La masajista enseñó a mi mujer a darme placer
Mi mujer aceptó pagar a una experta para que me masajeara delante suyo, pero no esperaba descubrir cuánto placer le daba mirar cómo otra me hacía gemir.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Mi mujer aceptó pagar a una experta para que me masajeara delante suyo, pero no esperaba descubrir cuánto placer le daba mirar cómo otra me hacía gemir.
Llegué pensando que tomaríamos cerveza y celebraríamos su ascenso. Carla abrió la puerta con una falda diminuta y la blusa transparente. Damián aún no había llegado.
Aparqué la caravana junto a un chiringuito y, cuando me quité la camisa, supe que aquellos hombres no iban a dejar de mirarme hasta que les diera algo más que ver.
Bajé en pijama a abrirle la puerta porque dijo que había perdido las llaves. Lo que no sabía era que mi marido nos miraba desde el sofá del salón.
A la mitad del viaje, mirando coches que pasaban a oscuras, se me ocurrió algo que no podía hacer en ningún otro lugar del mundo. Ni allí, en realidad.
Crucé descalza el jardín de mi vecino casado con la minifalda más corta que tenía. Iba a entregarle lo que llevaba meses prometiéndole en silencio desde mi ventana.
Cuando él la miró por segunda vez esa noche, supe que la cena no iba a terminar en el comedor, y que mi esposa tampoco quería que terminara ahí.
Carolina decía que se aburría de los hombres. Pero cuando me bajé los pantalones junto a su piscina, sus ojos no se despegaron de mí ni un instante.
Le pedí a mi mujer que cumpliera la fantasía que llevaba años imaginando. No esperaba sentir orgullo en lugar de celos cuando otro hombre la tocó por primera vez.
Mi mujer volvió de aquella visita con un brillo distinto en los ojos. Su prima fue la única testigo, y tardó meses en contarme lo que de verdad ocurrió.
Cuando Carla se levantó del sofá, vino hasta mí y me besó, supe que la sesión de pareja iba a acabar con su marido sentado en la butaca aprendiendo a esperar.
Una sonrisa desde la mesa de al lado, una servilleta con un número y, sin querer, mi esposa se atrevió a cruzar una línea que llevaba años imaginando.
Las persianas estaban medio bajadas, la ropa de un desconocido por el pasillo y la risa de mi mujer al fondo. No podía moverme. Tampoco podía dejar de mirar.
A las tres de la mañana escuché unos gemidos en el patio interior. Eran de ella. Y no era yo quien la hacía gemir así.
La primera vez que me corrí mirándome al espejo, supe que ya no había vuelta atrás. Pero todavía no sabía hasta dónde podía llegar cuando alguien me miraba.
Aquella mañana, cuando entreabrí los ojos en el colchón pegado al balcón, ella ya estaba allí, en el suyo, fumando, esperando a que me girara.
Tenía setenta y tantos, una mirada que no era de deseo sino de complicidad, y una foto mía guardada en un celular viejo que casi no funcionaba.
La vieja vecina me regaló la foto de la traición antes de despedirme. Yo solo pensaba en la puerta de Sofía y en si me dejaría volver a su casa.
Lo vi reflejado en la ventana de enfrente, con los binoculares en una mano y el pantalón abierto en la otra. Entonces supe cómo iba a empezar mi mañana.
Aproveché la rendija de la cortina para espiarla, pero ella me descubrió en el espejo y, en lugar de cubrirse, empezó a desvestirse otra vez para mí.