Mientras mi esposa rezaba, yo estaba con la veterinaria
Llevaba meses durmiendo al lado de una mujer que rezaba en vez de tocarlo. Entonces entró al consultorio de la veterinaria, y ella cerró la puerta con llave.
Llevaba meses durmiendo al lado de una mujer que rezaba en vez de tocarlo. Entonces entró al consultorio de la veterinaria, y ella cerró la puerta con llave.
Llevaba meses sin que su marido la tocara. Esa noche, en la discoteca, vi un pequeño lazo rojo colgado de su blusa y entendí exactamente lo que significaba.
Lo esperaba con las maletas hechas para dejarlo. Pero cuando empezó a contarme lo que pasó con ella, descubrí que mi cuerpo reaccionaba distinto a mi orgullo.
Tenía el presupuesto justo y mi novio me ofreció la casa de su tía. Lo que no sabía era que su primo iba a convertir esa semana en algo que jamás le conté.
Recibí su mensaje a las diez de la mañana y supe que esa tarde, con la casa vacía, le concedería justo aquello que su novia jamás le permitiría.
Bajó de las gradas vacías con un vestido rojo que no dejaba nada a la imaginación. El entrenador todavía no sabía que esa tarde lo cambiaría todo.
Salí mojado de la ducha pensando que era mi madre quien tocaba el timbre. Pero al abrir la puerta estaba ella, la única mujer que nunca pude sacarme de la cabeza.
Lo encontré medio desnudo en la penumbra de la cocina y su mirada recorrió mi camisón. En ese instante supe que ya no habría vuelta atrás.
La víspera de mi boda me preparé a solas en la suite del hotel. Lo que no sabía mi futuro marido es para quién me estaba preparando en realidad.
Se apoyó en el borde del escritorio, se abrió la chaqueta y dijo con voz ronca: «Ahora puedes salir de dudas». Y supe que esa tarde no terminaría en la oficina.
Mi novia llevaba una semana fuera de la ciudad y yo solo pensaba en una cosa: escribirle a Mariana y citarla en el café de siempre para jugar un rato.
Le dije a Andrés que la terapia me ayudaba a aclarar la mente. No le conté que cada sesión me dejaba el cuerpo temblando y la conciencia partida en dos.
Nunca me atreví a decírselo. Pero esa tarde, mientras ella tomaba café con sus amigas, escribí las dos palabras que lo desataron todo: «pero acepta».
Cada excusa que le daba a mi prometido era más elaborada que la anterior. Salía de aquel despacho temblando, dolorida y con una sonrisa que no sabía esconder.
Subí los catorce escalones con el frío pegado a la ropa y el secreto pegado a la piel: nadie en el edificio imaginaba lo que pasaba un piso más abajo.
Acepté la terapia para entender mi cuerpo antes de casarme. Nadie me avisó que terminaría suplicando que el hombre equivocado no parara.
La tenía catalogada como inaccesible: la directora altiva que paralizaba mi hipoteca. Hasta que la vi entrar al club del brazo de su marido, dispuesta a todo.
Mientras él guarda las fichas de dominó y se marcha al club, ella ya tiene el cuerpo encendido pensando en lo que la espera en ese piso de estudiantes.
Abrí la puerta a medio vestir, con el pelo revuelto y la cama todavía tibia. Él miró el cesto de mi ropa íntima antes de mirarme a mí, y yo no me molesté en taparme.
Seguía repitiéndome que era solo parte de la terapia, que no era nada personal. Pero con el semen de otro hombre resbalando por mis muslos, ya no me creía ni una palabra.