El masaje que mi mujer me regaló por reyes
Cuando abrí el regalo de reyes y vi un vale para un masaje con Pilar, me reí. No sabía que mi mujer llevaba meses planeando exactamente lo que iba a ocurrir.
Cuando abrí el regalo de reyes y vi un vale para un masaje con Pilar, me reí. No sabía que mi mujer llevaba meses planeando exactamente lo que iba a ocurrir.
Lo escribo por fin: me excita ser el putito anónimo de un hombre casado, arrodillarme sin saber su nombre y que él tampoco sepa el mío. Solo eso. Una y otra vez.
Empecé pidiendo una nota y terminé descubriendo cuánto era capaz de desear. Estos son los dos años que me cambiaron y que no le había contado a nadie.
Cuando todos se durmieron, Diego se quedó a mi lado en la cama. Decía que no sabía si le gustaban los hombres. Lo que pasó después no lo había planeado ninguno de los dos.
El cartel pedía ayudante sin experiencia y horario corto. No pregunté qué clase de servicios ofrecían en la trastienda; debí haberlo hecho antes de firmar.
Veinte años casados y cada uno escondía su propio secreto: él en baños ajenos, yo sin saber aún lo que esa mujer del yoga estaba a punto de despertar en mí.
Cuarenta minutos antes me temblaban las manos. Ahora sostengo el arnés y, por primera vez en dieciocho años, soy yo quien decide lo que pasa en esta habitación.
La llamaba repugnante mientras vivía algo que nadie sospechaba. Esa noche lo seguí, y lo que encontré cambió por completo el plan que teníamos para él.
Rubén llenó la cafetera mientras, al otro lado de la ventana, nuestras mujeres dejaban de disimular. Ninguno de los dos apartó la mirada, y entonces su mano encontró la mía.
Mi prometido viajó sin mí días antes de la boda, así que cuando el chofer empezó a mirarme por el retrovisor, decidí darle una prueba de lo que era capaz.
Pensé que iba a matar el tiempo en una playa cualquiera mientras mi mujer trabajaba. No imaginaba que Damián e Iván me esperaban con una invitación que no supe rechazar.
Tardó en contestar y, cuando lo hizo, su voz venía entrecortada. De fondo, alguien gemía. Yo seguí hablando como si no me diera cuenta de nada.
Aquella tarde, mientras Sofía se probaba lencería frente al espejo, mi marido y yo descubrimos que llevábamos meses sin mirarnos así.
Pensé que ya lo había visto todo entre mis tíos, hasta que aquella noche sonó el timbre y entendí que apenas era el comienzo de todo.
Cuando salió del cuarto de mi hijo cubierta solo con su camisa, supe que esa tarde no iba a comportarme como la madre que todos esperaban.
Abrí los ojos en mitad del placer y la vi apoyada en el marco de la puerta, mirándonos. No dijo nada. Solo deslizó una mano dentro de su short.
Tenía diecinueve años y una novia que estaba colada por otro. Tardé un año en entender que esa traición, lejos de dolerme, era lo que más me excitaba.
Esa noche cerré la puerta con llave, apagué el teléfono y, por primera vez, me permití averiguar qué se sentía al dejar de resistirme.
Pensé que se reiría de mí, que diría que estaba loco. Pero cuando la llevé de la muñeca hasta la puerta entornada, mi hermana ya no pudo apartar la mirada.
Mi hermana cumplía veinte y yo tenía preparada una cámara, un guión y a toda la familia metida en su papel. Lo que ninguno imaginaba era hasta dónde íbamos a llegar esa noche.