La santita del colegio dejó de serlo esa noche
Lucía era la más recatada del grupo del cole. Esa noche la vi entrar al cumpleaños con minifalda y entendí que la chica de las misas dominicales ya no estaba.
Lucía era la más recatada del grupo del cole. Esa noche la vi entrar al cumpleaños con minifalda y entendí que la chica de las misas dominicales ya no estaba.
Llevaba meses sin que nadie me tocara. Esa noche, borracha en su sillón, mi mejor amiga me dijo que yo era la única que le había agarrado las tetas en meses.
Siempre miré a las otras chicas en las duchas del vóley y lo llamé curiosidad. Hasta que los labios de mi mejor amiga me enseñaron la verdad esa noche.
Cuando le dije que pensaba quitarme el bikini para tomar el sol, no imaginé que ella diría que sí y que la tarde terminaría como terminó.
Cuando le pedí a mi ex un favor, pensó que quería sexo. Lo que le pedí fue mucho peor: ayudarme a destrozar el matrimonio de mi mejor amiga.
Compartíamos suite por trabajo y nada más. Hasta que una noche, en el balcón, sus rodillas tocaron las mías y entendí que ninguna de las dos quería retirarse.
En la curva donde los árboles formaban un túnel de luz, estiré la mano y la posé sobre la suya. No hubo palabras: no hacían falta para decir que sí, que quería intentarlo.
Abrí el cajón equivocado por error y descubrí que mi mejor amiga escondía cosas que yo ni siquiera sabía nombrar. Esa tarde, ella decidió explicármelas una por una.
Salimos de fiesta como siempre. Volvimos al hotel cansadas. Nunca imaginé que esa noche descubriría con otra mujer un placer que jamás había sentido con un hombre.
Mateo me hizo un gesto con la cabeza y subió las escaleras. Yo lo seguí sin pensarlo, sabiendo que su novia era mi mejor amiga y que ya nada podía detenernos.
Vomité sobre el vestido de Mariana en plena fiesta. Cuando entró a ducharse, mis pies se movieron solos por el pasillo. Y descubrí algo de mí que llevaba años escondido.
Tenía cuarenta y siete mensajes suyos cuando volví al juego, y todos terminaban con la misma captura: su avatar sentada en el banco vacío, esperándome a horas distintas.
Entré a la cabina pensando que era una tarde más de rutina. Salí siendo otra mujer, con el sabor de un beso que no debía haber ocurrido.
Cuando aceptamos bajar del coche, no sabía que mi blusa terminaría hecha jirones, las maletas en mis manos y el resto del fin de semana sin ropa interior.
Cuando Camila tocó lo que creyó que era el control del aire, una descarga me recorrió entera y supe que mi secreto ya no era solo mío.
Sabía que era bisexual, pero no si yo le gustaba. Esa tarde me puse el short más corto y la camiseta más fina, y dejé que la duda se respondiera sola.
La conocí trotando con su husky por el parque. Tres semanas después estaba descalza en mi sofá, sin camiseta, preguntándome por los pendientes que llevaba debajo del top.
Cuando me giré en la cama, ella ya se estaba tocando con los ojos cerrados, sin saber que yo la observaba en silencio desde mi lado.
Yo bajaba a consolarla cuando lloraba. Lo que no sabía es que su llanto me llevaría a olerle el cuello, a saborear su piel y a entender que la quería de otra forma.
Estábamos desnudas, ella debajo de mí, mi cara sobre la suya, y la puerta se abrió con su madre del otro lado mirándonos sin saber qué decir.