Lo que mis primas y yo callamos ese verano
Valeria se sentó entre Matías y yo sin pedir permiso. Cuando giró la cara hacia mí con esa sonrisa, entendí que llevábamos años evitando lo inevitable.
Valeria se sentó entre Matías y yo sin pedir permiso. Cuando giró la cara hacia mí con esa sonrisa, entendí que llevábamos años evitando lo inevitable.
Marcos la controlaba desde su mesa, un dedo sobre la app y los ojos fijos en ella. Cada vez que pulsaba el botón, Clara tenía que morderse el labio para no gemir.
Había esperado meses para ese sábado. Tacos altos, lencería de encaje, la quinta para mí sola. Nadie debía verme. Entonces llegó Roberto desde la quinta de enfrente.
Salí del apartamento con mi hijo mayor convencida de que era la decisión correcta. La cámara ya estaba puesta. Solo quedaba esperar y mirar.
Solo en casa, con un tanga puesto y los labios pintados de rojo, me miré en el espejo y no sentí vergüenza. Sentí algo mucho más interesante.
Llevaba cuatro días con mala suerte hasta que entró en un bar junto al mar y la vio sentada sola, con esas curvas que decían más de lo que ella sabía.
Cuando Diego me quitó la blazer frente a Malik, sus ojos oscuros fueron directos a mi escote. Supe al instante que esa noche no iba a decepcionar.
Era hija de una prima de mi padre y al principio fue solo un saludo por las redes. Hasta la noche del cumpleaños de la abuela, cuando me llevó a un hotel discreto.
Crucé la puerta del chalet esperando una charla familiar y, al fondo del salón, mi cuñado me esperaba sin camiseta con una sonrisa que nunca le había visto.
Cuando subimos a su hermano a la cama, ya no se movía. Camila empezó a quitarle los zapatos, después el cinturón, después algo más.
Apareció en la puerta sin avisar, con cara de pelea y una botella bajo el brazo. A las tres de la madrugada nada de lo que sabía sobre él era cierto.
Cuando se abrió la pantalla, mi cuñada recibía a sus dos parientes en el salón con una sonrisa que jamás le había visto en los almuerzos del domingo.
Cuando mi marido cruzó la puerta con la maleta, dejé caer la bata en el pasillo y entré desnuda en la habitación de mi hijo.
Mi mujer estaba de viaje y mi suegra entró a traerme el desayuno a la cama. Yo seguía desnudo y con una erección imposible de disimular.
Esa madrugada bajé por agua y los vi por la rendija. A la mañana siguiente, mi cuñada subió con dos tintos y una sonrisa que no era inocente.
Aparecí desnuda en el salón sin avisar. Ellos levantaron la vista del televisor y supieron, antes de que yo dijera nada, que aquella tarde no se iba a parecer a ninguna otra.
Era mi hijo, había vuelto la noche anterior. A las siete de la mañana entré al baño sin pensar y lo encontré frente al espejo, sin nada encima.
Le había pedido a mi padre una sola cosa: que se quedara sentado y mirara. No imaginé que él tampoco podría dejar de mirarme cuando el cliente entrara.
Llegué con la camiseta pegada al cuerpo por el calor y ella abrió la puerta con esa sonrisa que llevaba años fingiendo no tener.
Toqué el dulce con la cuchara y se la pasé en la falda. Empezó a comer mirándome y supe, en el segundo lametón, que esa tarde nadie iba a estudiar.