De rodillas para ti cuando volviste del gimnasio
Me lanzaste tus bragas todavía tibias y una sonrisa. «Póntelas y espérame», dijiste. Dos horas después seguía de rodillas, contando los minutos hasta tu llegada.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Me lanzaste tus bragas todavía tibias y una sonrisa. «Póntelas y espérame», dijiste. Dos horas después seguía de rodillas, contando los minutos hasta tu llegada.
Subí a ofrecerle ayuda como un buen vecino. Bajé convertido en algo muy distinto, arrodillado en su baño y obedeciendo cada palabra que salía de su boca.
Acerqué la nariz a su pelo sin pensar, una vez, dos, tres. Cuando giró la cabeza y me preguntó si me gustaba, supe que ya no había vuelta atrás.
Bajé a su casa creyendo que era un favor cualquiera entre vecinos. Me recibió con una sonrisa que no admitía preguntas y una orden que no supe negarme a cumplir.
La primera vez que me puso el collar supe que no había marcha atrás: bajaría cada vez que ella llamara, dispuesto a obedecer cualquier orden que saliera de su boca.
«No estamos haciendo nada, es un trozo de silicona», me dijo. Pero la forma en que me miraba mientras abría la caja decía exactamente lo contrario.
Volvió a bloquearme de todo y reapareció con una novia «decente». Craso error: nadie le quita su juguete a una mujer como yo sin pagarlo caro.
Se quedó dormida frente al televisor y yo sabía que no debía acercarme. Pero sus pies descalzos sobre el sofá eran una invitación que llevaba meses esperando.
Esa noche, mientras conducía de vuelta a casa, supe que detrás de su sonrisa pícara había una idea nueva. Y que no iba a poder sacármela de la cabeza.
Llevaba una semana mandándole fotos para volverlo loco. Cuando volvió, descubrí que el castigo por mi impaciencia sería arrodillarme y esperar con la lengua afuera.
Cuando encontré uno de sus zapatos olvidado en el vestuario, debí haberlo dejado donde estaba. En cambio crucé media ciudad para devolvérselo, y todo se torció.
Durante años acepté por complacer y luego corría al baño a escupir. Con él descubrí que la barrera que más me costaba derribar era también la que más placer escondía.
Empezó como un juego con disfraz y botas altas, pero terminó conmigo de rodillas a las tres de la madrugada, incapaz de saciar lo que él despertó en mí.
Le tapé los ojos un segundo, lo justo para encender la grabadora detrás de la almohada. Él nunca supo que esa noche quedó atrapado para siempre en una cinta roja.
Son las dos de la tarde, llevo horas acariciándolo y aún no le he dado permiso para correrse. Hoy mando yo, y él aprende a esperar.
Le grité que la reja estaba abierta para que entrara con las dos manos ocupadas. Lo que no anticipó fue la bombita que le esperaba justo al cruzar el umbral.
Once de la noche, sola en casa, con la jaula puesta y la llave a cientos de kilómetros. Solo me dejó un juguete enorme, y supe enseguida que lo había comprado para esto.
Entré a su cuarto solo para hablar y terminé descubriendo algo que despertó cada hormona de mi cuerpo. Cuando él me atrapó, ya no hubo forma de fingir que no lo deseaba.
Llevábamos semanas buscando público en Telegram sin suerte. Esa noche, en un pinar a oscuras, alguien aparcó al lado y se quedó mirando lo que mi novia me pedía hacerle.
La conocí con veinte años y la deseé en silencio más de una década. Cuando volvió a aparecer, supe que esta vez no me conformaría solo con mirarla.