El secreto que Carla y yo guardamos en la cabaña
Carla se movía inquieta bajo las sábanas. Cuando me susurró lo que quería, supe que la noche en la cabaña no iba a terminar como yo había planeado.
Carla se movía inquieta bajo las sábanas. Cuando me susurró lo que quería, supe que la noche en la cabaña no iba a terminar como yo había planeado.
Abrí la puerta y el aire de mi casa cambió de temperatura. Daniela me había advertido por teléfono: «Es de esos hombres a los que cuesta decirles que no».
Pensé que la fiesta había terminado cuando cerré la puerta. Pero ella seguía descalza en mi sofá, con la copa apoyada en la rodilla y otra caja entre las manos.
Llevaba años fantaseando con ella en silencio. Cuando dejó caer el vestido en medio de mi salón, supe que esa noche nadie iba a dormir.
Estábamos solas frente al espejo. Yo arreglándome el labial; ella mirándome con una intensidad que ya no era amistad. Y entonces se acercó.
Cuando volvió del baño con los ojos rojos, supe que iba a abrazarla. Lo que no supe es que ese abrazo era el principio de algo que llevaba meses callando.
Cuando salí del baño y la vi maquillándose frente al espejo, supe que esa noche en la previa antes de la disco no iba a terminar bien para mí. O quizá demasiado bien.
Aquel domingo de octubre bajamos de misa empapadas por la lluvia. Entramos en su cocina a secarnos. Y allí, contra la pared, la besé como llevaba toda la vida queriendo besarla.
Lucía era la más recatada del grupo del cole. Esa noche la vi entrar al cumpleaños con minifalda y entendí que la chica de las misas dominicales ya no estaba.
Llevaba meses sin que nadie me tocara. Esa noche, borracha en su sillón, mi mejor amiga me dijo que yo era la única que le había agarrado las tetas en meses.
Siempre miré a las otras chicas en las duchas del vóley y lo llamé curiosidad. Hasta que los labios de mi mejor amiga me enseñaron la verdad esa noche.
Cuando le dije que pensaba quitarme el bikini para tomar el sol, no imaginé que ella diría que sí y que la tarde terminaría como terminó.
Cuando le pedí a mi ex un favor, pensó que quería sexo. Lo que le pedí fue mucho peor: ayudarme a destrozar el matrimonio de mi mejor amiga.
Compartíamos suite por trabajo y nada más. Hasta que una noche, en el balcón, sus rodillas tocaron las mías y entendí que ninguna de las dos quería retirarse.
En la curva donde los árboles formaban un túnel de luz, estiré la mano y la posé sobre la suya. No hubo palabras: no hacían falta para decir que sí, que quería intentarlo.
Abrí el cajón equivocado por error y descubrí que mi mejor amiga escondía cosas que yo ni siquiera sabía nombrar. Esa tarde, ella decidió explicármelas una por una.
Salimos de fiesta como siempre. Volvimos al hotel cansadas. Nunca imaginé que esa noche descubriría con otra mujer un placer que jamás había sentido con un hombre.
Mateo me hizo un gesto con la cabeza y subió las escaleras. Yo lo seguí sin pensarlo, sabiendo que su novia era mi mejor amiga y que ya nada podía detenernos.
Vomité sobre el vestido de Mariana en plena fiesta. Cuando entró a ducharse, mis pies se movieron solos por el pasillo. Y descubrí algo de mí que llevaba años escondido.
Tenía cuarenta y siete mensajes suyos cuando volví al juego, y todos terminaban con la misma captura: su avatar sentada en el banco vacío, esperándome a horas distintas.