Lo que pasó con Renata en el turno de la madrugada
Renata me esperó despierta cuando ya no quedaba nadie en la oficina, apoyada contra la mesada con esa mirada que conozco hace tres años.
Renata me esperó despierta cuando ya no quedaba nadie en la oficina, apoyada contra la mesada con esa mirada que conozco hace tres años.
Llevaba días escondido entre las matas, mirándola moverse sobre otro hombre cada noche. Cuando él faltó por una fiebre, yo me acosté en su lugar.
Cuando su mano se posó sobre mi muslo y me preguntó si alguna vez había estado con otra chica, supe que esa siesta de verano no terminaría como las otras.
Cuando me asomé por la luna del coche para ver si mi hermana seguía despierta, lo descubrí a él en su ventana, fumando. Y supe que no iba a apartar la mirada.
El panel del ascensor se apagó entre dos pisos. Ella sonrió, dio un paso hacia mí y dijo en voz baja que sabía perfectamente lo que pasaba por mi cabeza.
Cuando salí de la piscina sin calzoncillos, mi pareja sonrió como si lo tuviera todo previsto. La verdad es que la noche apenas empezaba y ninguno sabía hasta dónde llegaríamos.
Cuando me pidió bajarme el pantalón y tenderme boca abajo, escuché en su voz que aquel examen no iba a ser una consulta de rutina.
Crucé la puerta nervioso, las manos sudando, sin saber cómo coquetearle. Cuando le rocé el paquete con los dedos, supe que esa tarde no me iba a ir solo con un corte.
Me había dicho mil veces que yo le gustaba; esa noche bajó con vino, apagó el televisor y dijo lo que llevaba dos años queriendo decirme.
Llevábamos seis años separados, pero ese baby doll en la vitrina me transportó a una mañana cualquiera y a un video que tenía olvidado en una carpeta perdida del computador.
Pensaba que solo me estaba siguiendo el juego, hasta que me llevó a su departamento sin pedir permiso y entendí que la noche no terminaría con una copa.
Cuando encontré la carpeta oculta en su ordenador, supe que aquellas miradas furtivas no eran imaginación mía. Y supe también que ya no quería que parara.
Cuando puse la mano sobre su pecho y no la retiré, supe que esa tarde no iba a terminar como las otras. Tenía el doble de mi edad y olía a cerveza fría.
Cuando subí al auto y la vi al volante, ya no me importaron los expedientes ni los plazos. Esa última semana hábil antes de Navidad me cambió la agenda entera.
Llevábamos once años juntos cuando una foto en Instagram me hizo dudar de todo. Esa noche, después de sentir su pene dentro, decidí preguntárselo.
Esa carpeta no debía existir. Pero la abrí, y entre cientos de fotos mías dormida y desnuda, encontré algo peor: el correo donde él las regalaba.
Crucé el pasillo descalza, pensando solo en llegar al baño. Entonces escuché los golpes secos al otro lado de la puerta entreabierta y supe que no iba a poder seguir caminando.
Llevaba meses cruzándome con él en el ascensor, sabiendo que era imposible. Esa noche encontré un cartel amarillo con un número y la promesa de un amarre.
La puerta había quedado entornada. Cuando me incorporé sobre la mesa, vi a mi hermano pequeño mirando desde el pasillo. No se atrevía a entrar.
A los dieciocho años creía haberlo visto todo, hasta que mi prima bajó las persianas, puso esa película y empezó a acariciarse sin quitarme los ojos de encima.