Lo que pasó en la piscina con mis amigos y mi mujer
Cuando Mateo se quitó el bañador, vi cómo mi mujer dejaba de mover los ojos. Yo iba demasiado borracho para detener lo que esa mirada empezaba a prometer.
Cuando Mateo se quitó el bañador, vi cómo mi mujer dejaba de mover los ojos. Yo iba demasiado borracho para detener lo que esa mirada empezaba a prometer.
Pensé que se reiría de mí, que diría que estaba loco. Pero cuando la llevé de la muñeca hasta la puerta entornada, mi hermana ya no pudo apartar la mirada.
Lo escribí pensando que nadie lo leería jamás. El día que mi madre abrió ese cuaderno, todo entre nosotros dejó de tener marcha atrás.
Cuando entraron riéndose en las duchas comunes, pensé que solo era un juego inocente. No imaginaba que esa misma noche conocería el secreto que escondía la familia del segundo piso.
Dormimos desnudas, abrazadas de cucharita, y casi nunca llegamos a desayunar antes de que su erección matutina decida por las dos.
Bajé el vidrio, crucé dos palabras con ella y la invité a subir. No imaginaba que esa morocha de la esquina sin luz me esperaba con una sorpresa entre las piernas.
Yo no esperaba mucho de aquella aplicación esa noche, pero su perfil apareció a doscientos metros y, sin saber por qué, fui yo quien dio el primer paso.
Cuando el último aplauso se apagó, Damián cerró la puerta del camerino con llave y supo que esa voz, y todo lo demás, le pertenecía aquella noche.
Tenía veintidós años y nunca había estado con otro hombre. Cuando empujé la puerta entornada del 5B, supe que esa noche no iba a salir el mismo que había entrado.
Pensé que estaban todos dormidos, pero al final del pasillo a oscuras había una escena que me clavó al piso y de la que no pude apartar la vista.
Siempre soñó con transformarse en una de esas guerreras de falda corta. Esa noche de carnaval, contra la pared y con la música retumbando, empezó a sentirse exactamente así.
Cuando escuchó el grito en el aula vacía, supo que volvía a tocarle trabajo: antifaz puesto, botas ajustadas y una lección que ese cerdo no olvidaría jamás.
Apenas el maestro salió del cuarto, escuché otros pasos en el pasillo. El que tocaba la puerta no era él: era el muchacho que esperaba su turno conmigo.
Le habían hablado de un negocio con un catálogo enorme, donde podías elegir a la persona exacta que querías poseer. Adriano cruzó la puerta sin un solo nervio.
«Esta noche cumplís tu promesa», decía el mensaje. Bajé duchado y temblando, sabiendo que entre Brisa y Mateo iban a llevarme más allá de cualquier límite que hubiera imaginado.
Volvió a casa con el pelo teñido y una sonrisa enorme. No imaginó que esa pequeña rebelión le costaría la noche más larga de su vida.
Llegué a tasar su casa señorial. No imaginé que aquella mujer elegante terminaría desabrochándome la blusa sobre la mesa del comedor.
Cuando bajé a la biblioteca esa tarde no sabía que mi madrastra y su imponente socia ya habían decidido qué clase de hombre iban a hacer de mí.
Bajó las escaleras convencida de que nadie sabía nada. El hombre del playón la esperaba con una sonrisa torcida y una foto que lo cambiaba todo.
Bianca montaba en bici conmigo cada sábado y me provocaba en cada parada. Lo que ninguno confesó es que mi mujer ya conocía el juego desde el principio.