Lo que mi novia ignora cuando salgo los jueves
Ella me espera dormida en casa cuando salgo a verlo. Llevo meses así, con la sensación de que mi cuerpo no me pertenece del todo cuando estoy con ella.
Ella me espera dormida en casa cuando salgo a verlo. Llevo meses así, con la sensación de que mi cuerpo no me pertenece del todo cuando estoy con ella.
Bajo la luna, desnuda sobre la manta, le conté con lujo de detalle cómo llegué a la cama de mi padre. Su verga volvió a endurecerse mientras yo hablaba.
Aquella tarde en la mansión, mis padres me dieron a elegir entre mis privilegios y una fantasía que jamás imaginé pagar con mi propio cuerpo.
Estaba desnuda en el balcón, fumando frente al mar, cuando vi al desconocido en el banco de enfrente. Y en lugar de cubrirme, decidí dejar que mirara.
Cuando volví a mi cuarto, ella estaba a cuatro patas sobre la cama, en la misma postura, con la sábana cubriéndole la cabeza. Mi muñeca había desaparecido.
Cuando entré al salón, él ya tenía la orden lista: yo debía seducir a Daniela antes de que él la abordara. La pantalla del cuarto de invitados estaría encendida.
Llegué a casa de Carolina con un secreto ya consumado entre los setos del jardín. Lo que vino después convirtió la fiesta en algo difícil de contar.
Sus pechos rozaban mi hombro mientras me servía el segundo vodka. Era mi cuñada, pero esa noche dejó de comportarse como tal y yo dejé de fingir que no quería más.
Llegó a mi departamento con la mejilla todavía morada. Esa misma noche entró al baño envuelta en una toalla y la dejó caer al verme.
La bata apenas le cubría las piernas cuando se acercó al sillón. Tobías ya no fingía dormir y a mí se me notaba todo lo que llevaba meses callando.
Cuando bajé al living encontré a mi mujer comiéndole el pico a mi sobrino. Después supe que ellas ya tenían el plan armado y yo era el único que no sabía nada.
Llevaba quince años deseando a Marta. Aquella noche, en la puerta de su dormitorio, descubrí que ella sabía exactamente qué precio estaba dispuesto a pagar.
Pegué la oreja a la puerta y después corrí al estudio del abuelo. Mi madre no estaba sola en el penthouse de Esteban, y yo no podía dejar de mirar.
Llevaba años creyendo que la diversión eran los libros y los documentales. Hasta que ella cerró la puerta del cuarto con llave y empezó a desnudarse delante de los dos.
Apenas le di la mano para felicitar al recién casado, su mujer me sostuvo la mirada un segundo de más. Esa noche me susurró que la buscara al volver del viaje.
Tocó su puerta después de dos años de silencio. Su madre lo miró de arriba abajo y le dijo que el perdón tenía un precio que ningún hijo debería estar dispuesto a pagar.
Le abrí el portón a las ocho y media con stilettos, medias negras y la falda más corta que tenía. Llevaba cuarenta días sin tenerme y no pensaba hacerle esperar más.
Cuando llegó el aviso, encendí la pantalla creyendo que sería una reunión más. No imaginé que vería a mi cuñada arrodillada frente al socio de mi suegro.
Vivía dos pisos más arriba y cada vez que la cruzaba en el ascensor pensaba lo mismo: vas a ser mía. Esa tarde, con una rosa en la mano, le pedí que bajara a tomar un café conmigo.
Llevábamos un mes solos en casa cuando ella se ofreció a revisarme tras el golpe. Yo nunca imaginé que mi madre se arrodillaría entre mis piernas.