Mi mejor amiga me besó y ya no pudimos volver atrás
Acepté el reto sin pensarlo: besar cinco segundos a quien tuviera a mi derecha. Y a mi derecha estaba ella, la mujer que llevaba un año fingiendo no desearme.
Acepté el reto sin pensarlo: besar cinco segundos a quien tuviera a mi derecha. Y a mi derecha estaba ella, la mujer que llevaba un año fingiendo no desearme.
No nos conocías de nada, pero pasaste toda la tarde con la mano dentro del bañador, mirándonos jugar. Y nosotras lo sabíamos desde el principio.
Subieron al segundo piso con una bandeja de pasteles. Ninguna imaginó que esa tarde aprenderían cuánto deseo llevaba durmiendo entre las tres.
Cuando propuso que el que perdiera se quitara una prenda, dije que sí sin pensar. No imaginaba el reto que vendría después, ni que terminaríamos sin nada puesto.
Era la primera vez que la veía aparecer en camisón a las tres de la mañana, descalza y con esa sonrisa que pedía permiso sin pedirlo.
Bajé a media madrugada por un vaso de agua. La puerta del cuarto del fondo estaba entreabierta, y de dentro salía una luz tenue y dos risas cómplices.
Cuando me sirvió el cuarto shot y me sostuvo la mirada un segundo más de la cuenta, supe que esa madrugada íbamos a cruzar la línea que llevábamos meses esquivando.
Marisol estaba sentada en el borde de la cama con el bebé al pecho, completamente desnuda, cuando empujé la puerta. La leche le caía sola y ella no me pidió que me fuera.
Bajamos a la cocina siguiendo unos gemidos y los encontramos. Esa noche aprendí mirando lo que al día siguiente iba a animarme a probar.
Cuando me preguntó qué se sentía estar con otra mujer, le dije que iba a tener que probarlo ella misma. No esperé que se levantara y se acomodara encima.
Cuando entré a la sala de profesores, unas manos me rodearon por detrás y unos labios bajaron por mi cuello. Reconocí su perfume al instante.
Bruna se arrodilló en la ducha frente a su prima y ninguna de las mujeres del baño pudo apartar la mirada. Ni siquiera la madre, que ya tenía la mano debajo del vestido.
Bastó una fracción de segundo —una toalla resbalando, su piel mojada bajo la luz del balcón— para entender que ya no iba a poder mirarla como antes.
Cuando me dio las llaves de su apartamento y se fue a trabajar, ya sabía que esa noche íbamos a estrenar mucho más que la copa de vino que traje en la maleta.
Volvíamos al hotel a las tres de la mañana, sin haber conseguido nada con los chicos. Lo que pasó al cerrar la puerta cambió nuestra amistad para siempre.
A las tres de la mañana, fingí que la cobija me cubría los ojos. Lo que vi en mi propia sala no debería haberlo visto nunca, y aun así no aparté la mirada.
Cuando tocó el timbre con dos botellas de vino y esa sonrisa, supe que la conversación pendiente del bar por fin iba a terminar en mi sillón.
El espejo del baño quedaba justo frente a las literas. Esa madrugada descubrí por qué mi compañera lo había movido sin avisar.
Cuando la pañoleta me cubrió los ojos pensé que era un juego inocente. No lo fue. Mariela tenía otros planes y yo no quería que se detuviera.
Cuando se sentó en mi sillón con el rímel corrido y la voz temblando, supe que no íbamos a resolver lo suyo con un whisky y dos palabras de consuelo.