La cena que terminó en un intercambio entre parejas
Carla rodeó la mesa despacio, se detuvo detrás de Marina y apoyó las manos sobre sus hombros. Nadie en esa cena pensaba terminar la noche como empezó.
Carla rodeó la mesa despacio, se detuvo detrás de Marina y apoyó las manos sobre sus hombros. Nadie en esa cena pensaba terminar la noche como empezó.
Estábamos despeinadas y sin maquillaje cuando Daniela me recordó aquella vez. No imaginé que, antes del anochecer, ellos nos estarían mirando desde la puerta entreabierta.
Le dije a mi marido que solo íbamos a tomar unos tragos con otra pareja. En realidad llevaba toda la semana planeando lo que terminaría pasando en ese departamento.
Llevaba tres botes de áloe vera encima y ni un centímetro de piel sin quemar cuando el novio de mi compañera entró con sus llaves y me encontró desnuda en el sofá.
Estábamos solas en la arena, desnudas y excitadas, cuando descubrí que dos jóvenes nos espiaban desde las rocas. Romina solo me preguntó si quería seguir.
Bajé a la alberca en ropa interior solo para provocarlo. No imaginé que esa misma noche terminaría suplicándole que no parara dentro de mí.
Lo que empezó como un masaje pagado en un hotelito de pueblo se convirtió en algo que mi amiga y yo juramos no contarle nunca a nadie.
Suena una balada vieja en la radio y yo dejo de escuchar la letra. Empiezo a ver otra cosa, una escena que no debería contar pero que igual te confieso.
Daniela llevaba años callando lo que sentía por su mejor amiga. Esa noche de terraza, una sola palabra —reto— le dio la excusa que jamás se había animado a buscar.
Salí de la ducha pensando que nadie nos había visto. Esa misma noche descubrí en su teléfono que alguien había grabado cada gemido desde la cabina de al lado.
Creí que iba a pasar una tarde tranquila en el chalé de Renata. No imaginé que terminaría conteniendo la respiración mientras ella le daba órdenes a Ximena.
Siempre creí que no había nada más sucio que unos pies. Esa noche, descalza y nerviosa en la cama de mi amiga, descubrí lo equivocada que estaba.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron, ya nadie fingía. Marina buscó mi mano y la guió bajo su falda mientras tú me besabas sin apartar los ojos de ellas.
La amiga de su mujer abrió las piernas frente a él, sonriendo, solo para mostrarle aquello que esa noche jamás iba a tocar.
Cuando entró y se detuvo medio segundo de más en sus pies, supe que algo en mí se había roto. Y, para mi sorpresa, no fueron celos lo primero que sentí.
El taxi avanzaba a oscuras cuando Lena sacó el pañuelo y le cubrió los ojos. Bruna confió en su mejor amiga sin imaginar adónde la llevaba esa noche.
Tres días aguantando sus caprichos fueron suficientes: esta vez Renata no pensaba dejar pasar ni una más, y Daniela estaba a punto de descubrir hasta dónde llegaba su paciencia.
Entré en casa sin hacer ruido para buscar un papel y me encontré a mi mujer con la zapatilla en la mano y a su amiga sobre el regazo, esperando el castigo.
La vi en el borde del agua comiéndose con los ojos a mi novio delante de mí. Esa noche le enseñé, atada y de rodillas en mi cuarto, cuál era su lugar.
Devolví las llaves del piso y, sin planearlo, esa semana terminó con la confesión que nunca pensé contarle a nadie: dos hombres, una amiga y una sola noche.