Lo crucé de nuevo dos años después de aquel viaje
Reconocí su cara en el semáforo y supe que esa semana de trabajo no terminaría como las demás. Solo me faltaba una excusa para tocar su puerta de noche.
Reconocí su cara en el semáforo y supe que esa semana de trabajo no terminaría como las demás. Solo me faltaba una excusa para tocar su puerta de noche.
Él hablaba de ella con un orgullo extraño, como quien enseña algo que quiere que le envidien. Tardé media tarde en entender qué buscaba realmente ese hombre.
Le prometí a Marcos que cuidaría de su madre mientras él estaba lejos. Lo que no le conté fue lo que pasó la tarde que ella se ofreció a cocinar en mi casa.
La cama me queda enorme esta tarde de domingo. Cierro los ojos, abro las piernas y dejo que él aparezca: el hombre que todavía no conozco pero que ya me posee.
Esa mañana desperté con una idea fija en la cabeza, y por primera vez no la aparté. Lo que hice a solas todavía me cuesta confesarlo en voz alta.
Entre correo y correo, con la puerta cerrada y el cronómetro en marcha, llevo años perfeccionando una rutina que jamás le he contado a nadie. Hasta hoy.
Bailaba el tango como si quisiera demostrarme algo. Cuando me deslizó el número de su habitación en la mano, supe que esa noche no iba a poder dormir.
Crucé el rellano para ver a la mujer que me había desvirgado, pero ese día el edificio entero parecía decidido a darme una lección que no olvidaría.
No recordaba su nombre ni su cara, pero en cuanto dijo «tengo casa con piscina» supe perfectamente cómo iba a terminar esa noche.
Cuando ella saltó sobre mí en la madrugada del primero de enero, creí que esa sería toda la historia. No sabía que el secreto que guardaba iba a cambiarlo todo entre nosotros.
Aparcó frente al edificio, se miró en el retrovisor y no reconoció a la mujer que devolvía la mirada. Esa noche había decidido dejar de ser la esposa perfecta.
Bajo el hábito de monja escondía medias de rejilla y una verdad que solo sale de noche: a veces necesito vestirme de mujer y que alguien me trate como tal.
Cuando se quitó el pantalón en el probador, ella tuvo que apartarse de la cortina para que no la oyera contener el aliento.
Cuando me abrió con esa lencería negra y esa sonrisa fría, entendí que esa noche no habría charla: solo órdenes, y yo estaba dispuesto a obedecer cada una.
Acepté ayudarlo a ordenar su casa nueva por pena. No imaginé que cada apuesta me dejaría con menos ropa y más ganas de perder la siguiente.
Salí del local colgada de su brazo, mareada y sin sujetador, convencida de que solo me acompañaba a casa. Esa noche perdí la cuenta de las cosas que dejé pasar.
Siempre tomé sus comentarios como una broma de oficina, hasta la noche en que cerré la maleta, me maquillé frente al espejo y toqué a su puerta.
Me tiré en la cama rodeada de ellos, con cara de hambrienta, y supe que esa noche iba a romper mi propio récord. No imaginé hasta dónde llegaríamos.
Llevaba años imaginándolo desde el otro lado de la pared. Esa noche, sola en la casa de mi tía, fue él quien tocó el timbre.
Esperaba mi turno en la cafetería cuando ella me miró sin prisa, como quien ya ha tomado una decisión y solo espera a que el otro se dé cuenta.