La madura del café me eligió un viernes cualquiera
Esperaba mi turno en la cafetería cuando ella me miró sin prisa, como quien ya ha tomado una decisión y solo espera a que el otro se dé cuenta.
Esperaba mi turno en la cafetería cuando ella me miró sin prisa, como quien ya ha tomado una decisión y solo espera a que el otro se dé cuenta.
Cada golpe sobre su piel la encendía más, y Renata no supo si lo peor era entregarse o descubrir que alguien la observaba desde lo alto de la escalera.
Esa tarde crucé la puerta del ciber con tacones que apenas dominaba y una certeza nueva: ya no iba a pagar por las cabinas, iba a pagar con mi cuerpo.
Era nuevo, tímido y educado. No imaginó que esa tarde, cuando todos se fueron de la oficina, una sola orden mía bastaría para ponerlo de rodillas.
El ruido venía del gimnasio. Samanta pensó en ladrones; lo que vio detrás de la puerta entreabierta la dejó sin aire y cambió lo que sentía por su madre.
De día imponía respeto con la placa; de noche se arrodillaba en su propio dormitorio y dejaba que un anciano la reclamara como suya.
Eran las siete de la mañana, todavía me zumbaban los oídos por la música, y al abrir la puerta del piso entendí que esos gemidos no venían de ningún vídeo.
Cuando la noté endurecerse contra mi muslo, supe que esa noche iba a cruzar una línea que ni siquiera sabía que existía dentro de mí.
La sala estaba casi vacía cuando ella eligió sentarse a una butaca de distancia. No miraba la pantalla: me miraba a mí, y quería que yo lo notara.
A los cincuenta y cinco años creía que el deseo era cosa del pasado, hasta que el marido de mi hija me miró de un modo que el mío había olvidado.
Llevaba años sin verlo, pero cuando abrí la puerta a medianoche y sentí sus manos firmes en mi cintura entendí que mi padrino ya no me miraba como antes.
Lo decidí la noche anterior, mientras él dormía: a la mañana siguiente empezaría, sola, una rutina que llevaba años imaginando y que nunca me había atrevido a sostener.
Cuando me abrió la puerta con aquella bata colorada, supe que el verano no había terminado: todavía nos quedaba una cuenta pendiente entre las sábanas.
Llamo a su puerta vestida de encaje y dejo de ser yo. Soy Carla, y mi vecino sabe exactamente qué hacer con todo lo que le ofrezco.
Cuando Sofía me susurró al oído que esa noche no estaríamos solas, sentí un escalofrío que no supe si era miedo o ganas. El desconocido ya subía las escaleras.
Llegué tarde al hotel, hambriento y harto de carretera. No imaginaba que esa noche terminaría en la habitación 205, repartiéndome a la camarera con mi compañero.
Soy ciega y esa noche nadie sabía mi nombre. Hasta que un desconocido me tomó de la mano para cruzar la avenida y todo cambió.
Tres meses después de la separación, Mariela apareció en mi puerta con la misma sonrisa de siempre. Lo que no esperaba era lo que estaba dispuesta a dejarme hacer esa mañana.
La primera vez que lo desnudó para el baño, Amparo descubrió que la carne más frágil aún guardaba un fuego capaz de incendiar todos sus votos.
Llevo meses bajo llave, sin derecho a tocarme. Esa noche ella me sentó en el suelo y me ordenó mirar cómo otro hombre la hacía gozar como yo nunca pude.