Aguantaba lo que fuera con tal de no perderlo
Cada vez que salía de aquel piso se juraba que era la última vez. Y al día siguiente volvía con la falda más corta, lista para complacerlo otra vez.
Cada vez que salía de aquel piso se juraba que era la última vez. Y al día siguiente volvía con la falda más corta, lista para complacerlo otra vez.
Lo tenía sentado en bata frente a mi mesa, todavía sudado, y yo solo pensaba en lo que habíamos hecho esa tarde mientras mi hijo comía a mi lado.
Aquella mañana salí a pedalear todavía caliente por la noche anterior. No imaginé que me detendría en la ruta a buscar exactamente lo que me faltaba.
Toqué el timbre convencida de que estaríamos los dos solos. Me abrió una desconocida de pelo negro y sonrisa torcida que ya sabía mi nombre.
Tengo 46 años y nunca le conté esto a nadie. Entré sola a un taller sin salida, acepté la primera cerveza y dejé de pensar en volver a casa.
Esa noche, después de publicar, abrí el correo y encontré un mensaje suyo. No sabía que un desconocido podía moverme tanto solo con palabras.
Le había prometido un regalo distinto: ese fin de semana yo no decidiría nada. Él llevaría las riendas y yo solo tendría que obedecer y dejarme llevar.
No sabría decir si me gustaba todo de aquella criatura o nada; solo sé que esa tarde de calor, frente al espejo, dejó de penetrarme un desconocido y empezó a nacer otro yo.
Llevábamos días hablándolo en susurros, pero ninguno de los dos imaginaba lo lejos que íbamos a llegar esa noche.
Nadie sospecha de la mujer respetable que finjo ser de día. Solo tú sabes lo que susurro cuando volvemos a quedar a solas, copa en mano.
Creía haber enterrado a la mujer que cobraba por su tiempo. Bastó una oferta de mi propio novio para que esa mujer despertara y tomara el control de la noche.
Llevaba dos años sin vestirme. Entonces encontré la llave de la habitación que la dueña me pidió no abrir, y dentro estaba todo lo que necesitaba.
Me cambié de ropa, me perfumé con esencia de coco y volví al bar con un solo plan en la cabeza: averiguar si aquella sonrisa iba en serio.
Solo quería engatusarlo para que me subiera la nota, jugar a la carterista que distrae para robar. Nunca imaginé hasta dónde iba a llevarme mi propio farol.
Creía que el vestuario estaba vacío cuando entró en la ducha. No contaba con que dos desconocidos lo estaban mirando, ni con las ganas que esa mirada le despertó.
Me pidió que subiera y me arreglara solo para él. Esa noche, por fin, iba a ganarme el respeto de todas las chicas de la casa.
Elegí la sesión más vacía para estar solo con mi cansancio, hasta que ella cruzó la sala y se sentó dos butacas a mi derecha con una sonrisa que prometía problemas.
Lo nuestro ya había terminado, pero esa noche de verano descubrí hasta dónde era capaz de llegar con tal de sentirlo otra vez dentro de mí.
Mi novio se fue de viaje treinta días y me prometí resistir. Duré quince. Lo que vino después me convirtió en alguien que ya no reconozco.
Cuando empecé a provocar a Diego dentro de la carpa, Camila tenía los ojos cerrados. Pero su mano ya se movía bajo la bolsa de dormir, y supe que no estaba dormida en absoluto.