La noche que mis tres amigas y yo cruzamos el límite
La discoteca cerró a las dos y ninguna quería irse a dormir. Pedimos la habitación con jacuzzi, dos botellas más y lanzamos una idea que lo cambió todo.
La discoteca cerró a las dos y ninguna quería irse a dormir. Pedimos la habitación con jacuzzi, dos botellas más y lanzamos una idea que lo cambió todo.
Siempre la había deseado en silencio, escuchándola desde mi cuarto. Esa madrugada, con dos copas de más, dejé de pretender que solo era curiosidad.
Creía que yo seguía dormida mientras ella se tocaba en el suelo, junto a mi cama. No me moví. No quería que parara, todavía no.
Entré al baño del bar buscando un momento de calma y la encontré a ella, con los ojos cerrados y las piernas abiertas, sin la menor intención de detenerse cuando me vio.
Cuando se echó a llorar en mi hombro y confesó que su marido ya no la tocaba, supe que esa tarde el masaje iba a terminar de una manera muy distinta.
Llevábamos meses desayunando juntas después de dejar a los niños. Esa mañana la noté distinta, y lo que me escribió en el móvil lo cambió todo entre nosotras.
Hacía más de diez años que no la veía. La encontré frente a la estantería de los consoladores y, sin pensarlo, le ofrecí mi número.
Tenía un vestido rojo demasiado ajustado y cuarenta y dos años recién cumplidos cuando aquella rubia apoyó la mano en mi cintura y me apretó contra ella.
Dijo entre risas que le gustaba dormir de cucharita, pegó su cuerpo al mío y, en la oscuridad de esa habitación prestada, entendí que no era ningún juego.
Compartían la misma clase tres días a la semana y se miraban a escondidas. Hasta que una de ellas decidió que ya estaba cansada de fingir que no pasaba nada.
Desde los quince guardé en silencio las ganas de besarla. Ahora, sentada frente a mí con esa sonrisa de siempre, no pensaba dejar pasar la oportunidad otra vez.
Sentí una mano en la cadera y una boca en la oreja: «Hueles increíble». Cuando me di la vuelta, era ella, la chica con la que mi amiga había venido a coquetear.
Quedamos las tres el último jueves de diciembre, con la excusa de despedir el año. Ninguna mencionó en voz alta lo que de verdad íbamos a hacer.
Carla no podía quitarle los ojos de encima mientras ella entrenaba. Cada gota de sudor en su espalda encendía algo que jamás había sentido por otra mujer.
La seguí en redes para vengarme de mi ex, pero terminé deseándola a ella. Meses después la vi entre la gente y supe que esta vez no la dejaría ir.
Seis años fingiendo que no pasaba nada cada vez que se rozaban. Esa noche, con la ciudad dormida, ninguna de las dos quiso seguir fingiendo.
Renata me untaba la loción bronceadora sobre los pechos cuando me preguntó si alguna vez había tenido una amante. Me sonrojé como una cría. Le dije que no.
Nunca había pensado en Nora de esa manera, hasta que se rozó contra mí en el bar y entendí, por su sonrisa, que ella llevaba mucho tiempo pensándolo.
Mara le cubrió los ojos y le pidió silencio. Lo que su mejor amiga hizo después con la lengua cruzó para siempre la frontera de lo que eran.
Cuando me confesó el favor que quería pedirme, pensé que bromeaba. Su mejor amiga estaba rota, y Lorena había decidido que yo era la cura.