El santuario que escondo de mi propia Diosa
Lo vigilé desde antes de su falta. Dijo que yo era demasiado perfecta para caminar entre el barro, sin saber que esa frase lo condenaba a no salir nunca de él.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Lo vigilé desde antes de su falta. Dijo que yo era demasiado perfecta para caminar entre el barro, sin saber que esa frase lo condenaba a no salir nunca de él.
Cuando abrí la mochila que me entregó en el lobby de aquel hotel de mala muerte, entendí que la reunión no era lo que yo había imaginado. Y ya era tarde para echarme atrás.
Sabía lo que habían pactado, pero ninguna palabra la preparó para lo que sentiría cuando cruzó esa puerta y la sala se cerró detrás de ella.
Una mano desconocida me rozó la cintura justo antes de salir del bar. Bastó una pregunta al oído para que olvidara a mis amigas y siguiera a esa pareja hasta su casa.
Crucé el umbral sin ropa interior, tal como ella había ordenado. Lo que no sabía era que, al otro lado de la puerta, me esperaba un rostro que conocía demasiado bien.
Cuando crucé la puerta y la vi de pie en mitad de la sala, supe que la lección de esa noche no la olvidaría jamás: había vuelto, y eso lo cambiaba todo.
Nunca había pagado por la atención de nadie, pero esa madrugada, frente a la pantalla, sus palabras me redujeron a algo que jamás imaginé querer ser.
Tenía las pinzas mordiéndome los pezones y la cadena tensa entre los dedos de Adrián. Solo una palabra bastaba para que todo parara. No la dije.
No sé tu nombre, pero sé lo que te espera. Yo también creí que era amor antes de aprender a obedecer cada una de sus órdenes.
La tenía contra la pared cuando sonó su móvil. Le ordené que respondiera en videollamada: su amiga iba a ver hasta dónde llegaba su obediencia.
Ella se repetía que era una mujer decente, pero esa noche, en la habitación del hotel, descubrió cuánto deseaba obedecer cada una de mis órdenes.
El mensaje llegó al atardecer: preséntate a las 13:45, vestido negro, sin joyas, sin bolso. El resto, obedecerás. Era la única moneda que me quedaba.
Me quedé mirándola desde la barra hasta que nuestras miradas se cruzaron. No sabía aún que esa noche ella me llamaría «señor» y haría todo lo que yo le ordenara.
Cuando se puso de cuclillas frente a mí bajo la lluvia y me pidió que le enseñara los dientes, supe que aquel hombre de traje negro no buscaba darme una moneda.
Llevaba cinco días sin un solo mensaje de ella, y esa ausencia lo dominaba con más fuerza que cualquier orden que le hubiera dado nunca.
Pulsé play creyendo que era una despedida cariñosa. A los dos minutos entendí que ella sabía todo lo que yo escondía, y que esa noche su voz mandaba sobre mí.
Junto al cajón abierto, mientras todos fingían llorar, Mariana solo podía pensar en las manos de aquellos dos hombres y en lo que le harían esa misma noche.
Llevaba toda la vida siendo la fuerte, la que cuidaba de todos. Esa tarde, un desconocido me ordenó subir a su coche y, por primera vez, dejé de decidir.
Tenía veintitantos, una esposa flaca que nadaba abajo y unos ojos hambrientos que me suplicaban sin saberlo. Esa tarde le enseñé quién manda.
Pulsé enviar y algo se rompió para siempre. Con su collar al cuello, supe que al cruzar la puerta del bar dejaría de ser quien fui.