El belga del piso vacío me cambió la mañana
Subí las escaleras con la polla a punto y el corazón disparado. La puerta estaba entreabierta. Lo que pasó dentro de ese piso vacío no se lo conté a nadie hasta hoy.
Subí las escaleras con la polla a punto y el corazón disparado. La puerta estaba entreabierta. Lo que pasó dentro de ese piso vacío no se lo conté a nadie hasta hoy.
Tengo sesenta y tres años, soy abuelo de dos, y ahora vivo encerrado en una jaula de castidad esperando que un pibe de veinticuatro vuelva con la llave.
Él tenía casi setenta años, manos fuertes y ningún pudor. Yo tenía cuarenta y dos, un marido en el piso de abajo y las defensas completamente por los suelos.
Cuando ella me preguntó quién me gustaba más de los dos, yo llevaba veinte minutos mirándolos desde mi toalla con la boca seca.
Quedé con él en una plaza que no conocía, en una ciudad que no era la mía. Me invitó a su departamento y perdimos la noción del tiempo.
Cuando la lona se abrió en mitad de la noche, supimos que lo que había empezado entre nosotras iba a convertirse en algo mucho más.
Eran amigos de años. Todos con pareja, todos celosos, convencidos de que esa noche era una cena más. Entonces Daniela sacó la baraja.
Rodrigo se acercó al sofá donde mi marido estaba solo y le dijo: «mi novia lleva media hora mirándote». Lo que siguió no fue predecible para ninguno de los cuatro.
Apostamos bajo la cobija a ver si adivinaba qué ropa interior llevaba. No imaginé que esa apuesta terminaría con su peso sobre mí en la habitación del hotel.
Se quedó dormida desnuda sobre la toalla y yo, sentado a su lado, descubrí que seis chicos jóvenes no le quitaban la vista de encima desde las rocas.
Cuando los vi acercarse en la barra del bar, supe que la noche no iba a terminar como ellos imaginaban. Yo los había tocado a los dos antes que ellos se rozaran.
Iba a ser la primera vez que estuviera con los cuatro al mismo tiempo. Lo decidimos esa noche, mientras brindábamos por unas vacaciones que jamás imaginé que empezarían así.
La forma en que él la miraba en la piscina y la forma en que ella se rozó conmigo bailando bachata me hicieron entender que aquella semana cambiaría todo.
Bebí mi café fingiendo concentrarme en el celular, pero los miraba a los dos. Si supieran que conocía cada centímetro de sus cuerpos por separado, ya nos habríamos ido los tres juntos.
Cuando vi cómo Daniela miraba a mi novia esa noche, supe que algo iba a pasar. Lo que no imaginé es que yo terminaría suplicando que pasara.
Nos dijeron que el precio era nuestro cuerpo. Cinco hermanos, un contrabandista y la única salida posible.
Cuando bajé del ascensor con la tanguita ya empapada y el vestido pegado al sudor, supe que aquel tequila no iba a quedarse solo en tequila.
Ella eligió al hombre. Yo organicé los encuentros. Ninguno de los dos sabía exactamente cómo terminaría aquella noche de primavera en Barcelona.
Sofía llevaba años imaginando cómo sería aquella noche. No imaginó que Camila estaría ahí, ni que Rodrigo tampoco querría que se fuera.
Cerré los ojos bajo el antifaz y la voz de mi padre construyó cada detalle. Ya no estaba en mi cuarto: estaba con Rodrigo, y él hacía exactamente lo que yo había soñado.