Mi marido viajó y dejó a su primo cuidándome
Cuando Damián cerró la puerta y se fue de viaje, Mariela ya sabía que la semana entera a solas con Rodrigo iba a cambiarlo todo entre ellos.
Cuando Damián cerró la puerta y se fue de viaje, Mariela ya sabía que la semana entera a solas con Rodrigo iba a cambiarlo todo entre ellos.
Encontré una foto vieja guardada en un cajón y, de golpe, supe exactamente lo que quería pedirle a cada uno de ellos esas vacaciones.
Cuando abrí la puerta solo con el pantalón puesto, Marlene ya sabía que Leila estaba dentro. Lo que no imaginé fue que mi secretaria se quedaría a participar.
Lo invitaron como cada sábado, con ron y música, sin imaginar que esa noche los tres cruzarían un límite del que ya no habría regreso.
Llevaba media copa encima y un anillo de compromiso en el dedo. Cuando ese chico empezó a piropearme, supe que aquella noche iba a hacer algo de lo que nunca hablaría.
Él llegó antes de lo previsto, con cervezas frías y ganas de sorprenderla. Ella le contestó desde el baño con la voz quebrada, incapaz de explicarle por qué tardaba tanto.
Guardé la prueba donde la encontré, me lavé las manos y bajé a la cocina como si no supiera nada. Esa noche empezó el juego más sucio de nuestro matrimonio.
La primera tarde, un animador del hotel le ofreció un trago mirándole el escote. Bianca cruzó las piernas, se mordió el labio, y supe que ese viaje no iba a ser lo que yo había planeado.
El día que bajaron el cajón de Rubén a la tierra, Mariela ya sabía que esa noche buscaría a Damián en el cuarto del fondo, y que nadie en la casa la juzgaría por ello.
Bajé las setas de un trago sin saber que esa noche dejaría de mirar a la madre de mi novia como a mi suegra para empezar a verla de una forma muy distinta.
Era mi primer trabajo serio: comercial puerta a puerta. No imaginé que detrás de aquel chalet habría un hombre, una cámara y la tarde que lo cambiaría todo.
Después de aquella primera vez en el cuarto de servicio, sabía que ofrecerle llevarlo a su casa era solo el pretexto. La calle oscura hizo el resto.
Cada sábado le cantaba con la guitarra mientras ella fregaba. Hasta que un día decidió responderme de la única forma que yo no esperaba.
Despachó a la chica que se ofreció a ayudarlo sin mirarla dos veces. Una hora después descubrió que era ella quien decidía si su carrera seguía viva o no.
Siempre había reprimido ese deseo. Pero esa tarde, frente al espejo y con el maquillaje puesto, dejé de pelear contra la mujer que quería ser.
Sabía exactamente lo que quería esa noche: un hombre que la mirara como suya y no le diera tregua. Solo tenía que cruzar la puerta de aquella habitación.
El vibrador todavía zumbaba dentro de mí cuando su nombre apareció en la pantalla. Podíamos salir a dar una vuelta, sí, o podía subir y terminar lo que yo había empezado sola.
Salió de la ducha con la toalla a la cintura, como cada tarde. Pero esa mirada de su vecino no era la de siempre, y lo supo antes de que abriera la boca.
La camisa seguía tirada en el rincón, justo donde la había dejado. Cuando Iván cruzó la puerta supo, por la forma en que su amo lo miraba, que esta vez no se iba a librar tan fácil.
Salí de aquella reunión con la sangre hirviendo. Esa noche no quería jugar suave: quería destruir a los dos chicos que me esperaban de rodillas en el colchón.