La vecina que me sorprendió mirándola desde la terraza
Me agaché tras la rendija de la ventana, convencido de que nadie me veía. Hasta que ella giró la cabeza y clavó los ojos justo donde yo estaba escondido.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Me agaché tras la rendija de la ventana, convencido de que nadie me veía. Hasta que ella giró la cabeza y clavó los ojos justo donde yo estaba escondido.
No pensaba irme lejos. Mientras ella creía que estaba a kilómetros, yo miraba cada gesto suyo en la pantalla del teléfono, a dos cuadras de casa.
Me gusta estar sin ropa en casa, pero esa tarde dejé las cortinas abiertas a propósito: sabía que alguien podía verme desde enfrente, y eso era justo lo que buscaba.
Cuando le escribí «hacé lo tuyo», ella supo exactamente qué hacer con el desconocido que golpearía la puerta a las seis y media de la tarde.
Bastó subirle la falda en lo alto del laberinto para que las cámaras de los desconocidos dejaran de apuntar a las ruinas y empezaran a seguirla solo a ella.
Llevaba meses viéndolo escribir en la misma mesa, mirándome de reojo. Hasta que olvidó una hoja y descubrí, palabra por palabra, lo que imaginaba conmigo.
Esa noche me desperté con sed y encontré la puerta entreabierta. Lo que vi al otro lado del pasillo me dejó clavado, sin atreverme a respirar.
Pensé que estaban todos dormidos, pero al final del pasillo a oscuras había una escena que me clavó al piso y de la que no pude apartar la vista.
No teníamos traje de baño ni toallas, solo vapor y una puerta que se abrió cuando ya estábamos desnudos. Lo que pasó después no lo planeamos.
El vestido rojo apenas me cubría al entrar a esa habitación; no imaginé que unos ojos al otro lado del cristal seguirían cada uno de mis movimientos.
Pegué la nota a la nevera y supe que esa noche no íbamos a cenar como siempre. Lo que no imaginé fue hasta dónde dejaría que llegaran las miradas de otro.
Nunca había usado una tanga, pero esa tarde decidí estrenarla en el rincón más concurrido del mercado, justo donde nadie podía dejar de mirarme.
Encendí ese teléfono solo para borrarlo antes de regalarlo. Lo que encontré dentro me dejó vigilando una intimidad que ya no era mía.
Creían que la cala estaba vacía. Yo seguía detrás de la roca, sin respirar, mirando cómo ella se movía sobre él mientras el cielo se volvía naranja.
Tres semanas mirando antes de entender que ella también miraba. Esa noche giró la cabeza, sonrió al cristal, y supe que llevaba meses esperándome.
Cada tarde nos escondíamos detrás de la buganvilia para verla bailar con él. Esa siesta mi amigo no vino, y lo que pasó del otro lado del vidrio lo terminé grabando con el celular.
Iba casi cada tarde a leer al café, hasta que ella se sentó frente a mí y, entre risas, dejó caer que lo que tenía bajo los vaqueros no era lo que yo imaginaba.
Abrí las cortinas a las dos de la tarde con el pelo todavía mojado y pensé que nadie en mi pueblo se atrevería a mirar hacia mi ventana al mediodía.
Acomodé el celular escondido detrás de un libro y abrí la cámara. Sebastián no sospechó que dos pares de ojos más miraban cómo me quitaba la ropa frente a él.
Marcos me pidió que estuviera preciosa para cuando volviera a casa. Mientras Carla me peinaba, recordé todo lo que hice para ser suya, y lo que aún estaba dispuesta a entregar.