El consejo de mis amigas que lo cambió todo esa noche
Llevaba semanas escuchando a mis amigas decir que tenía que soltarme. Ese sábado, después del segundo vino, decidí que sería yo quien marcara el ritmo.
Llevaba semanas escuchando a mis amigas decir que tenía que soltarme. Ese sábado, después del segundo vino, decidí que sería yo quien marcara el ritmo.
Todos en la clínica creían que estaba loco. A mí me agarró del brazo en el pasillo oscuro y me dijo que yo era la reina que su reino necesitaba.
Esa polla que la había dejado temblando el sábado pertenecía al hombre que el lunes firmaría sus evaluaciones. Y ninguno de los dos pensaba detenerse.
Hacía meses que nadie la tocaba. Esa tarde de enero, con el vestuario vacío y los tres pibes todavía sudados, dejó de pensar y se entregó a lo que vendría.
No llevaba nada bajo la pollera cuando golpeé la puerta de aquel vagón oxidado. Solo quería a un hombre. No imaginaba que el capataz aparecería a poner sus reglas.
Me usaron de mula y caí por una valija que ni sabía que llevaba. Adentro descubrí que la única moneda que valía algo era mi propio cuerpo.
Llevábamos treinta años cruzándonos por casualidad. Aquella tarde de lluvia, en la cola de la farmacia, ella me miró distinto. Y yo también.
Por fuera era la novia perfecta, la que apaga la luz y gime bajito. Esa madrugada llegué encendida desde la pista y decidí que ya no iba a fingir.
Llegaron al rancho buscando un colchón donde pasar la noche. Lo que no esperaban era el relato que los dos hermanos guardaban desde hacía años, ni las ganas con que se lo iban a contar.
Nunca había estado en un sex-shop, me dijo. Entramos juntos a una cabina y, entre gemidos en la pantalla, me pidió algo que jamás imaginé escuchar de su boca.
Mateo acababa de echar a su mujer del restaurante cuando llamaron a la puerta del despacho. Era la camarera de los tatuajes, y no venía a hablar de las cuentas del día.
Pensé que era solo un juego de mensajes a deshoras, hasta que una tarde cerró la puerta de mi oficina, apagó la luz y dejó de pedirme permiso.
El roce de la sábana me despertó y, al girar la cabeza, la encontré dormida a mi lado. No recordaba nada de la noche anterior, pero mi cuerpo sí.
Llevaba dos años sin que nadie me tocara. Mi hija lo sabía, y esa tarde apareció en mi cuarto con un hilo dos tallas demasiado pequeño y una idea en la cabeza.
La conocí en un bar de mala muerte y, a los treinta, creía saberlo todo sobre el sexo. Esa señora me demostró en una sola noche que no sabía nada.
Bajé la mirada hacia la ventana de enfrente y entendí que esa noche, entre camiones aparcados, nadie iba a correr las cortinas.
Llegué sola a un piso recién mudado, con un leggins ajustado y un suéter fino. El de la mudanza me miró distinto al cerrar la puerta, y supe que no iba a quedarme con las ganas.
Subió al vagón pasada la medianoche, se sentó frente a mí y empezó a contarme cosas que nadie debería confesarle a un desconocido en la oscuridad.
Salgo a la parada del autobús sin ropa interior, no para ir a ningún sitio, sino para encontrar a alguien que me mire como me miró él aquel jueves de marzo.
Entré a ese hotel solo para secarme la ropa. Salí varias horas después, con las piernas flojas y un secreto que cargo desde entonces.