Nací entre dos cuerpos y el templo me consagró
Llegué al templo medio muerta, convencida de que mi cuerpo era una maldición. Esa misma noche el sacerdote me susurró que en realidad era una elegida.
Relatos de encuentros y experiencias trans
Llegué al templo medio muerta, convencida de que mi cuerpo era una maldición. Esa misma noche el sacerdote me susurró que en realidad era una elegida.
Cuando el DJ dijo mi nombre y el club entero cantó, no imaginé que la mejor parte de mi cumpleaños empezaría mucho después, lejos de la pista.
Cartografiaba una selva donde nadie hablaba mi idioma y, sin embargo, fue allí, entre cuerpos pintados de arcilla, donde dejé de sentirme un fantasma.
Llevaba meses convirtiéndome en otra persona frente al espejo. Esa noche, en la cama de un desconocido, descubrí hasta dónde podía llegar mi nueva piel.
Nunca había dejado que nadie lo mirara así, con la falda de cuero ciñéndole los muslos y el corazón a punto de salírsele del pecho.
Frente al espejo de aquella sala se abrió una caja con prendas que no eran suyas, y cada una que se ponía borraba un poco más al hombre que había entrado.
Abrí la puerta sin sostén, con la camiseta marcándome los pezones, y me encontré con la única persona que mi novia me había jurado que jamás volvería.
La mayor parte del tiempo soy el hombre que nací. Pero algunas noches me pongo la peluca, me miro al espejo y dejo que Sabrina salga a buscar lo que de verdad quiere.
El corsé se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel y el satén apretaba sus muñecas. Frente al espejo, Adrián dejaba de fingir y por fin era quien deseaba ser.
Entré en tercera fila con un café frío y mi escepticismo doblado en la libreta. No sabía que cada frase de ella iba a reescribir quién era yo, hasta el último botón.
Bajo la antorcha repaso mis bocetos y siento el cuerpo arder por ella. El contrato termina y ya sé una cosa: no me voy de esta selva sin Yuma a mi lado.
Me vestí de estreno, me subí al coche con las otras dos chicas y crucé media provincia sin saber que esa noche aprendería a soportar el desprecio con la cabeza alta.
La cama me queda enorme esta tarde de domingo. Cierro los ojos, abro las piernas y dejo que él aparezca: el hombre que todavía no conozco pero que ya me posee.
Cuando el espejo me devolvió una cara que no era la mía, entendí que en esta casa yo ya no mandaba nada. Solo obedecía y deseaba complacerla.
Esa noche yo no era el anfitrión, sino el adorno. Mi esposa me eligió el vestido, me calzó los tacones y me ordenó sonreír mientras sus jefas me evaluaban.
Bajo el hábito de monja escondía medias de rejilla y una verdad que solo sale de noche: a veces necesito vestirme de mujer y que alguien me trate como tal.
Cuando me abrió con esa lencería negra y esa sonrisa fría, entendí que esa noche no habría charla: solo órdenes, y yo estaba dispuesto a obedecer cada una.
Siempre tomé sus comentarios como una broma de oficina, hasta la noche en que cerré la maleta, me maquillé frente al espejo y toqué a su puerta.
Me tiré en la cama rodeada de ellos, con cara de hambrienta, y supe que esa noche iba a romper mi propio récord. No imaginé hasta dónde llegaríamos.
Llevaba años imaginándolo desde el otro lado de la pared. Esa noche, sola en la casa de mi tía, fue él quien tocó el timbre.