Dejé que un desconocido me revisara en el parking
Estaba medio desnuda en el coche de un hombre al que no conocía, en un parking lleno de gente, y él me dijo que me relajara porque mi chequeo apenas empezaba.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Estaba medio desnuda en el coche de un hombre al que no conocía, en un parking lleno de gente, y él me dijo que me relajara porque mi chequeo apenas empezaba.
La adrenalina me subía con solo pensarlo: salir de noche a una zona apartada y dejar que hombres que no conocía me usaran como quisieran. Sabía los riesgos.
Llevo años trabajando entre muertos y creía haberlo visto todo. Hasta que aquel hombre, tendido en mi mesa de acero, se movió cuando hundí el bisturí en su pecho.
El mar me escupió en la cubierta de un yate sin un solo hombre a bordo. Cuando desperté por segunda vez, ya llevaba puesto su vestido y no entendía por qué me dejaba hacer.
Llegó al picadero como una semiprofesional de modales perfectos. Tres clases después, era ella quien me ponía la fusta en la mano y me pedía que no fuera flojo.
Desde niño los globos me aterraban y me excitaban a partes iguales. Aquel cumpleaños, encerrado en el baño, descubrí hasta dónde podía llevarme esa contradicción.
Me las dejó dobladas sobre el lavabo, todavía con su olor, y una nota: «Hoy las llevas tú». Supe que la tarde iba a ser larga.
Nuria llegó a la consulta para que la curaran de su lujuria; salió habiéndole enseñado a la joven doctora que algunas calenturas no se curan, se obedecen.
Leí el nombre en la etiqueta del cadáver y el corazón me dio un vuelco: era ella, la misma que me había humillado durante seis años. Y ahora estaba quieta, a mi merced.
Cuando vi el vídeo en su móvil supe que ya no había vuelta atrás: mi vecina sabía exactamente lo que quería de mí, y yo había caído en su trampa.
Llevaba toda la tarde sin clientes cuando entró ella. Me arrodillé para calzarle un tacón y, con su pie desnudo entre mis manos, supe que no iba a poder parar.
Cuando me senté frente a él con la lista en la mano, ya sabía que no había ido a revisar materiales. Mi jefe me había enviado para conseguir el descuento, y yo era la moneda.
Cuando se arrodilló en la ducha y me miró con esa sonrisa, supe que ya no había vuelta atrás: su fantasía y la mía estaban a punto de cruzar una línea.
Entró al mercado medio derruido buscando pruebas para una denuncia y encontró a cuatro hombres dispuestos a usarla como nunca nadie la había usado.
Acepté acompañarlo al viaje sabiendo que sería su mujer por unos días. Lo que no sabía era que mi cuerpo ya formaba parte de la negociación.
En cuanto él se puso al volante, Carmen supo quién mandaba: ningún beso ni caricia llegaría cuando ella lo pidiera, sino cuando él lo decidiera.
Tres años descalza, dos anillos en los dedos y la certeza de que al terminar el día él se arrodillará a lamer cada huella del camino que ella pisó.
Había una sola condición que le pedí esa tarde, y cuando entró por la puerta supe, solo por cómo me miró, que esta vez había decidido obedecerme del todo.
Subió la calefacción a tope para que ninguno de ellos dejara de sudar. Quería que llegaran cansados, sucios y con hambre de hacerle todo lo que nadie se atrevía a pedirle.
Me dejó sola en su sala, todavía temblando, y salí de su casa sin despedirme. Esa misma semana entendí que algo dentro de mí se había encendido y ya no podría apagarlo.