La luz que volvió en el peor momento
Cuando la vela se apagó pensé que era mi marido quien me tocaba. Cuando volvió la luz, entendí que todo había sido planeado mucho antes de esa noche.
Cuando la vela se apagó pensé que era mi marido quien me tocaba. Cuando volvió la luz, entendí que todo había sido planeado mucho antes de esa noche.
Diez años sin verse y bastó una cena con champán para que todo lo que había entre ellas saliera a la luz. Algunas amistades esconden algo más.
Llevaba doce años esperando que Valeria me mirara así. Esa noche por fin lo hizo, pero no de la forma que había imaginado.
Cuando abrí la puerta y la vi con esa minifalda ajustada, supe que la noche no iba a terminar como la había planeado.
Cuando sentí sus dedos en la oscuridad, lo primero que pensé fue en decirle que parara. Lo segundo fue no hacer nada de eso.
Tenía quince años y no sabía lo que veía. Ahora, con veintidós, cada recuerdo de esas tardes cobra un significado completamente diferente.
Fui a devolverle los quinientos pesos que metió en mi carpeta. No esperaba encontrarla llorando, ni quedarme hasta las seis de la mañana.
Ella entró al baño mientras yo me duchaba. Propuso compartirla para ahorrar tiempo. Lo que vino después no lo planeó ninguna de las dos.
Al abrir la puerta del dormitorio, lo último que esperaba era ver a mi novia debajo de su amiga, con las piernas abiertas y una mirada que me prohibía entrar todavía.
Cuando me propuso quedar para «comparar notas» sobre él, dije que sí sin pensar. No imaginé que el primer beso lo daríamos en el sofá del fondo de la cafetería.
Rocío me juró que era un bar normal. Cuando vi que en la cola solo había mujeres entendí que no lo era, pero ya era tarde para arrepentirme.
Tenía los dos brazos enyesados y dos meses por delante sin poder tocarse. Cuando me lo dijo, supe que esa visita al hospital no sería como las otras.
Cuando giraron la botella por décima vez, ya no quedaba ropa que quitarse ni tabúes que sostener. Solo manos buscándose en la penumbra del chalet.
Cuando Sebastián entró a mi departamento, pensó que era el rey de la noche. No imaginaba que en mi cartera había algo que iba a invertir los roles antes del amanecer.
Se metió en su cama con la mano todavía oliendo a otro y le pidió al oído todos los detalles. Micaela ya estaba mojada antes de abrir la boca.
Nos sentamos frente a frente con un martini cada una. Una regla: vernos, hablarnos, olernos. Tocar, prohibido. Y ella tenía un cubito de hielo en la mano.
Ella tenía novio. Era hetero, decía. Y aun así, esa tarde en la piscina del hotel, su pie buscó el mío bajo el agua y yo no lo aparté.
Llevábamos años siendo amigas y nunca le había faltado al respeto. Esa madrugada, después de demasiado tequila, me besó en su cama mientras su marido dormía a los pies.
Me desperté con su mano sobre la mía, pasándola por su pecho. Ella creía que yo seguía dormida; yo decidí, en ese instante, dejarla seguir.
Cuando le pedí que me lo contara otra vez, sus ojos se cerraron, su voz bajó hasta convertirse en un susurro mojado contra mi cuello, y supe que aún la quemaba por dentro.