Lo que no entendí de mamá y su mejor amiga
Tenía quince años cuando las sorprendí la primera vez. Hoy, con veintidós, ya no puedo mirar esos recuerdos de la misma manera.
Tenía quince años cuando las sorprendí la primera vez. Hoy, con veintidós, ya no puedo mirar esos recuerdos de la misma manera.
Era el novio de mi mejor amiga: guapo, tímido, religioso. Demasiado perfecto para que yo no hiciera algo al respecto.
Salimos a las tres de la mañana con la excusa de bailar. Valentina iba tensa, como si no terminara de creer que algo podía pasar. Yo sabía que sí.
La primera vez tenía quince años. Llegué antes a casa y encontré a las dos en el cuarto. Sandra boca abajo en la cama, mamá masajeándole la espalda. Las dos reían bajito.
Habíamos ido a ese departamento diciéndonos que solo íbamos a tomar algo. Para cuando apareció el mazo de póker, ya era demasiado tarde para ser honesta conmigo misma.
Cuando Sofía apoyó el cuerpo en la silla y vi cómo se le torció la cara de dolor, supe que la gripe era mentira y que lo ocurrido era mucho peor de lo que imaginaba.
Llegó mirando el suelo, abrochada hasta el cuello. Fue ella quien dio las instrucciones en cuanto cerraron la puerta del cuarto seis.
Entró al aula caminando despacio, con la cara pálida y un gesto de dolor al sentarse que no podía disimular. Tardé días en sacarle la verdad.
Yo ya había probado cómo se sentía perder el control con un desconocido. Ella, sentada en el balcón con una cerveza, me miraba como si me envidiara cada detalle.
Cuando Bruno sacó las cartas sobre la mesa ratona, yo no imaginaba que esa partida iba a terminar con nosotros cuatro tirados sobre la alfombra del living.
La cremallera de la tienda se abrió y aparecieron dos cabezas. Vieron a dos chicas desnudas y apenas pestañearon. Era esa clase de festival.
Sus dedos en mis nalgas me despertaron a medianoche. Podría haberla detenido, pero no quise. Lo que pasó esa noche entre nosotras no tiene nombre.
La voz de Daniela narraba lo del vestuario mientras, a su alrededor, los cuerpos de sus amigas se enredaban sin vergüenza ni límites.
Mientras Natalia la hacía gemir, Lorena contó todo: el video de su marido, la venganza en el vestuario y la primera vez que probó el sexo lésbico.
Cuando nos arrodillamos las dos sobre la alfombra, ya no era por la apuesta. Fue la primera vez que supe lo que quería hacer con mi cuerpo.
Cuando le dije que se dejara llevar, no imaginé que esa noche Valeria iba a convertirse en la protagonista más inesperada de toda la reunión.
Vine a pasar la noche en su departamento y terminé desnuda en el sofá mientras su mejor amiga nos miraba desde el sillón, sin moverse y sin decir una sola palabra.
Rodrigo no la echó cuando se quedó la última. Sofía tampoco quiso pedírselo. Los tres lo sabían, sin decirlo, desde que se cerraron las puertas del salón.
Cuatro copas de vino y Rodrigo empezó a hablar. Lo que salió de su boca esa noche cambió las reglas entre ellos para siempre.
Cuando lo vi salir entre los aplausos, supe exactamente lo que quería. No sabía que iba a hacerlo delante de treinta mujeres que no conocía.