Mi tercera confesión de sexo por dinero
Fui por veinte euros y por el morbo de dejarme usar, pero cuando reconocí aquella furgoneta supe que esa noche iba a salir de control.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Fui por veinte euros y por el morbo de dejarme usar, pero cuando reconocí aquella furgoneta supe que esa noche iba a salir de control.
Llegué con la jaula puesta, los pies ardiendo y la cabeza rendida; lo que mi Ama tenía preparado me dejó temblando antes de tocarme.
Me chupé su polla bajo la mesa sin imaginar que esa era apenas la entrada de una noche donde me iba a exhibir delante de todos.
Lo llevé a mi cuarto creyendo que aún mandaba yo, pero esa siesta me enseñó, con dedos y crueldad, quién tenía de verdad el control.
Cuando abrió la puerta, yo ya estaba temblando dentro de la jaula, con el plug en el culo y la cena sin tocar, esperando su primera orden.
Le até las muñecas para mandar por primera vez, pero mientras él obedecía yo descubrí que el verdadero control no estaba de mi lado.
Entró buscando ayuda para controlar su ansiedad y terminó temblando frente a un hombre que parecía leerle el cuerpo mejor que la mente.
Creí que solo iba a repetir una escena incómoda, pero cuando cerró la puerta del camerino y me ordenó bajarme los pantalones, supe que ya estaba perdido.
La vi cruzar el parque con una calma fingida, sabiendo que cada paso estaba diseñado para que alguien le clavara los ojos encima.
Me vio empalmarme por sus pies, sonrió como si ya mandara sobre mí y me hizo seguirla hasta el aparcamiento sin dejarme pensar.
Cerré la puerta, me puse el vestido más corto y decidí obedecer cada regla que me excitaba, aunque acabara temblando sola sobre el sofá.
Creí que solo iban a revisarme al llegar, pero la encargada cerró la puerta, me miró de arriba abajo y entendí que aquella noche iba a obedecer.
Escuché los gemidos al pasar por el pasillo. La puerta estaba entreabierta y no pude apartar la mirada. Tampoco pude quedarme quieta.
Lo invité a nuestra mesa para ayudar a mi esposo, pero cuando cerró la puerta supe que había metido al enemigo en nuestra cama.
Me hizo desnudarme antes de entrar, y cuando vi a las otras tres mujeres mirándome y riéndose, supe que iba a convertirme en su juguete.
Cuando desperté, las tres estaban desnudas junto a mi cama, sonriendo como si ya hubieran decidido hasta dónde querían llegar conmigo.
Ella salió a buscar sexo, pero en aquel cajero encontró a un hombre roto, sucio y peligroso. Lo que hizo después fue puro castigo.
Temblaba frente a la cruz sin saber si iba a huir o a abrir más las piernas cuando su voz grave me ordenó obedecer.
Volví furioso del trabajo, le falté al respeto y vi cómo deslizaba la zapatilla del pie. En ese momento supe que la noche ya no me pertenecía.
La sujeté para que dejara de golpear a otra mujer, y acabé de rodillas, dolorido, excitado y completamente a merced de su sonrisa.