de las gafas grandes y la ropa holgada había desaparecido. En su lugar, una mujer que cortaba el aliento. Mi hermano y yo nos miramos sabiendo que ese verano sería distinto.
Cuando Rodrigo cruzó la puerta, Valentina lo miró con esa calma de quien sabe exactamente lo que tiene entre manos, y esa noche él tampoco era inocente.
No había venido a Málaga a buscar nada. Y sin embargo, Mateo apareció con sus veintiocho años y esos ojos que te hacen sentir que el mundo te debe algo.
Valeria lleva veinte minutos sola en casa, tumbada en la cama, con la tarde entera por delante y un calor entre las piernas que ya no puede ignorar.
Aparcamos lejos de todo y caminamos hasta un banco entre los árboles. Yo no sabía que alguien iba a vernos, ni que esa idea me iba a poner aún más cachonda.