El día que una desconocida me pidió ser mi esclava
Iba por mi tercer whisky cuando el teléfono vibró: «Busco un macho que me trate como su esclava». Abrí la foto en plena fiesta y supe que estaba perdido.
Relatos de encuentros y experiencias trans
Iba por mi tercer whisky cuando el teléfono vibró: «Busco un macho que me trate como su esclava». Abrí la foto en plena fiesta y supe que estaba perdido.
Pensé que vendría por un problema común. En cambio, se sentó frente a mí, bajó la mirada y empezó a contarme algo que llevaba años escondiendo de todos.
Cuando salió de la ducha y lo vio esperándola con el encaje negro puesto, Bianca sonrió: sabía exactamente lo que iba a pasar esa noche.
Un coche frenó a mi lado y me preguntó el precio. Tenía treinta y siete años, era abogada y, por una vez, decidí no decir que no a la locura.
Cada vez que se acariciaba, de su cuerpo brotaban estrellas líquidas y flores nuevas. Esa noche los eones se cumplían y ella estaba a punto de arder como jamás.
Durante meses me obligó a obedecer en su cama. Cuando por fin hablé, no imaginé que la justicia le devolvería cada golpe transformándolo en lo que más despreciaba.
Cumplía la mayoría de edad y el santuario entero contuvo el aliento cuando avanzó desnuda hacia el altar donde sus dos madres la esperaban, listas para iniciarla.
La última noche antes de volverse mortal, se acurrucó entre sus dos madres divinas sabiendo que al amanecer tendría que sepultar todo lo que era bajo capas de tela común.
Llevaba casi dos años sin tocar a nadie cuando la vi bajar del minibús con esa sonrisa. Me prometí que, antes de volar de regreso, esa boca iba a ser mía.
Bajó del plano del placer a un piso de Ruzafa y, en cuanto el deseo de la calle rozó su piel, supo que ni la ropa más holgada podría contener lo que era.
Todas mis compañeras suspiraban por él, pero ninguna sabía lo que yo escondía bajo el uniforme masculino que el mundo me obligaba a usar.
Cuando se soltó el cierre del vestido, entendí que esa noche en el camerino lo cambiaría todo entre nosotras, y que no quería que parara.
Me puse el delantal blanco y la cofia, me maquillé como una golfa y lo llamé para avisarle que la habitación ya estaba lista. El resto lo teníamos ensayado de memoria.
Acababa de salir de la ducha cuando vi su mensaje en la pantalla. No era lo que buscaba, pero su foto me hizo cambiar de planes esa misma tarde.
Despertamos desnudos los tres y, entre risas, recordé el momento exacto en que todo cambió: cuando supe lo que Mariela ocultaba bajo la falda.
Guardaba ese vestido en el fondo del placard para nadie. Esa madrugada, cuando él tocó el timbre empapado, supe que por fin iba a estrenarlo para alguien.
Llevo años cobrando por acostarme con desconocidos. Nunca pensé que sería yo el que terminaría rogando por volver a verla a ella.
Cuando puso mi mano sobre su entrepierna mientras conducía, supe que ya no había vuelta atrás. Esa noche dejé de fingir y me entregué por completo.
Cuando crucé esa puerta dejé de ser yo. Él me esperaba sin peluca ni maquillaje, con una sonrisa de chico malo y mi nombre nuevo ya elegido.
Olía a café recién hecho y supe que la noche anterior no había sido un sueño. Yamila seguía ahí, en mi cocina, con la piel todavía caliente del deseo.