Acepté un trío en el ático y no me arrepiento
Llevaba toda la semana cuerda y prudente. Bastó una botella de cava en aquella terraza para que dejara de serlo, justo cuando sonó el timbre por segunda vez.
Llevaba toda la semana cuerda y prudente. Bastó una botella de cava en aquella terraza para que dejara de serlo, justo cuando sonó el timbre por segunda vez.
Cuando salí del coche con la minifalda subida, mi marido me miraba de una forma que nunca le había visto. Esa noche dejé de ser la señora correcta que él creía conocer.
Llevaba años evitándome la mirada en cada cena familiar. Esa madrugada se abalanzó sobre mí sin una palabra, y entendí que nunca había sido casualidad.
Bastó un comentario inocente sobre las miradas ajenas para que mi madre cambiara las reglas: lo que los desconocidos podían mirar, su propia sangre podía tocar.
Marcos apoyó la botella en la barra y dijo en voz alta lo que los dos llevaban días callando. El camarero fingió no escuchar.
Cuando bajó del baño con la ropa que le había dejado encima de la cama, supe que esa tarde iba a obedecer cada orden sin rechistar.
Solo vino a dejarme unos papeles. Cuando se sentó en el sofá y cruzó las piernas, supe que el problema iba a ser mío, no de ella.
Cuando Rafael ordenó que me quitara la blusa, los otros dos hombres en la sala no se movieron. Nadie protestó. Nadie apartó la mirada. Eso era lo que él quería que supiera.
Salimos seis al bar de Rosa. A las tres de la mañana seguíamos los mismos seis en casa de Valeria, pero ya nadie tenía ropa puesta.
Marcos lo dijo sin rodeos en aquella cafetería: quería dejarlo todo para estar con Valeria. Lo de anoche había sido demasiado real para fingir que no pasó.
Cuando la vi tumbada al sol en el jardín, sin la parte de arriba del bikini, entendí que ese verano iba a ser diferente a todo lo que había vivido.
Esa madrugada, junto a Diego dormido, comprendí que no podía pensar en él sin pensar en Mateo. Con un novio nuevo, mi hermano seguía siendo el centro.
Mamá se probó tres conjuntos delante de mí y, antes de elegir, dejó caer la pregunta del tanga negro como si fuera lo más natural del mundo.
Eran las seis de la tarde, mis padres no volverían hasta el domingo y ella entró a mi cuarto sin tocar, completamente desnuda, con esa sonrisa que conocía desde hacía dos años.
Yo me masturbaba pensando en ella cuando empujó la puerta sin avisar, recién duchada y sin una sola gota de ropa encima. Lo que vino después no debería contarse.
Quería hacerle a papá el mejor oral de su vida mientras Andrés lo filmaba desde el sillón. Lo que ocurrió después nadie lo planeó.
En la puerta de su casa se le cayó la cartera. En lugar de la llave, salió rodando un puñado de condones. Don Ricardo y yo nos miramos. La noche apenas empezaba.
Viajé sola buscando templos y acabé en una terraza sobre el río, rodeada de manos que no eran las mías y bocas que sabían exactamente dónde encontrarme.
Cuando Iván se bajó los pantalones frente a todos, supe que iba a pasar algo que no podríamos olvidar. Éramos cinco en el salón y la película ya no importaba.
Esa noche Valeria tomó mi cabeza entre sus manos y la empujó exactamente hacia donde yo llevaba meses sin atreverme a mirar.