Mi marido lo sabía y aun así fui a buscarlo
Llevaba meses mintiendo a Mateo y, cuando entendió que lo sabía todo, no me derrumbé. Me puse el vestido azul, salí de casa y crucé la ciudad para encontrarme con Adrián.
Llevaba meses mintiendo a Mateo y, cuando entendió que lo sabía todo, no me derrumbé. Me puse el vestido azul, salí de casa y crucé la ciudad para encontrarme con Adrián.
Mi padre abrió el saco para que no pasara frío. No imaginé que esa noche, dentro de la tienda, su olor y sus manos iban a convertirse en lo único que importaba.
Sabía que iría apenas escuchara su voz otra vez. Lo que no sabía era que esa tarde Camila me iba a empujar mucho más lejos que la primera.
Le dije que ya podía bañarse sola. Ella bajó la cabeza y susurró que aún tenía miedo. No imaginé hasta dónde llegaría esa ducha.
Guardé sus números en el cajón y supe que no los llamaría. Pero también supe que mi marido nunca volvería a tocarme como antes de aquella noche en alta mar.
Rodeé la cabaña por el lado del cuarto de bombas y vi la mano de mi mujer dentro del bóxer mojado de Marcos. Y no pude moverme de los arbustos.
A las nueve de la noche entré al gimnasio buscando a alguien que se atreviera a mirarme. Esa vez fueron tres, y supieron lo que llevaba debajo.
Llegué con mi mochila a la dirección que me dieron, sin saber que aquel trabajo de limpieza era apenas la fachada de algo mucho más caliente.
Dejé la taza en la mesita, me arrodillé al lado de la cama y entendí que esa mañana nada volvería a ser como antes en esta casa.
Abrí la puerta con la camisa empapada al pecho, sin imaginar que el desconocido del rellano vendría a por algo más que una toalla y mi ducha.
Cuando el aguacero nos dejó empapadas, ella me ordenó quitarme la ropa mojada y empezó a desnudarse sin pudor. Intenté disimular el temblor en mis manos.
Doblaba ropa en el sofá cuando él apareció con la cerveza en la mano y esa sonrisa que no debería haberle devuelto. Y aun así, no apartó la mirada.
Subí al segundo piso, abrí la puerta del baño principal y allí estaba ella, dentro de la tina con el bebé, cubierta apenas por una fina capa de espuma.
Yo tenía dieciocho años y no había estado con nadie. La tía de mi madre terminó dormida a mi lado esa noche, y todo lo que creía saber sobre el deseo se rompió en silencio.
Bajé los escalones meneando la cadera y vi sus ojos clavados en mí en el reflejo del vidrio. No íbamos a desayunar: esa mañana íbamos a otro lugar.
Cuando la hielera cayó al suelo no pensamos en el ruido, pensamos en mi esposa cabalgando desnuda sobre Damián. Tampoco pensamos en quién podría asomarse.
Cuando su mano se apoyó en mi cadera y me susurró «hola, bebé», pensé que era para alguna de mis amigas. Al darme vuelta, supe que esa noche no iba a terminar como esperaba.
Llevaba tres semanas sin descargar cuando entré al baño del centro comercial. La mirada en el espejo y la puerta entreabierta me cambiaron la tarde libre por completo.
Mi madre me había mandado a pedirle un par de huevos. Doña Marisol abrió la puerta en bata, con el pelo todavía mojado, y se quedó mirándome de un modo que jamás olvidaría.
Lo vi acercarse al sofá donde ella gemía bajo el peso de su hombre. Lo que ese intruso hizo con sus dedos antes de marcharse me dejó temblando en mi rincón.