El trío con mi socio empezó en nuestra cocina
Mientras ella lo besaba en nuestra cocina, yo fingía normalidad con la polla dura y la certeza de que aquella noche iba a cambiarlo todo.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Mientras ella lo besaba en nuestra cocina, yo fingía normalidad con la polla dura y la certeza de que aquella noche iba a cambiarlo todo.
Cada hora obedecía la misma orden en el baño, y con cada repetición mi cuerpo pedía algo más sucio y más intenso.
Fui a ese club pensando en unas copas y un encuentro pendiente, pero salí en un coche con dos hombres que ya habían decidido cómo me querían usar.
Creí que la noche acabaría en nuestra terraza, pero él ya había decidido hasta dónde iba a llevar mi obediencia.
La primera noche en el piso nuevo lo até a una silla, me senté sobre su polla encerrada y le ordené que me confesara todo lo que quería que le hiciera.
A la una menos un minuto, la puerta del ático ya estaba entreabierta y ella me esperaba temblando, sin saber hasta dónde pensaba llevarla.
Lo cité en casa para explicarle mis permisos, pero lo que encontró en la sala cambió la forma en que me miraba en la oficina.
Mara oyó los aplausos detrás de ella y entendió que la prueba apenas empezaba, aunque su cuerpo ya temblaba sobre el mármol.
Me puse esos tacones para impresionar a mi jefe, pero acabé de rodillas ante un desconocido que supo leer mi deseo mejor que yo misma.
Los dos mensajes de WhatsApp bastaron para que se me erizara la piel. Ven al servicio limpio, decía. Y no me refiero a la ducha.
La vi entrar sola al bar después del partido y supe que la noche no iba a terminar con insultos, sino con una rendición mucho más íntima.
Bajé la ventanilla para escuchar mejor los gemidos y, cuando quise apartar la vista, ya tenía las bragas empapadas y el miedo metido en la garganta.
Salí de la ducha y no encontré la ropa; estaba doblada sobre las rodillas de mi compañero, con esa sonrisa de quien llevaba semanas esperándome.
Cuando vi sus bragas húmedas sobre la toalla, entendí que ya no era un accidente: ella sabía exactamente lo que yo hacía cuando se iba.
Acepté entrar vendada y de rodillas, pero no estaba preparada para descubrir cuánto asco, miedo y excitación podían mezclarse en una sola noche.
Atada, excitada y agradecida, me arrodillé frente a él decidida a compensar cada orden con la mamada más intensa de nuestra semana.
Cuando apareció enfundada en aquel traje negro, supe que no iba a pagar por una hora cualquiera, sino por cumplir la obsesión que llevaba años escondiendo.
Fui a arreglar una fuga un sábado y terminé arrodillado entre las piernas de una mujer madura, obedeciendo cada orden sin saber lo que venía detrás.
Me quité la ropa interior antes de salir y, cuando el vagón se llenó, supe que no volvería a bajar del metro igual que había subido.
Abrí la puerta desnuda, con el cuerpo todavía marcado por la fiesta de anoche, y su mirada me dijo que venía a usarme hasta vaciarse.