Medias de seda y una culpa que no me abandonaba
Me puse las medias, el liguero y los tacones. Me miré al espejo y supe que estaba lista. Lo que no supe fue cómo apagar ese recuerdo de tres semanas atrás.
Me puse las medias, el liguero y los tacones. Me miré al espejo y supe que estaba lista. Lo que no supe fue cómo apagar ese recuerdo de tres semanas atrás.
No era que me faltara nada. Era que nunca me había dado cuenta de lo que quería hasta que aquel chico me miró como si yo fuera lo único en el mundo.
Cuando Diego entró al salón y vio a mi abuela en ese vestido rojo, supe que había tomado la decisión correcta. Ella lo miró como ya me había mirado a mí.
Llevaba meses diciéndole que no. Cuando vi ese teléfono en el aparador, supe exactamente qué podía ofrecerle a cambio de tenerlo.
Salí antes del amanecer con el cuerpo preparado y una sola idea: llegar al otro lado de la carretera después de haberme entregado a cuantos choferes quisieran.
Tenía los dedos húmedos de ella cuando el coche arrancó. Me dejó en la puerta de mi propia casa con una erección y el corazón roto.
La oí entrar a medianoche y no abrí los ojos. Fingí dormir. Lo que pasó después en esa habitación oscura no debería haberme gustado tanto.
Marcos era gay y yo era su mejor amiga desde los quince años. Ocho años de deseo callado, de fingir que no me ardía por dentro cada vez que contaba sus historias.
Tenía las maletas en el pasillo y el taxi pedido para las seis. Entonces sonó el timbre y lo encontré al otro lado, con el teléfono en la mano.
Romina entró a esa fiesta con una seguridad que tienen pocas mujeres. Al día siguiente, cuando me llevó a recoger a su hija, entendí que la noche anterior había sido solo el comienzo.
Llegué a esa quinta recién separada, sin muchas expectativas. Volví con recuerdos que tardaron meses en dejar de volver solos a mi cabeza.
Cuando mi marido faltó ese día, Rodrigo llegó solo muy temprano. Lo que empezó con retos y preguntas incómodas terminó de una forma que nunca esperé.
Cuando nos detuvieron en la oscuridad, solo pensaba en escapar. No imaginé que horas después estaría deseando que no terminara.
Llegó al salón con un vestido negro y una sonrisa que sabía lo que hacía. Mi mujer la miraba igual que yo. Los tres sabíamos que aquella tarde no terminaría con el café.
Cuando me ofreció llevarme al súper en su auto, pensé en ahorrarle tiempo a mi marido. Fue la última vez que pensé en él esa noche.
Tengo veintiocho años y una lista de fantasías que casi nunca le cuento a nadie. Esta es mi confesión completa, sin filtros.
Cierro los ojos y ella aparece: alta, oscura, con una polla que no me esperaba encontrar y que ahora no consigo sacarme de la cabeza.
Entró con un grupo, intentó llevarse un set de lencería negra y acabó devolviendo mucho más de lo que robó. Sus ojos azules me lo dijeron todo desde el primer segundo.
Cuando Vera me miró esa noche, supe que algo en mí estaba a punto de romperse. No de miedo, sino de un deseo que nunca había querido reconocer.
La esposa de mi jefe me llamaba perra en sus mensajes privados. Si creía que era cierto, esa tarde iba a darle toda la razón.