Cuando me visto de mujer sueño con un hombre real
Frente al espejo, ajustándome la liga y la peluca rubia, me permito el lujo más peligroso de todos: imaginar a alguien que se quede después.
Relatos de encuentros y experiencias trans
Frente al espejo, ajustándome la liga y la peluca rubia, me permito el lujo más peligroso de todos: imaginar a alguien que se quede después.
Le escribí «puerta entreabierta, si te atreves» y apagué casi todas las luces. Cuando subió las escaleras, supe que ya no había vuelta atrás.
Desperté con su cuerpo pegado al mío y su respiración en mi nuca, y supe que sería el fin de semana que llevaba meses imaginando.
No dormí en toda la noche. Al amanecer ella me vestiría, me maquillaría y me llevaría al lugar donde decidirían qué clase de hombre seguiría siendo… si es que seguía siéndolo.
Llevaba meses esperando este viaje. Quería que él fuera el primero en conocer a la mujer en la que me había convertido, costara lo que costara.
Escribimos en papelitos todas las fantasías que nos faltaban y el azar eligió la más peligrosa: dos transexuales, una habitación de hotel y ninguna regla.
El mensaje del grupo era claro: la zorra estaría en el cruce a las dos, y ellos traerían lo que quisieran usar conmigo. Salí a la lluvia sabiendo que no habría vuelta atrás.
Llegué al templo medio muerta, convencida de que mi cuerpo era una maldición. Esa misma noche el sacerdote me susurró que en realidad era una elegida.
Cuando el DJ dijo mi nombre y el club entero cantó, no imaginé que la mejor parte de mi cumpleaños empezaría mucho después, lejos de la pista.
Cartografiaba una selva donde nadie hablaba mi idioma y, sin embargo, fue allí, entre cuerpos pintados de arcilla, donde dejé de sentirme un fantasma.
Llevaba meses convirtiéndome en otra persona frente al espejo. Esa noche, en la cama de un desconocido, descubrí hasta dónde podía llegar mi nueva piel.
Nunca había dejado que nadie lo mirara así, con la falda de cuero ciñéndole los muslos y el corazón a punto de salírsele del pecho.
Frente al espejo de aquella sala se abrió una caja con prendas que no eran suyas, y cada una que se ponía borraba un poco más al hombre que había entrado.
Abrí la puerta sin sostén, con la camiseta marcándome los pezones, y me encontré con la única persona que mi novia me había jurado que jamás volvería.
La mayor parte del tiempo soy el hombre que nací. Pero algunas noches me pongo la peluca, me miro al espejo y dejo que Sabrina salga a buscar lo que de verdad quiere.
El corsé se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel y el satén apretaba sus muñecas. Frente al espejo, Adrián dejaba de fingir y por fin era quien deseaba ser.
Entré en tercera fila con un café frío y mi escepticismo doblado en la libreta. No sabía que cada frase de ella iba a reescribir quién era yo, hasta el último botón.
Bajo la antorcha repaso mis bocetos y siento el cuerpo arder por ella. El contrato termina y ya sé una cosa: no me voy de esta selva sin Yuma a mi lado.
Me vestí de estreno, me subí al coche con las otras dos chicas y crucé media provincia sin saber que esa noche aprendería a soportar el desprecio con la cabeza alta.
La cama me queda enorme esta tarde de domingo. Cierro los ojos, abro las piernas y dejo que él aparezca: el hombre que todavía no conozco pero que ya me posee.