Lo que mi instructora ocultaba bajo la malla
La deseé desde el primer día, con su cuerpo perfecto enfundado en la malla. Lo que no imaginaba era lo que escondía debajo, ni lo lejos que estaba dispuesto a llegar.
Relatos de encuentros y experiencias trans
La deseé desde el primer día, con su cuerpo perfecto enfundado en la malla. Lo que no imaginaba era lo que escondía debajo, ni lo lejos que estaba dispuesto a llegar.
Era la única del club que cobraba por dominar a los hombres. Hasta que un cliente rico se sentó a su lado y, en vez de desnudarla, solo quiso escucharla hasta el amanecer.
Frené en el semáforo solo por curiosidad. Una hora después estaba boca arriba, pidiéndole despacio, descubriendo un lado mío que llevaba años fingiendo que no existía.
En el baño me esperaba un vestido negro y blanco, ropa interior de mujer y unos tacones. Él solo dijo: desnúdate y vístete. Lo obedecí sin saber en qué me convertiría.
Tenía casi cuarenta años, vivía puerta con puerta y un día me invitó a una copa. Esa noche dejé de ser la chica del rellano para convertirme en su deseo.
Le había contado mi fijación por las chicas trans, pero jamás pensé que aceptaría sentarse en ese sofá a mirar cómo otra mujer me ponía de rodillas.
Cuando abrí los ojos seguía dentro de mí. No supe cuántas horas había dormido, solo que Soledad sonreía como quien sabe que ya no tienes adónde ir.
Pedí el cuarto y apagué las luces para dejarme consentir como nunca. Hasta que mi mano buscó entre sus piernas y encontró algo que jamás había imaginado.
Tenía la ropa de mujer guardada bajo candado, segura de que nadie la vería. Hasta que aquel hombre encontró la maleta y me pidió que me la pusiera para él.
Nadie sabía mi verdad. Iba a los partidos solo por sus piernas, hasta que aquella tarde él levantó la vista y me sostuvo la mirada como si supiera todo.
Abajo nuestros padres brindaban por veinte años juntos. Arriba, en su cuarto, yo tenía su miembro en la mano y él esperaba que me atreviera de una vez.
Empecé llenando globos de agua tibia para sentir que tenía pecho. Terminé pegándolos a mis pezones con pegamento y descubriendo un placer que no sabía que buscaba.
Estaba seguro de que nadie podía hipnotizarlo. Se sentó en el sillón con una sonrisa de suficiencia, sin sospechar que esa mujer ya había decidido en quién iba a convertirlo.
Cerré la puerta con pestillo y me convertí en otra persona frente al espejo. No conté con que él tuviera una copia de la llave.
De día firmaba como Tomás y nadie sospechaba nada. Esa carpeta abierta por accidente en la tablet de mi jefe iba a romper, de un solo golpe, dieciocho meses de silencio.
Bastaba con que ella se insinuara para que yo me pusiera en cuatro. Aquella noche descubrí que tenía dos sorpresas guardadas, y solo una era para mí.
Subí las escaleras apenas pudiendo caminar, con el vestido oliendo a la noche entera. No sabía que mi mamá estaba despierta, esperándome en el pasillo.
Nunca había salido a la calle vestida así. Esa mañana, con la casa para mí sola, decidí que era el día de cumplir la fantasía que me quitaba el sueño.
Cuando entré al baño y encontré las flores y aquella tarjeta, supe que ese verano me marcaría para siempre, aunque todavía no imaginaba cómo iba a terminar.
Su nick decía «travesti activa» y yo apenas tenía una experiencia encima. Esa tarde, en un hotel cerca del metro, aprendí lo que era estar realmente sometido.