Un día de tortura y sus pies esperándome en casa
Caminó toda la tarde entre pies ajenos que no podía tocar. En casa, Laura lo esperaba con los suyos sucios de asfalto y una sonrisa que era una orden.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Caminó toda la tarde entre pies ajenos que no podía tocar. En casa, Laura lo esperaba con los suyos sucios de asfalto y una sonrisa que era una orden.
Cuando apagaron las luces sacó un calcetín y lo presionó contra mi cara. No era ninguna broma: sabía exactamente quién era yo.
Marcos firmó el contrato sin leerlo. Cuando lo encerraron bajo el váter del Club Ónix, ya era demasiado tarde para arrepentirse.
Cuando Sofía nos citó a ver el cuarto del bebé, ninguna imaginaba que terminaríamos escuchando sus confesiones más íntimas y sin filtro.
En el día a día no me pisa nadie. Pero cuando las luces se apagan y él me mira de esa manera, desaparezco. Solo existo para cumplir lo que me ordena.
Lo vi sentado en el banco y supe que era él. El hombre del plug con el corazón. Decidí darle lo que nunca había pedido: un espectáculo solo para sus ojos.
Adrián me ofreció llevarme a casa con mi guitarra. Debí haberle dicho que no. Pero había algo en su manera de mirarme que no me dejó responder.
Rodrigo abrió la puerta y encontró a su vecina en el pasillo, los ojos llorosos, el vestido tenso. Lo que le pidió minutos después no tenía nombre.
Cuando exhaló el humo directo a mi cara y sonrió, supe que aquella noche no iba a terminar bien. Ni bien ni inocente.
Desperté esposado al techo de una sala llena de látigos y argollas. Dos mujeres querían doblarme. Nadie les avisó que yo aprendía rápido.
Treinta segundos de distracción detrás del volante me costaron mucho más que una multa. Esa noche aprendí lo que significa pertenecer a alguien.
Cuando Elena abrió las puertas, el olor a carne quemada le llegó antes que la imagen. Dos cuerpos rotos, un trabajo sucio y una guardia dispuesta a impedirlo.
Cuando sus ojos se clavaron en los míos y señaló el suelo, entendí que esa noche el ritual sería distinto. Más intenso. Más íntimo.
Desperté atado en un sótano, desnudo y a merced de la mujer a la que investigaba. No sabía que en pocas horas sería yo quien sostendría el látigo.
Cuando entró a la habitación pensaba que iba a ser otra noche más. No había visto la mochila que dejé sobre la silla, ni la cuerda asomando del cierre.
Lo que empezo como un juego en el balcon se convirtio en una espiral de exhibicionismo, sumision y deseo que ninguno de los dos quiso frenar.
Me senté encima de él y empecé a contarle mi fantasía más sucia. Con cada detalle que añadía, lo veía deshacerse un poco más.
Las muñecas sujetas al techo, el cuerpo expuesto y él mirándome con calma. Juré que no cedería. Nunca había estado tan equivocada.
Desperté maniatado en una sala con argollas en las paredes y dos mujeres dispuestas a hacerme hablar. Cometieron un error: me dejaron solo con sus propios instrumentos.
Subimos a la habitación sin saber muy bien cómo empezar. Fui yo quien dio el primer paso, y desde ese momento ya no hubo marcha atrás.