La noche que una travesti me hizo cruzar la línea
Frené en el semáforo solo por curiosidad. Una hora después estaba boca arriba, pidiéndole despacio, descubriendo un lado mío que llevaba años fingiendo que no existía.
Frené en el semáforo solo por curiosidad. Una hora después estaba boca arriba, pidiéndole despacio, descubriendo un lado mío que llevaba años fingiendo que no existía.
Cuando ella entró al bar, mi novio levantó la copa y sonrió como si supiera todo. Y, en realidad, lo sabía hacía meses. Esa noche dejó de ser un secreto.
En el baño me esperaba un vestido negro y blanco, ropa interior de mujer y unos tacones. Él solo dijo: desnúdate y vístete. Lo obedecí sin saber en qué me convertiría.
Tenía casi cuarenta años, vivía puerta con puerta y un día me invitó a una copa. Esa noche dejé de ser la chica del rellano para convertirme en su deseo.
Le había contado mi fijación por las chicas trans, pero jamás pensé que aceptaría sentarse en ese sofá a mirar cómo otra mujer me ponía de rodillas.
Eran casi las once cuando el ascensor me dejó frente al estacionamiento vacío. No pensé que esas llaves me costarían tan caro, y tan barato a la vez.
Cada vez que mi amigo cruzaba la puerta, ella se cambiaba de ropa. Una tarde inventé una excusa, di la vuelta a la manzana y entré por el patio en silencio.
Cuando abrí los ojos seguía dentro de mí. No supe cuántas horas había dormido, solo que Soledad sonreía como quien sabe que ya no tienes adónde ir.
Pedí el cuarto y apagué las luces para dejarme consentir como nunca. Hasta que mi mano buscó entre sus piernas y encontró algo que jamás había imaginado.
Tenía la ropa de mujer guardada bajo candado, segura de que nadie la vería. Hasta que aquel hombre encontró la maleta y me pidió que me la pusiera para él.
Nadie sabía mi verdad. Iba a los partidos solo por sus piernas, hasta que aquella tarde él levantó la vista y me sostuvo la mirada como si supiera todo.
Abajo nuestros padres brindaban por veinte años juntos. Arriba, en su cuarto, yo tenía su miembro en la mano y él esperaba que me atreviera de una vez.
Empecé llenando globos de agua tibia para sentir que tenía pecho. Terminé pegándolos a mis pezones con pegamento y descubriendo un placer que no sabía que buscaba.
Toqué la puerta una y mil veces y nadie abrió. Cuando recepción me dejó entrar, encontré maletas que no eran mías bajo la cama y un olor inconfundible.
Cualquiera habría pensado que después del banquete de la noche anterior estaríamos saciados. En esta casa, el deseo nunca descansa, y aquel domingo iba a desbordarse.
Bastaba con que ella se insinuara para que yo me pusiera en cuatro. Aquella noche descubrí que tenía dos sorpresas guardadas, y solo una era para mí.
Apreté enviar y dejé el teléfono boca abajo. No esperaba respuesta esa misma noche. Cuando contestó, supe que ya no había vuelta atrás.
Mi madre creía que era otro hombre quien la embestía contra el cabecero. A su lado, mi hermana me lanzaba besos mientras mi padre la castigaba sin piedad.
Mido 1,62 y él 1,88. Cuando abrió la puerta en shorts y vi lo que tenía entre las piernas, pensé en darme la vuelta. No lo hice.
Su nick decía «travesti activa» y yo apenas tenía una experiencia encima. Esa tarde, en un hotel cerca del metro, aprendí lo que era estar realmente sometido.