La calentura que me provocaba mi cuñada embarazada
Nunca había tocado una panza así sin el guante y la bata de por medio. Esta vez era la de Marisol, su cuñada, y no pudo fingir que solo buscaba las patadas de los gemelos.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Nunca había tocado una panza así sin el guante y la bata de por medio. Esta vez era la de Marisol, su cuñada, y no pudo fingir que solo buscaba las patadas de los gemelos.
Faltaban días para el parto y yo solo pensaba en una cosa. Cuando la contracción me dobló de dolor, le pedí a Rocío que metiera la mano bajo la sábana.
Bajé al embalse a huir del calor y terminé tumbado en la orilla, incapaz de moverme, mientras los dedos de una desconocida decidían a qué ritmo me rendía.
Voy desnudo por casa porque nadie me ve. Eso creía, hasta que la vecina de enfrente me saludó con una sonrisa que ya lo sabía todo de mí.
Nadie imaginaría que esos tenis gigantes y ridículos guardan mis secretos. Esa noche en la carretera, con todos dormidos, me atreví por fin a lo que tanto fantaseaba.
Adrián me indicaba cuántas tomar y en qué orden, y yo obedecía sin preguntar. No imaginaba hasta dónde estaba dispuesto a llevar el control sobre mi cuerpo.
Cuando la luz del baño se encendió de golpe me quedé inmóvil, con su bañador en la mano y sus ojos clavados en los míos. Supe que ya no mandaba yo.
Bajé al jardín a oscuras sin saber que esta vez ella no me dejaría solo con su ropa interior: tenía algo de su madre guardado para mí.
Llevaba algo escondido en la mano y esa sonrisa no presagiaba nada inocente. —Saca la lengua —me ordenó, y yo ya sabía que iba a obedecer.
Cada noche me pedía algo nuevo a través de las rejas de su ventana, y yo era incapaz de decirle que no, aunque eso significara hurgar en el cesto de la ropa sucia de mi propia madre.
Nunca me había fijado en los pies de nadie, hasta esa tarde calurosa en que ella estiró el suyo hacia mí y me preguntó, con una sonrisa, si me atrevía a tocarlo.
Durante años fantaseé con servir a una mujer que me quisiera a sus pies. Renata no fingía dominar: lo hacía con una calma que me dejaba sin aire.
Carla apareció descalza entre las sombras del jardín, con esa cara de niña buena que escondía a la chica más perversa que yo había conocido.
Subió los pies a mis piernas, me ordenó desabrochar las cintas de sus sandalias y, con una sonrisa que no era inocente, me dijo que ese sería el precio de su silencio.
Siempre creí que no había nada más sucio que unos pies. Esa noche, descalza y nerviosa en la cama de mi amiga, descubrí lo equivocada que estaba.
Le ofrecí revisarle el tobillo como médico. Ella cruzó la pierna, acercó el pie a mi cara y supe, en ese instante, quién mandaba de verdad.
Nadie en la oficina imaginaba lo que escondían mis botas aquella mañana de lluvia, ni por qué no quise quitármelas en todo el día.
Recostada en el borde de la cama, con las medias negras subiendo por mis piernas, le advertí que esa noche no usaría las manos: lo desharía solo con mis pies.
Su tanga olía a todo el día y no me resistí: subí a la cama dispuesto a probarla mientras dormía, sin saber que ella llevaba un rato esperándome despierta.
Habían pasado ocho años desde aquel viaje en micro, pero apenas lo vi parado frente a la terminal supe que esa noche no llegaría a cenar a mi casa.