El trato retorcido entre mi casera, su hija y yo
Llevaba seis meses arrendando una pieza en aquella casa, charlando de noche con una copa de vino en la mano, hasta que una tarde ella me pidió un favor que no debía pedirme jamás.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Llevaba seis meses arrendando una pieza en aquella casa, charlando de noche con una copa de vino en la mano, hasta que una tarde ella me pidió un favor que no debía pedirme jamás.
Carlos no veía la cortina entornada. Yo sí. Y la rubia que me miraba desde el otro lado tampoco apartaba los ojos de mí. Mi cuerpo decidió antes que yo.
Llamaron al timbre justo cuando ella terminaba de tender. Yo me escondí en el dormitorio y la vi salir a recibirlo sin nada puesto, solo unas cuñas y una sonrisa.
La cámara del directo grabó cada palabra cuando confesó cómo terminó desnuda en la barra del hotel con un completo desconocido al que jamás debió mirar.
Cuando metí la mano bajo su falda, sentí algo pegajoso entre sus muslos. No era flujo. Ella bajó la mirada y supe que el jefe se le había adelantado esa tarde.
Las duchas del gimnasio no tienen puertas. Esa mañana descubrí que el detalle no era un problema, sino justo lo que llevaba años buscando sin saberlo.
Cuando vi su silueta agazapada detrás del cristal, supe que llevaba un rato observándonos. Y en lugar de detenerme, le sostuve la mirada.
La puerta del despacho quedó entreabierta y, sin pretenderlo, me convertí en testigo de algo que no debía mirar ni escuchar, pero del que ya no pude apartarme.
Cuando Matías y yo volvimos del kiosco con los cigarros, Camila y Renata ya estaban demasiado cerca en el sillón, murmurándose cosas al oído.
Cogí su móvil para llevarlo al cargador y una notificación lo cambió todo: un grupo entero de hombres pendiente de mí, y yo sin saberlo.
Llegó un domingo a las nueve de la mañana. Pedía ayuda para una fantasía que él mismo no se atrevía a nombrar en voz alta dentro de su propia casa.
Reconocí los gemidos detrás de aquella puerta. Reconocí cada cadencia. Pero la mujer del escritorio tenía algo que mi esposa juraba no tener jamás.
La luna iluminaba las siluetas dentro de la otra carpa y, antes de comprender qué pasaba adentro, yo ya no podía moverme del lugar donde estaba.
Cuando vi a su primo en la puerta del baile, recordé que ya me había visto desnuda. Lo que no sabía era que esa noche iba a ser yo quien pidiera tenerlo enfrente.
Llevaba minifalda, medias negras y unas gafas de sol que me impedían saber cuándo me estaba pillando. Hasta que dejó de disimular y empezó a jugar conmigo.
El recepcionista le guiñó un ojo al entregarle la toalla. Aquel gesto fue solo el comienzo: en cada sala lo esperaba un cuerpo distinto y un calentón nuevo.
Cuando vio el cartel de neón con la bailarina, supo que esa noche no volvería al hotel siendo la misma mujer que había salido.
A las once en punto se enciende la luz de su dormitorio. Yo ya llevo media hora esperando en el sillón, desnuda, con el cortinado apenas corrido.
Ignoré el aviso de no aparecer por la oficina y aparecí igualmente. Lo que descubrí desde el conducto del aire me hizo dejar de verla como una santa.
Era mi auxiliar en la oficina, una belleza imposible que me robaba la mirada. Una noche, desde el chat, descubrí todo lo que su ropa apretada llevaba semanas escondiéndome.