La forastera de Adma escondía un secreto bajo su túnica
Le puse un precio absurdo creyendo que se reiría y me dejaría en paz. Asintió sin dudar, y entonces abrió su túnica y entendí en qué me había metido.
Relatos de encuentros y experiencias trans
Le puse un precio absurdo creyendo que se reiría y me dejaría en paz. Asintió sin dudar, y entonces abrió su túnica y entendí en qué me había metido.
Se sentó a mi lado sin pedir permiso, habló de mi libro como si me conociera de siempre, y supe que esa tarde no terminaría en aquel banco.
Escuché sus pasos firmes en la cocina y bajé la mirada sin atreverme a sostenerla. Ya no era el hombre que fui: era lo que ella había decidido que yo fuera.
Me afeité hasta dejar la piel suave, me ceñí el corsé y deslicé el plug muy despacio. Por primera vez iba a salir a la calle siendo quien de verdad era.
Llevaba semanas saludándola al pasar con la moto. La tarde que me pidió que frenara, jamás imaginé el secreto que esa mujer guardaba bajo el camisón.
Entró al comedor como sirvienta y salió como otra persona. Esa noche, frente al fuego, eligió qué nombre dejar arder para siempre.
La tormenta de arena se llevó a toda la caravana. Solo quedó él, vagando entre dunas, hasta que una figura oscura apareció en el horizonte para salvarlo.
Cuando llamaron a la puerta esa tarde supe que él lo había visto todo: la peluca, el vestido, la mujer que escondía. Y en sus ojos no había burla, sino hambre.
Llevaba años fingiendo que me bastaba con ser una cosa o la otra. Esa noche, frente a la hoguera, una desconocida me dijo que yo era las dos.
Acepté la invitación porque me sentía especial. Desperté desnudo, con un collar al cuello y una mujer que ya había decidido en quién iba a convertirme.
Estaba boca arriba, las rodillas casi en la cara, su mano en mi tobillo. Y supe que esa noche por fin iba a dejar caer la última barrera.
Sabía exactamente lo que provocaba al cruzar las piernas frente a su escritorio. Lo que él no sabía era la sorpresa que escondía debajo de mi falda.
Esa noche no quería esperar a nadie. Quería al guardia que me había desvestido con la mirada toda la tarde, aunque no supiera lo que escondía.
Frente al espejo, ajustándome la liga y la peluca rubia, me permito el lujo más peligroso de todos: imaginar a alguien que se quede después.
Le escribí «puerta entreabierta, si te atreves» y apagué casi todas las luces. Cuando subió las escaleras, supe que ya no había vuelta atrás.
Desperté con su cuerpo pegado al mío y su respiración en mi nuca, y supe que sería el fin de semana que llevaba meses imaginando.
No dormí en toda la noche. Al amanecer ella me vestiría, me maquillaría y me llevaría al lugar donde decidirían qué clase de hombre seguiría siendo… si es que seguía siéndolo.
Llevaba meses esperando este viaje. Quería que él fuera el primero en conocer a la mujer en la que me había convertido, costara lo que costara.
Escribimos en papelitos todas las fantasías que nos faltaban y el azar eligió la más peligrosa: dos transexuales, una habitación de hotel y ninguna regla.
El mensaje del grupo era claro: la zorra estaría en el cruce a las dos, y ellos traerían lo que quisieran usar conmigo. Salí a la lluvia sabiendo que no habría vuelta atrás.