Confesión caliente en la parada del autobús
Me acompañó hasta la parada, me cargó la mochila y terminé arrastrándolo detrás de los arbustos para agradecerle de la forma más sucia.
Me acompañó hasta la parada, me cargó la mochila y terminé arrastrándolo detrás de los arbustos para agradecerle de la forma más sucia.
Me agarró de la mano en recepción, dijo que le debía algo y, antes de pensarlo, ya lo estaba besando contra la puerta del baño.
Cuando cerró el pestillo del baño y se colocó entre mis piernas, entendí que llevaba días esperando ese beso.
Fui a pedirle ayuda por una llave rota y terminé descubriendo cómo se siente que un hombre experimentado te quite el aire y la vergüenza.
Fingimos dormir en silencio, pero su erección contra mi culo y mi mano dentro de su bóxer hicieron imposible seguir quietos.
Ella me miró como si aún me conociera por dentro, y tuve que fingir frialdad mientras mi cuerpo entero recordaba sus manos.
Empezó con roces en el patio y miradas largas; terminó contra la barda, con su respiración rota y mis manos donde ya no había vuelta atrás.
La vi caminar por la orilla con su panza redonda y una sonrisa que me recordó todo lo que habíamos dejado pendiente.
Cuando abrí los ojos en la camilla del hospital ugandés no imaginé que el enfermero de guardia iba a bajarme la fiebre con la mano bajo la sábana esa misma noche.
Entré a revisar materiales y terminé con la falda subida, la boca llena de él y las piernas temblando contra una mesa polvorienta.
Encontré su braguita rota y empapada en el suelo. Cuando se giró en la cama y me miró con vergüenza en los ojos, supe que la noche apenas empezaba.
Le ofrecí agua por el calor, pero cuando volvió a mi piso por una cerveza, ya no venía solo a descansar.
Cuando vi a Daniel sirviendo café con esa sonrisa tranquila, recordé exactamente por qué había jurado no volver a buscarlo.
Fui a esa fiesta jurando que no haría nada, pero cuando me quedé sola con él supe que no iba a salir de ese cuarto con la boca limpia.
Cuando vi el letrero de las habitaciones por horas, entendí que no iba a aprender inglés esa tarde, sino hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Apenas cerró el auto en ese descampado, supe que no íbamos a volver a casa tan rápido.
Mi jefa quería un suplemento revolucionario, pero nadie imaginó que la primera prueba terminaría con gemidos sobre mi escritorio.
Llevaba meses fantaseando con verla en manos de otro. Cuando Damián cerró la puerta esa madrugada, mi mujer se giró hacia Rubén con esa cara que yo solo conocía en la cama.
Lo leí durante semanas, me toqué pensando en su voz y, cuando lo vi salir por la terminal, supe que esa espera iba a terminar mal.
Después de tragarme su corrida, cenamos desnudos en mi cocina... y el helado terminó donde los dos estábamos deseando.