Mi tercera vez como pasivo con una travesti del chat
Su nick decía «travesti activa» y yo apenas tenía una experiencia encima. Esa tarde, en un hotel cerca del metro, aprendí lo que era estar realmente sometido.
Su nick decía «travesti activa» y yo apenas tenía una experiencia encima. Esa tarde, en un hotel cerca del metro, aprendí lo que era estar realmente sometido.
—No te apures —murmuró ella contra la pared—. Quiero sentir cada cosa que hagas, despacio, hasta que la noche entera se nos haga corta.
Hay cosas que nunca dije en voz alta. Esta es una de ellas: lo que mi prima planeó conmigo aquel enero, sin que yo me diera cuenta hasta que ya era tarde.
Crucé la puerta de aquel apartamento con mi morral lleno de lencería y salí convertida en otra cosa: en la perrita obediente de dos hombres.
Cuando bajé a tomar un café en la cafetería desierta del hotel, no imaginaba que él dejaría la fiesta para seguirme con una botella y una idea concreta.
Llevaba meses redactando el anuncio mentalmente; tardé doce minutos en escribirlo, y a la media hora ya tenía siete respuestas. La de él fue la quinta.
Bajo aquella ropa amplia y discreta se adivinaba una hembra con el deseo intacto. Yo solo tenía que esperar a que dejara de fingir delante de su marido.
Salí de la ducha suave y enjabonada sin sospechar que esa tarde un desconocido fornido nos convertiría a las tres en sus sirvientas obedientes, dispuestas a todo.
Cerré la puerta con llave y apagué las luces de la sala de estudio. Lo único que quería esa tarde era consolarla; lo único que quería ella, olvidar a su novio.
Cuando me dio las llaves de su apartamento y se fue a trabajar, ya sabía que esa noche íbamos a estrenar mucho más que la copa de vino que traje en la maleta.
Nunca le conté de mis gustos. Bastó una notificación de WhatsApp en su sillón para que aquella noche en su casa lo cambiara todo entre nosotros.
Visto de hombre, pero debajo del pantalón llevo encaje. Esa mañana, en el último vagón, alguien se dio cuenta y no pudo apartar los ojos de mí.
Cuando me giré para lavarme las manos lo vi en el espejo: alto, canoso, con el cierre abierto y la mirada clavada en la mía. Mi noche recién empezaba.
Lo conocía desde la secundaria como el más macho del salón. Anoche me vio convertida en otra y, al día siguiente, su mensaje no dejaba lugar a dudas.
Llevaba mi vestido fucsia en la mochila y una sola idea en la cabeza: esa noche iba a ser de todos los que pagaran por mí.
Cuando entró al consultorio con esas caderas, supe que la cita no iba a ser de rutina. Lo que no imaginaba era hasta dónde llegaría su revisión.
Después de una década de mal sexo con hombres me crucé con Renata, su cajón de juguetes y un dedo en un lugar al que nadie había llegado todavía.
Lo reconocí en cuanto se giró. Iba a ser mi profesor de gimnasia y, al primer roce de sus manos en mi espalda, supe que ese día no acababa allí.
Cuando me miré al espejo del hotel con el rímel corrido y las marcas en el cuello, supe que ninguna mentira iba a bastar cuando llegara a casa.
Somos idénticas, le repitió mientras le pintaba los labios. Y era casi cierto: solo un detalle separaba a las gemelas, y era justo el que Carla nunca le había confesado a su novio.