Aprendí mi primera vez espiando en la cocina
Bajamos a la cocina siguiendo unos gemidos y los encontramos. Esa noche aprendí mirando lo que al día siguiente iba a animarme a probar.
Bajamos a la cocina siguiendo unos gemidos y los encontramos. Esa noche aprendí mirando lo que al día siguiente iba a animarme a probar.
Cuando me preguntó qué se sentía estar con otra mujer, le dije que iba a tener que probarlo ella misma. No esperé que se levantara y se acomodara encima.
Cuando entré a la sala de profesores, unas manos me rodearon por detrás y unos labios bajaron por mi cuello. Reconocí su perfume al instante.
Bruna se arrodilló en la ducha frente a su prima y ninguna de las mujeres del baño pudo apartar la mirada. Ni siquiera la madre, que ya tenía la mano debajo del vestido.
Bastó una fracción de segundo —una toalla resbalando, su piel mojada bajo la luz del balcón— para entender que ya no iba a poder mirarla como antes.
Cuando me dio las llaves de su apartamento y se fue a trabajar, ya sabía que esa noche íbamos a estrenar mucho más que la copa de vino que traje en la maleta.
Volvíamos al hotel a las tres de la mañana, sin haber conseguido nada con los chicos. Lo que pasó al cerrar la puerta cambió nuestra amistad para siempre.
A las tres de la mañana, fingí que la cobija me cubría los ojos. Lo que vi en mi propia sala no debería haberlo visto nunca, y aun así no aparté la mirada.
Cuando tocó el timbre con dos botellas de vino y esa sonrisa, supe que la conversación pendiente del bar por fin iba a terminar en mi sillón.
El espejo del baño quedaba justo frente a las literas. Esa madrugada descubrí por qué mi compañera lo había movido sin avisar.
Cuando la pañoleta me cubrió los ojos pensé que era un juego inocente. No lo fue. Mariela tenía otros planes y yo no quería que se detuviera.
Cuando se sentó en mi sillón con el rímel corrido y la voz temblando, supe que no íbamos a resolver lo suyo con un whisky y dos palabras de consuelo.
Frente al espejo del hotel, ese bikini no me quedaba bien. Nada me quedaba bien desde que decidieron qué clase de cuerpo merecía tener.
Cuando me quité el sujetador del bikini delante de Carolina, su cara cambió. Y entonces supe que esa tarde no iba a salir de la playa siendo solo su amiga.
Crucé esa puerta convencida de que las mujeres no eran lo mío. Salí dos horas después sabiendo que esa frase era la mentira más grande que me había dicho.
Empezó como una broma viendo vídeos en la cama. Terminó con las dos dobladas sobre el colchón, intentando algo que jamás creímos posible.
La caja escondida bajo el árbol no era para mí. Era para ella, y cuando me pidió que le enseñara a usarla, supe que la noche ya no iba a parecerse en nada a la que habíamos planeado.
Dudé un par de segundos, pero las copas ya habían hablado por mí. Me quité el vestido, me senté en el sofá y dejé que el resto se acomodara en el suelo para mirar.
Su madre nos vio jugando en la cama y, en lugar de gritar, me sonrió. Esa misma noche entendí que en esa casa nada era inocente, y yo tampoco quería serlo.
Apagué la luz y, al acomodarme, sentí un bulto bajo las sábanas: era el short que le había prestado. Lo acerqué a la cara sin pensar y mi cuerpo entendió antes que mi cabeza.