Vi a mi mujer entregarse a nuestra amiga del gimnasio
Llevaba años flirteando con mi mujer en cada reunión del gimnasio. Aquella noche, con el ambiente caldeado, dejó de ser un juego mientras yo lo veía todo desde el sillón.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Llevaba años flirteando con mi mujer en cada reunión del gimnasio. Aquella noche, con el ambiente caldeado, dejó de ser un juego mientras yo lo veía todo desde el sillón.
Las tijeras se le cayeron de las manos cuando le dije que esa noche quería verme bonita para un chico. No sabía aún hasta dónde llegaría.
Tres días en la playa, cinco amigas y un celular que nunca se apagó. Yo creía estar entre risas inocentes; otros lo veían como un espectáculo.
Subimos las escaleras herrumbradas y oímos los gemidos detrás de la cortina. No podía dejar de mirar, ni de sentir a mi mejor amigo pegado al hombro.
La puerta estaba entornada y por la rendija vi lo que él le hacía a ella sobre el petate. Yo era la maestra del pueblo. Yo no debía mirar. Tampoco debía tocarme.
Llevaba meses deseando a mi compañera de piso, hasta que un día encontré una actriz con su misma voz. Esa tarde, creí que tendría toda la casa para mí.
Detrás de la duna pensaba que nadie nos veía. Tenía dos dedos dentro de Sofía cuando la morena de los brackets giró la cabeza, me sonrió y empezó a caminar hacia nosotras.
Bajé la cremallera de la falda sin saber que él me observaba desde la ventana de enfrente. Lo que empezó como vergüenza se transformó en juego.
Cuando entró desnuda en su habitación, con solo la blusa puesta y aquellas caderas blancas balanceándose, comprendí que ya no podría dormir en esa casa sin pensar en ella.
Mientras yo me llevaba a su marido a la caseta del fondo, ella ya espiaba al peón desde la ventana. Cada minuto de ese fin de semana estaba planeado.
Cuando bajamos del coche, mi mujer apenas podía cerrarse el vestido y Mateo todavía olía sus bragas. Lo demás lo vi desde el marco de la puerta.
Tres margaritas, el patio lleno de invitados y la mano de Mateo deslizándose bajo mi falda antes de doblar la primera esquina. Nadie en casa sospechaba nada.
Cuando la puerta se abrió de par en par yo estaba semidesnuda sobre la camilla, con todos los pacientes de la sala de espera mirando hacia adentro.
El gemido que me despertó no era mío. Asomé el ojo por la rendija del cubículo y la vi frente al espejo, con la falda subida hasta la cintura.
Bajé al parking y mi coche no arrancó. Entonces apareció Mateo de mantenimiento con el mono abierto, y yo dejé de pensar en el fin de semana.
A las tres de la madrugada el champán seguía abriéndose y ella, sentada en el sofá, no apartaba los ojos de nosotros mientras yo te buscaba la cintura bajo el vestido.
Bajé al baño buscando a Mateo y Ricardo, y lo que encontré detrás de la puerta entreabierta me dejó clavado en el pasillo, sin aire y sin poder mirar hacia otro lado.
A las cuatro menos cinco yo estaba desnudo en el sillón, mirando la ventana de enfrente y esperando a que ella se asomara a cerrar la suya.
Cerraba la regadera para cubrirme de espuma e imaginaba que alguien me miraba desnuda desde la ventana. Así descubrí lo que me encendía por dentro.
Cuando mi madre y su amiga aparecieron sin avisar, mi novio seguía en cueros dentro del agua y yo en topless. Lo que vino después todavía me hace sonreír.