Cuando los alumnos se atrevieron con la coordinadora
El pantalón le marcaba cada curva mientras cruzaba el patio bajo ese sol de mayo. Magdalena sabía que la miraban. Lo que no sabía era lo que planeaban dos de ellos.
El pantalón le marcaba cada curva mientras cruzaba el patio bajo ese sol de mayo. Magdalena sabía que la miraban. Lo que no sabía era lo que planeaban dos de ellos.
Todo el campus envidiaba al chico que el grupo de Rebeca había adoptado. Nadie sabía lo que le costaría ser de las suyas.
La primera noche solo me tocó. La segunda se montó encima sin que yo dijera una palabra. Su marido roncaba a un metro. Elena, casada y madura, me eligió a mí.
Cuando sonó el timbre supe que no podía echarme atrás. Llevaba meses preparándome para ese momento, pero nada me había preparado de verdad.
Cuando llegamos a casa de Pablo y Vera, el champán ya estaba frío. Yo traté de aparentar calma. Mi cuerpo llevaba semanas traicionándome cada vez que él lo mencionaba.
Iba vestida para una fiesta y él llevaba años esperando esa oportunidad. Cuando abrí la puerta, el compadre de mi esposo entró detrás y cerró con llave.
Pedaleaba despacio, sin ropa interior, solo porque me gustaba sentir el aire. No esperaba que el asiento se convirtiera en algo más.
Me mudé a una ciudad desconocida y el primer hombre que entró en mi piso fue también el más atractivo. Tenía novia, pero eso no le importó.
Abrí el cajón de la mesa de noche. El libro estaba ahí, donde siempre. Y en diez minutos ya no podía quedarme quieta.
Travestí de clóset, fui a la entrevista más importante de mi carrera con un calzón de encaje bajo el traje. Pensé que nadie lo sabría. Me equivoqué.
Guardé el vibrador en la mochila y salí de casa sin decírselo a nadie. El camino de los pinos estaba oscuro y frío, y esa noche quería exactamente eso.
Valeria me llamó para contarme que su marido quería un trío. Colgué pensando que era su problema. Esa noche estaba en su sala, copa en mano y el corazón a mil.
Esa noche los tres llevábamos ropa liviana frente al televisor. Yo intentaba disimular lo que me hacían con solo mirarlas.
Marcos apoyó la botella en la barra y dijo en voz alta lo que los dos llevaban días callando. El camarero fingió no escuchar.
Llevaba meses pensando en ella, en sus pies, en su boca. La fiesta de Halloween nos dio la noche que los dos buscábamos sin decirlo en voz alta.
Ese verano alquilamos la casita de siempre y ella bajó del coche con una sonrisa nueva. Mi prima. Prohibida. Y sin embargo, todo lo que quería.
Tenía 37 años, cuerpo de escándalo y casi un año de soledad acumulada. Cuando me eligió a mí en el gimnasio, entendí que algunas noches no se planean.
Salí corriendo en camisón, sin nada debajo, con el vibrador en la mano. La puerta dio un clic y supe que me había encerrado. En el pasillo ya había alguien.
Cuando entré por esa puerta con mi padre, no sabía qué esperar. Cuando salí, una hora después, ya no era el mismo chico que había entrado.
Siempre entrenaba sola, en silencio, sin mirar a nadie. Él llevaba tres meses mirándome a mí, y lo descubrí cuando ya era demasiado tarde para salir.