Fui al gimnasio sin sostén para que me miraran
La blusa se me había pegado al cuerpo y los pezones marcaban a través de la tela. Sabía exactamente lo que estaba haciendo y por qué seguía acelerando la cinta.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
La blusa se me había pegado al cuerpo y los pezones marcaban a través de la tela. Sabía exactamente lo que estaba haciendo y por qué seguía acelerando la cinta.
Llevábamos treinta y cinco años casados y la pasión era un recuerdo lejano, hasta aquella tarde de junio en la cala desierta en la que ya nadie pudo apartar la mirada.
Tengo una cuenta de Facebook anónima para exhibirme a desconocidos. Cuando me llegó la solicitud del compañero de mi pareja, dudé tres días antes de aceptar.
Apoyó los codos sobre la mesada, levantó la cola sin girarse y siguió leyendo en voz alta. Detrás, su novio se bajaba el pantalón sin hacer ruido.
Cuando Camila se inclinó sobre mi oído para decirme que la chica ya estaba en casa y nos miraba desde el pasillo, pensé que se detendría. Hizo justo lo contrario.
Bajé envuelta solo en una toalla y, al llegar al penúltimo escalón, descubrí que la sala estaba llena de gente que ya me había visto entera por la pantalla.
En el pasillo del aceite ella se inclinó dos segundos de más. El tipo del fondo soltó la lista de compras. Nadie sospechó del juego que llevábamos años perfeccionando.
Lucía era la más recatada del grupo del cole. Esa noche la vi entrar al cumpleaños con minifalda y entendí que la chica de las misas dominicales ya no estaba.
Bajé del coche con el abrigo abierto, sin nada debajo, y desde la otra acera empezaron a señalarme. Mi esposo me miraba desde lejos, esperando a ver cuál elegiría.
Nadie en la familia imaginaba lo que pasaba entre Lucía y yo cuando se apagaban las luces y nos perdíamos un fin de semana en cualquier hotel del centro.
Revisé las cámaras de la terraza y descubrí que la hija de mi vecina llevaba semanas espiándonos en silencio detrás de las cortinas.
Cuando me dijo que me pusiera el vestido corto y los tacones, supe que esa noche no íbamos solo a cenar. Íbamos a un sitio del que solo habíamos hablado en susurros.
Subí al vagón a las cuatro en punto sin conocer su rostro, solo con la promesa de que la señora del anuncio me mostraría todo lo que quisiera ver.
Llevábamos años con un juego inofensivo: exhibirla un poco más de la cuenta. Nunca imaginé que un vagón lleno de gente nos haría cruzar todas las líneas que jurábamos no cruzar.
El fin de semana de pesca se canceló. Volví a la cama justo cuando escuché unos gemidos del otro lado del pasillo y todo lo que creía saber sobre mi hermana se derrumbó.
Pensaba estudiar tranquila para el examen del jueves. Pero un sonido detrás de la puerta entornada del estudio de papá me clavó al pasillo.
Cuando descubrí al vecino asomado tras la medianera, no me cubrí. Bajé el corpiño bajo la ducha del patio y dejé que viera todo lo que quisiera.
Bajé la luz del salón para que ella no me viera, pero cuando la sábana empezó a moverse bajo su cadera supe que esa noche no iba a dormir.
Bajé por agua a las dos de la madrugada y la luz azul del televisor me detuvo en seco. Mi hijo estaba en el sofá, y yo no pude apartar la mirada.
Las paredes de la casa eran demasiado finas, y aquella madrugada escuché a mi hija pedirle a su marido que fantaseara conmigo. Lo que pasó después lo cambió todo.