Lo que pasó en las duchas del gimnasio esa noche
Creía que estaba solo bajo el agua, hasta que un brazo le rodeó el cuello por la espalda y una voz ronca le susurró al oído lo que ya era evidente.
Creía que estaba solo bajo el agua, hasta que un brazo le rodeó el cuello por la espalda y una voz ronca le susurró al oído lo que ya era evidente.
Subí las escaleras detrás de él oliendo su colonia, sin saber que sus compañeros volverían dos horas antes de lo previsto.
La llave giró en la cerradura a las dos de la madrugada y yo seguía debajo de él, sin intención de taparme. Cuatro pares de ojos me miraron desde la puerta.
Casi las nueve de la noche, el campus vacío y una mochila olvidada en los lavabos. La abrí solo para buscar al dueño. Lo que había en el fondo lo cambió todo.
Llevaba años entrando a escondidas solo para mirar. Aquella tarde de verano, por fin, decidí abrirle la puerta a uno de ellos.
Nos sentamos como dos amigos cualquiera, pero los dos sabíamos a qué habíamos venido. Al cerrar la puerta, ninguno se animaba a dar el primer paso.
Llevaba semanas fingiendo que no notaba sus miradas, sus piernas abiertas en el sofá, los bultos que marcaba a propósito. Esa noche volví antes de la cuenta y dejé de fingir.
En cuanto sus padres se metieron en la cocina, el chico le agarró el paquete por encima del vaquero. Nadie en esa casa imaginaba cómo iba a acabar la cena.
Damián salvó a media ciudad y se llevó al novato a su suite para celebrarlo. Tomás lo admiraba como a un ídolo, hasta que esa noche descubrió quién mandaba de verdad.
Le ofrecí la ventanilla a la señora del autobús y ni me miró. No imaginaba que el verdadero viaje empezaría en el comedor del hotel, frente a dos extraños.
Pensé que solo cenaríamos los tres. Pero mi prima había invitado a sus amigos, y esa noche descubrí hasta dónde estaba dispuesto a llegar para complacer a su novio.
Llevaba casi dos meses sin saber de él. Entonces llegó el mensaje: «Mañana ven al trabajo con ropa interior de mujer». Y supe que no podría negarme.
Lo vi solo en la barra de la cocina, ajeno al grupo, pegado al celular. Con solo mirarlo supe que esa tarde no iba a quedarse tan macho como creía.
Eran las tres de la mañana cuando sentí su boca buscándome en la oscuridad, y supe que esta vez sería yo quien lo guiara hasta el final.
Cruzamos el umbral del departamento sabiendo que nos quedaban dos horas, y él se abalanzó sobre mí antes de que pudiera dejar las llaves sobre la mesa.
Me retó a nadar un último sprint con una condición que ninguno de los dos pensaba cumplir. Pero esa noche la piscina estaba vacía y nadie nos miraba.
Veinte años, virgen y encerrado entre cómics. Mi padre creía que un viaje al campo me convertiría en hombre. No imaginaba quién me estaría esperando allí.
Me hice el dormido para mirarlo. Lo que vi esa noche en la otra cama cambió por completo el rumbo de aquel viaje.
Llevaba más de dos horas en la sala de espera cuando él me llamó por mi nombre. No imaginé que esa misma tarde acabaríamos solos en una camilla que ya nadie usaba.
Lo vi en la esquina con el pito entre los dientes, avisando a los jíbaros. No pude dejar de mirarlo, y supe que esa madrugada no me iría a casa sin él.