La encargada del club y la travesti que la doblegó
Llevaba meses con la llave de mi jaula colgada de su cuello, recordándome quién mandaba. Esa tarde, en el almacén, aprendió que el poder cambia de manos más rápido de lo que nadie imagina.
Llevaba meses con la llave de mi jaula colgada de su cuello, recordándome quién mandaba. Esa tarde, en el almacén, aprendió que el poder cambia de manos más rápido de lo que nadie imagina.
Atada bajo las luces y con su mirada clavada en mi nuca, entendí que esta noche el verdadero espectáculo era él: obligado a ver todo lo que se negó a darme.
No tenía que pensarlo. En cuanto escuché su voz al otro lado de la línea, ya estaba buscando las llaves del coche con las manos temblando.
Bruno llevaba horas tirado en el suelo de aquella habitación, agotado, cuando la puerta volvió a abrirse y supo que la noche aún no pensaba soltarlo.
Arrodillada sobre sus talones, sin más adorno que el collar de su dueña, Lirea temblaba cada vez que la cámara se abría para dejar pasar a algo que ningún mortal debería desear.
Cada mañana entraba al edificio sabiendo que entre sus manos estaba el destino de cada hombre que cruzaba esa puerta. Y le encantaba.
La conocía del trabajo: brillante, arrogante, imposible de aguantar. Lo que no imaginaba era encontrármela desnuda, de rodillas y vendada, esperando órdenes.
Nunca sé en qué postura voy a terminar cuando entro a su cuarto de cuerdas. Hoy había un punto de suspensión listo, y yo solo llevaba unas bragas que él pensaba destrozar.
Durante el día gobernaba con mano de hierro. Por las noches descendía a su propia mazmorra y ordenaba que la trataran como a una prisionera más.
Hugo pensaba que la tenía en el bote. No sospechaba que cada sonrisa de ella era parte de una trampa que llevaba años queriendo cerrar.
Sus tacones retumbaban por toda la planta y todos creían que las órdenes las daba yo. Solo ella sabía lo que pasaba cuando cerraba la puerta de mi despacho.
Despertó en el hospital con los testículos hinchados y una enfermera que sonreía demasiado. Esa sonrisa terminaría dictando el resto de su vida.
Estacioné el coche con el pulso desbocado y el vaquero ya manchado. Sabía que al cruzar esa puerta dejaría de ser una persona para convertirme en su juguete.
Le pedí que respetara lo pactado y, mientras la cuerda me sostenía las muñecas, recé en silencio para que no me hiciera caso. No me lo hizo.
Llegaba puntual, con un bolso color sangre y los labios pintados de carmesí. Antes de mirarte siquiera, ya había decidido cuánto ibas a sufrir.
Cruzó las piernas despacio para que él notara el encaje negro bajo el vestido. Esa noche no sería él quien mandara, aunque todavía no lo sospechara.
Volvió al mismo descampado convencido de que esta vez sí ganaría. No imaginaba cuánto disfrutaba ella cada vez que lo obligaba a doblarse de rodillas delante de todo el barrio.
Quinientos euros por dejarse golpear donde más dolía. Aceptó sin pensar, convencido de que tres mujeres no podían hacerle tanto daño. Se equivocaba.
Bajé los pantalones manchados de café convencido de que era mi gran momento. No conté con que su hermana mayor cruzaría justo entonces la puerta.
Le bastaba una sonrisa para que el más creído bajara la guardia; entonces Nadia atacaba justo donde más dolía y disfrutaba cada segundo de su caída.