Pamplona me supo a mamada esa mañana
Me desperté con una sola idea fija entre las piernas y un nombre en la boca. Esa mañana Pamplona entera me olía a sexo, y yo solo quería encontrarla a ella.
Me desperté con una sola idea fija entre las piernas y un nombre en la boca. Esa mañana Pamplona entera me olía a sexo, y yo solo quería encontrarla a ella.
Creíamos estar solos en la cala escondida, hasta que noté que aquellos tres no nos quitaban los ojos de encima. Y a nosotros tampoco nos molestaba que mirasen.
Ella sacó de la bolsa un tanga que no tapaba nada y me lo tendió sin una palabra. En esa playa llena de gente, las órdenes ya no las daba yo.
Llegué al portal con el pulso acelerado, esperando un trío. Mariana llegaba tarde. Su amigo me abrió la puerta solo, sonriendo, y nada de lo que pasó después estaba en mi cabeza.
Llevaba semanas mirándola de reojo en la escalera. La tarde que llegué a casa y la encontré en mi sofá, descubrí que el deseo no entiende de etiquetas.
Nunca pensé que un mensaje a deshoras terminaría con los cuatro desnudos junto a la piscina, repartiéndonos el placer sin más reglas que el deseo.
Mariana aceptó ser mi socia con una sola condición: que su novio entrara a la empresa. Lo que no previó fue cuánto iba a disfrutar él de ser el centro del juego.
Bruno llegó al almacén con ganas de aprenderlo todo. Lo que ninguno imaginaba era que, dos meses después, su pareja y la mía acabarían en la misma cama redonda.
La sentí girarse hacia mí en la oscuridad, su muslo rozó el mío bajo la sábana, y supe que mi prima del pueblo no había venido a este cuarto solo a esconderse de su novio.
Carla nunca había hecho topless delante de mí. Esa tarde no solo se quitó la parte de arriba: dos desconocidas se acercaron y nada volvió a ser igual.
No llevábamos ropa seca, la lluvia no paraba y entonces aparecieron ellos dos. Lo que vino después ninguno de los cuatro lo olvidaría jamás.
Carmen quería que aquel viaje fuera inolvidable. No imaginaba que tres desconocidos y un vecino curioso convertirían el ático en el escenario de su fantasía más salvaje.
Llevábamos años veraneando juntas, viéndonos en topless sin pensar nada. Hasta que aquel primer día de playa su mano se coló dentro de mi bikini y todo cambió.
Vi a mi amiga comerse con los ojos el cuerpo de la chica más deseada de la facultad, y esa mirada despertó en mí una curiosidad que llevaba años fingiendo no tener.
Llevaba meses callando lo que sentía por ella. Y de pronto me pedía un beso para encender a su prometido, sin saber que iba a encender algo mucho más peligroso entre nosotras.
Llegó a casa un sábado al mediodía, se sentó frente a nosotras y, antes de hablar, respiró hondo como quien va a saltar al vacío.
Yo había hecho las cosas bien; su novio no. Esa misma noche decidí invitarla a casa, sin imaginar hasta dónde me llevaría la curiosidad.
Nunca se había planteado cómo sería estar con una mujer. Esa tarde, con la blusa a medio abrir, dejó de preguntárselo.
Habíamos hablado del intercambio durante semanas por chat, pero ninguno imaginó que cruzar esa puerta tapizada de rojo nos haría olvidar de quién éramos pareja.
Cuando Lorena dejó caer su vestido al suelo y se quedó desnuda frente a los cuatro, supe que aquella noche no íbamos a ponernos ningún límite.