Cada lunes imagino lo mismo con mi compañera de oficina
A las diez en punto entro en la sala de juntas y, mientras el jefe habla de cifras, mi cabeza se va a un sitio donde ella y yo no respetamos ninguna regla.
A las diez en punto entro en la sala de juntas y, mientras el jefe habla de cifras, mi cabeza se va a un sitio donde ella y yo no respetamos ninguna regla.
«Quiero que vengas sin ropa interior, ¿te atreves?». Lo escribí casi en broma. Nunca imaginé hasta dónde nos llevaría esa butaca a oscuras.
Decidí ir sin ropa interior bajo la falda, solo para ver tu reacción cuando rozaras mi pierna en el banco del piano. No imaginé hasta dónde llegaríamos.
Me anuncié como sumiso sin saber que aquel extraño me llevaría a obedecer órdenes que nunca había imaginado en voz alta, frente a la cámara y con mis padres al otro lado de la pared.
La primera vez que la escuché jadear al otro lado del muro me quedé inmóvil, fingiendo que dormía mientras mi cuerpo decidía algo muy distinto.
Cuando abrí ese mensaje sin remitente, no imaginé que esa tarde mis propias manos me llevarían a un lugar que nunca me había atrevido a explorar.
Las dos sabíamos que la otra era bisexual, pero nunca habíamos hecho nada al respecto. Esa tarde, una cerveza y un juego viejo lo cambiaron todo.
Esa mañana de septiembre vi entrar a la chica más tímida del aula. Tardé dos semanas en entender que la tímida del aula no era ella, era yo.
Entré buscando un rincón donde nadie me mirara. Levanté la vista del libro al oír su risa, y supe que esa tarde no iba a salir de allí siendo la misma.
Aquella tarde la planta estaba vacía. Cuando ella entró al ascensor y me miró así, supe que iba a obedecer cualquier cosa que me pidiera.
Carla se movía inquieta bajo las sábanas. Cuando me susurró lo que quería, supe que la noche en la cabaña no iba a terminar como yo había planeado.
Abrí el cajón equivocado por error y descubrí que mi mejor amiga escondía cosas que yo ni siquiera sabía nombrar. Esa tarde, ella decidió explicármelas una por una.
Llevaba un vestido tan corto que no había prenda interior posible, y ella me miró desde el otro lado de la barra como si ya supiera cómo iba a terminar mi noche.
Llegué del trabajo arrastrando los pies y la encontré esperándome en el rellano, con la sonrisa de siempre y un bolso lleno de cosas que no estaban en mi presupuesto.
Sofía se arrodilla en silencio, sin que yo tenga que pedírselo dos veces. Ahí es cuando entiendo por qué la contraté. Y por qué nunca la dejaré ir.
Habíamos planeado el sábado, pero ella llamó el viernes: ven hoy, estoy ansiosa. Cuando abrió la puerta, ya no pude seguir fingiendo que esto no era serio.
La toalla resbaló mientras me ponía crema. Sentí que alguien podría estar mirando desde las sombras del edificio de enfrente. No busqué las cortinas.
Valen apoyó la mano en mi muslo en mitad de la autopista. Llevábamos cuarenta minutos y ya sabíamos las dos cómo iba a terminar el día.
Abrí la puerta y algo en su sonrisa me dijo que esa tarde no iba a ser una simple charla entre la novia de mi hijo y su futura suegra.
Fui a cambiarme los zapatos y terminé espiando al matrimonio dueño de la finca. A la mañana siguiente, su hija y su madre hicieron que yo también participara.