La apuesta de dos amigas terminó en una noche de cuatro
En la cafetería se lanzaron un desafío entre risas: cada una elegiría a un hombre esa misma tarde. Ninguna imaginó que la apuesta acabaría en la misma cama.
En la cafetería se lanzaron un desafío entre risas: cada una elegiría a un hombre esa misma tarde. Ninguna imaginó que la apuesta acabaría en la misma cama.
Volvíamos a vernos un año después de aquel viaje, y esta vez Marina traía a un invitado que no sabía nada de lo que íbamos a hacer en esa casa junto al lago.
Nos quedamos dormidas desnudas al sol, y cuando abrimos los ojos cuatro pares de ojos jóvenes nos miraban desde el borde de la pileta.
Nunca me habían dado un masaje solo en los pechos, y mucho menos con mis cuatro amigas mirando desde el borde de la piscina, esperando su turno.
En el coche solo llegaba la luz de una farola lejana y una desconocida que me agarró del culo apenas cerré la puerta. La noche todavía no había empezado de verdad.
Éramos cinco y él era uno solo, pero ninguna salió de aquella casa sin gritar su nombre al menos dos veces aquel fin de semana de calor.
Yo solo iba de acompañante, lo juro. Pero cuando los dos entraron en la terraza, idénticos y sonriendo igual, supe que esa noche no me iba a portar bien.
Vino a comprarme el libro y se sentó en mi regazo dándome la espalda. «Léelo despacio, en voz alta», le pedí, mientras mis dedos empezaban a bajar por su vientre.
Cada vez que Noa apartaba la mirada, Marina la observaba en silencio, convenciéndose de que mirar las piernas de su mejor amiga no significaba nada.
Aceptó seguirla con el coche sin saber muy bien por qué. Solo sabía que, mientras conducía detrás de ella, algo se encendía dentro de su cuerpo.
Cuando Mariela tomó el micrófono y dijo que el local quedaba cerrado para nosotras solas, entendí que esa noche ninguna iba a volver a casa siendo la misma.
Cada mañana la miraba salir de la cocina con el camisón pegado al cuerpo y se conformaba con migajas. Hasta que el cafetal las dejó solas todo el día.
Podía oír sus risas a través de la pared. Me acerqué a la puerta entornada y lo que vi me cortó la respiración: mis dos mejores amigas, medio desnudas, mirándose.
Hicimos fila para los toboganes toda la mañana, pero fue en el agua, con su mano deslizándose por mi cintura, cuando entendí lo que de verdad quería de mí.
Cerró la puerta con llave y se la guardó en el bolsillo. —A partir de ahora haces lo que yo diga —susurró, y una parte de mí, cansada de decidir, quiso obedecer.
Subí los pies a su regazo sin pensarlo, como tantas otras noches. Pero esa vez Daniela me miró distinto, y supe que ya no había marcha atrás.
Tenía cuarenta y tantos, marido y dos hijos, y jamás había mirado a otra mujer. Esa noche, apoyada en la barra de un pub, todo lo que creía saber de mí se vino abajo.
Bajé por mi chaqueta para irme sin molestar. Entonces vi la mano de Daniela perdida bajo la ropa de Paula, y mis pies se negaron a moverse de aquella puerta.
Cuando le inmovilicé la cabeza entre mis muslos esperaba que se resistiera. En vez de eso, sentí su aliento caliente contra mi ropa interior y un gemido bajo.
Yo no conocía a nadie en esa cena de chicas, hasta que ella entró por la puerta y nuestras miradas se quedaron pegadas por encima de los platos.