Me desnudé para él sin que supiera que nos miraban
Acomodé el celular escondido detrás de un libro y abrí la cámara. Sebastián no sospechó que dos pares de ojos más miraban cómo me quitaba la ropa frente a él.
Acomodé el celular escondido detrás de un libro y abrí la cámara. Sebastián no sospechó que dos pares de ojos más miraban cómo me quitaba la ropa frente a él.
Siempre fantaseé con estar con otra mujer, pero nunca lo había hecho. Esa noche, en su departamento, ella me pasó las manos por las caderas y supe que no íbamos a dormir.
Lucía y Mariana solo querían entretenerse un rato delante del móvil, pero los comentarios y las donaciones de extraños las llevaron a tocarse donde nunca habían imaginado.
Esa tarde no quería hablar del clima. Quería contarme algo que había pasado hacía ocho años, en la casona vieja de su amiga Camila.
Abrí los ojos con resaca y supe que no había sido un sueño: estábamos desnudas, su pierna sobre la mía, y ella ya me miraba con esa sonrisa.
La habitación tenía una sola cama, enorme, y mi amiga de toda la vida me propuso ducharnos juntas para ganar tiempo. Lo que vino después no lo esperaba.
Su pierna se apoyó contra la mía y ninguna la corrió. El mate seguía circulando, pero las dos sabíamos que esa tarde íbamos a cruzar una línea que llevábamos años evitando.
Sentí su pie descalzo deslizarse entre mis muslos mientras terminaba el postre. Lucía siempre jugaba así en sitios públicos, pero esa mañana no iba a parar.
Beatriz se quedaba en casa cuando salía tarde del trabajo. La primera vez que mi esposa hizo horas extras, ella bajó a la cocina con una propuesta inesperada.
Compartíamos cama porque éramos las únicas que cabíamos, hasta que a las dos de la mañana me besó sin avisar y supe que mis padres dormidos no iban a parar nada.
Tenía cuarenta y cuatro años, dos hijas y un divorcio reciente cuando la chica de la casa de enfrente me miró distinto y dijo lo que yo no me atrevía a pensar.
Carolina decía que se aburría de los hombres. Pero cuando me bajé los pantalones junto a su piscina, sus ojos no se despegaron de mí ni un instante.
Cuando me escribió que necesitaba una acomodadita, me reí. Tres días después estaba subiendo a su carro con la cadera dolorida y el corazón saliéndose.
Las amigas de mi hermana llamaban a mi puerta con cualquier excusa. Lo que jamás imaginé es quién terminaría delante de ella a las tres de la madrugada.
Sofía me arrastró por el sendero sin saber que detrás del último pino había una cala diminuta, dos desconocidas sin ropa y una invitación que no íbamos a rechazar.
Mi marido seguía de viaje cuando le levanté el castigo a mi hijastra. No imaginaba que esa decisión me llevaría a mi dormitorio con dos chicas y una sed nueva.
Llegué a su casa con el corazón en la garganta. Antes del primer café ya estábamos rompiendo el hielo con insultos cariñosos sobre la mesada de la cocina.
Llevaba años flirteando con mi mujer en cada reunión del gimnasio. Aquella noche, con el ambiente caldeado, dejó de ser un juego mientras yo lo veía todo desde el sillón.
Tres días en la playa, cinco amigas y un celular que nunca se apagó. Yo creía estar entre risas inocentes; otros lo veían como un espectáculo.
Subimos las escaleras herrumbradas y oímos los gemidos detrás de la cortina. No podía dejar de mirar, ni de sentir a mi mejor amigo pegado al hombro.