La mujer de mi jefe volvió a buscarme en la playa
Cuando Marina cruzó la arena hacia mí, supe que no venía sola: traía a su marido detrás, sumiso, y una propuesta que ninguno de los dos podría rechazar.
Cuando Marina cruzó la arena hacia mí, supe que no venía sola: traía a su marido detrás, sumiso, y una propuesta que ninguno de los dos podría rechazar.
Llamé a mi marido en plena madrugada, con restos de semen en el cuerpo y otro hombre al lado, para preguntarle si podía aceptar algo que jamás habíamos hecho.
Llevábamos veinticinco años casados y una rutina cómoda, hasta que un camarero del resort la miró como yo había dejado de mirarla. Y entonces ella me hizo una propuesta.
Lo escribo por fin: me excita ser el putito anónimo de un hombre casado, arrodillarme sin saber su nombre y que él tampoco sepa el mío. Solo eso. Una y otra vez.
Llevaba doce años apagándome en silencio. Esa noche me puse el vestido que él odiaba, salí sin avisar y no volví siendo la misma mujer.
Subida al banquito acomodando los platos, sentí su mirada recorriéndome las piernas. «Es un panorama exquisito», dijo sin pizca de vergüenza. Y yo no bajé.
Cuando todos se durmieron, Diego se quedó a mi lado en la cama. Decía que no sabía si le gustaban los hombres. Lo que pasó después no lo había planeado ninguno de los dos.
El hombre del traje sacó un paquete de su mochila. Adentro había un vestido transparente y una tanga que él pensaba arrancar con los dientes.
Yo era el trofeo de un hombre de sesenta y cinco años. Esa noche, su sobrino me miró como si supiera exactamente lo que yo era, y no se equivocaba.
Le avisé que no llevaba nada debajo del vestido. Lo que no sabía era que, mientras él me tocaba, alguien más nos observaba en vivo desde la pantalla.
Llevábamos años siendo solo amigos. Esa madrugada, con la casa vacía y dos cervezas de más, descubrí cuánto deseaba algo que nunca me había permitido pensar.
Nadie esperaba que yo volviera tan pronto. Lo que vi en ese garaje —mi madre, sin camiseta, con los puños vendados— no podía desaprenderse.
Lo contacté por una página de anuncios. Llevaba un año intentándolo y nunca se concretaba. Aquel 24 de diciembre fue la primera vez que me atreví.
Me senté frente a él, le tomé las manos y empecé a hablar. Sabía que cada palabra me ataba más a él, aunque doliera como una caricia mal puesta.
Éramos un matrimonio acostumbrado a compartirlo todo. Cuando Marcos llegó de gira con esa sonrisa de siempre, entendimos que la cena iba a esperar.
Tenía dieciocho años y ninguna experiencia. Ella tenía marido, una hija en mi clase y la habilidad de hacerme perder el sueño desde el primer día.
En el viaje al apartamento, el conductor me pasó su celular con unos videos. Lo que vino después no estaba en mis planes y nunca lo había hecho con otro hombre.
Cuando le presté el slip rojo a Bruno aquella mañana, no imaginé que mi vecino llegaría a buscarnos y que el sendero al río terminaría en algo que nunca habíamos hecho.
Llevaba un cubrebocas negro y una pijama de cocina verde, pero lo que me hipnotizó esa mañana fue cómo se le marcaba todo mientras servía las charolas del buffet.
Abrió la puerta apenas vestido, con esa sonrisa que ya no era la del cliente educado, y entendí desde el primer minuto que aquel aviso no iba a terminar con la junta del desagüe.