Quería que me deseara a mí, no solo a la travesti
Llevaba semanas frenándolo con una sonrisa y un «todavía no». Esa noche, cuando su mano encontró la mía, supe que ya no quería seguir esperando.
Relatos de encuentros y experiencias trans
Llevaba semanas frenándolo con una sonrisa y un «todavía no». Esa noche, cuando su mano encontró la mía, supe que ya no quería seguir esperando.
Me puse las zapatillas rojas, el baby doll y la peluca, hice un pedido cualquiera y me senté a esperar a que un desconocido tocara mi puerta bajo la lluvia.
Nunca había estado con alguien así. Cuando abrió la puerta y tuve que levantar la vista para mirarlo, supe que esa noche dejaría de pertenecerme.
Bastó un susurro junto a mi oído para que toda mi vida de hombre correcto empezara a derrumbarse bajo el clic de unos tacones que aún no eran míos.
Pedí trabajo de camarero en un club de carretera. Tres semanas después servía copas con tanga, tacones y un nombre nuevo: Adriana.
Acepté el juego solo por una noche: un vestido, una peluca y un nombre que no era el mío. Jamás imaginé que la chica del espejo me devolvería la mirada como si me esperara.
Me arreglé como una diosa para pasar la noche frente a la cámara. Cuando sonó el timbre, no era el repartidor: era él, real y con todo el fin de semana por delante.
Tenía veintisiete años, una novia y una vida ordenada. Entonces aquel vecino lo miró en el autobús como si supiera algo que Tobías aún no se atrevía a nombrar.
Cuando abrí la puerta esperaba encontrarla a ella sola en el sillón, como siempre. No conté con la segunda silueta que me miraba desde la penumbra del salón.
Apagué el motor en el rincón más oscuro del área de servicio, me retoqué los labios en el retrovisor y supe que aquella noche no iba a marcharme sola.
El escáner emitió un pitido rojo y, en ese instante, supe que jamás volvería a ser el hombre que había entrado a esa sala por la mañana.
Pagué una fortuna por encontrar a la esposa perfecta. La app me mandó un solo perfil: Daniela. Lo que descubrí en el hotel no estaba en ninguna foto.
Aquel viernes subió al coche una maleta y unas cajas que no entendí. Dentro no había trabajo: estaba el regalo que por fin me dejaría ser quien siempre fui.
Llevaba toda la noche esperándola, atado a la cama de aquella casa, sabiendo que el domingo ella regresaría a terminar lo que habíamos empezado.
Salí del trabajo con un calor insoportable y se me ocurrió pasar por la sauna. No sabía que aquel desvío iba a terminar con los tres metidos en algo mucho más grande.
Cuando entró aquella chica de ojos verdes al bar, fui la única que notó el detalle que las demás pasaron por alto. Y esa misma noche acabó dentro de nuestra cama.
Le había escrito que sería mi primera vez sometido. No imaginé que el primer gesto al abrir la puerta sería una bofetada y la orden de arrodillarme.
Llevábamos quince años juntos y creía saberlo todo de él. Entonces, una noche cualquiera, me susurró al oído algo que lo cambió todo.
Le dieron cuerda a un reloj antiguo y, al amanecer, su cuerpo ya no era el suyo. Una semana de placer robado con un precio que solo se cobra en la última noche.
Iba por mi tercer whisky cuando el teléfono vibró: «Busco un macho que me trate como su esclava». Abrí la foto en plena fiesta y supe que estaba perdido.