Lo que pasó en la oficina vacía con el de la mudanza
Llegué sola a un piso recién mudado, con un leggins ajustado y un suéter fino. El de la mudanza me miró distinto al cerrar la puerta, y supe que no iba a quedarme con las ganas.
Llegué sola a un piso recién mudado, con un leggins ajustado y un suéter fino. El de la mudanza me miró distinto al cerrar la puerta, y supe que no iba a quedarme con las ganas.
Subió al vagón pasada la medianoche, se sentó frente a mí y empezó a contarme cosas que nadie debería confesarle a un desconocido en la oscuridad.
Salgo a la parada del autobús sin ropa interior, no para ir a ningún sitio, sino para encontrar a alguien que me mire como me miró él aquel jueves de marzo.
Entré a ese hotel solo para secarme la ropa. Salí varias horas después, con las piernas flojas y un secreto que cargo desde entonces.
Nunca pensé que el chaval esmirriado que recordaba se convertiría en el hombre que me hizo temblar frente al espejo. Y todo empezó por un nombre.
Damián llegaba cada viernes con vino y una sonrisa de marido ejemplar. Tomás dormía feliz al otro lado de la pared, sin saber que esos ruidos eran la única verdad que les quedaba.
Nunca le vi el rostro. Solo su espalda morena respirando entrecortada mientras mis manos bajaban más de lo que un masajista debería atreverse.
Empezó con su mano dentro de mi pantalón mientras fingíamos mirar la pantalla. Ninguno de los cuatro dijo nada hasta que ya fue imposible parar.
Estaba a punto de meterme en el jacuzzi cuando llamaron a la puerta. Era ella, con mi tarjeta en la mano y esa sonrisa que yo llevaba meses imaginando.
Les dije que mi consuelo era más efectivo que cualquier bebida fría. Me quité la ropa antes de entrar y esperé a que el agua caliente me delatara entre el vapor.
En veinte años detrás del mostrador he aprendido a leer a la gente. Sabía que ella no llegaba a fin de mes mucho antes de que se atreviera a pedirme ayuda.
Cuando se fue la luz y quedamos atrapados entre dos plantas, supe que esas horas a oscuras iban a cambiarlo todo. Y yo no hice nada por evitarlo.
Me decían la solterona de los gatos, pero nadie del barrio imaginaba lo que pasaba en mi casa cada mañana, cada tarde y cada noche desde aquel martes de verano.
No habíamos intercambiado los teléfonos, pero yo sabía cómo encontrarlo. Volví a entrar al chat con una sola idea: que me llamara su gatita otra vez.
Nadie contestó al telefonillo, pero la puerta se abrió igual. Ahí entendí que ya no había marcha atrás y que aquel hombre iba a hacer conmigo lo que quisiera.
Llevaba todo el verano deseándolo y nunca me atreví. Aquella tarde, con la piscina en silencio y nadie cerca, Adrián saltó al agua sin nada y me miró desde el centro.
Lo deseábamos los dos desde la primera clase, pero nunca imaginamos que sería él quien nos pediría que eligiéramos entre olvidarlo o mudarnos a su casa.
Acababa de cumplir veintidós y nunca había estado con nadie. Iván tenía tres años menos, pero bastó una apuesta tonta para que entendiera quién mandaba.
La voz metálica anunció la siguiente fase y, en lugar de pánico, sentí algo que no debía sentir: unas ganas absurdas de que todo volviera a empezar.
La terraza del motel conectaba con la suya, y desde la penumbra una voz grave me llamó «bonito». Debí entrar a mi cuarto y cerrar. No lo hice.