Subí a quejarme del ruido y bajé siendo suya
Subí en bata, descalza y furiosa, dispuesta a gritarle. Él abrió la puerta, me miró de arriba abajo y supe que era yo la que se había metido en problemas.
Subí en bata, descalza y furiosa, dispuesta a gritarle. Él abrió la puerta, me miró de arriba abajo y supe que era yo la que se había metido en problemas.
A sus veintinueve años todavía tenía cara de niña buena, pero esa mañana entró a mi despacho sabiendo exactamente lo que tendría que hacer para que su padre durmiera en casa.
Cuatro manchas violáceas en mis caderas tenían la forma exacta de sus dedos. Me vestí de ejecutiva impecable, pero los dos sabíamos a quién pertenecía ya mi cuerpo.
Las decisiones importantes siempre las tomaba él. Por eso, cuando dijo que necesitaba a alguien más en casa para esas semanas, supe que ya estaba decidido.
Lo había pedido mil veces sin creer que lo haría. Esa noche, con las cuerdas tensas y su voz al oído, entendí que no había vuelta atrás.
Llevaba veinte días de retraso y la misma sonrisa de superioridad intacta. Esa noche entendió que en mi casa el alquiler también se podía pagar de otra manera.
Pegada a la pared del salón escuché cómo mi padre me vendía otra vez. Esa noche dejé de ser una moneda de cambio y tomé la última decisión que me quedaba.
Volvía de surfear, el pelo húmedo y el bikini aún mojado, cuando me hicieron parar. No imaginaba que esa noche descubriría hasta dónde llegaba mi deseo.
Apoyados en la encimera creyeron que la casa estaba vacía. No contaban con que ella volviera antes de tiempo, ni con lo que guardaba para quienes se atrevían a engañarla.
Me senté en esa silla a fingir una emergencia, pero bajo el top sin sujetador mi cuerpo solo obedecía a una voz que no estaba en la sala: la de mi amo.
Llevaba años decidiendo quién obedecía y quién suplicaba. Ninguno de sus clientes sabía que detrás del espejo alguien estudiaba el modo de destronarla.
Me ordenó masturbarme frente a él mientras fumaba en el sillón. Lo que ninguno de los dos esperaba era cómo iba a terminar esa tarde de juegos.
Esta noche duermo en el suelo y me lo busqué yo. La paradoja de pedirle a tu Dom que te ordene algo y descubrir que ya no hay vuelta atrás.
Serví a esa casa desde niño y vi cómo la melena de fuego de aquella mujer ponía de rodillas a los hombres más poderosos del valle, uno por uno, según el día de la semana.
Supe que algo iba mal en cuanto le vi la cara al entrar. No hubo saludo, solo una frialdad calculada y una orden: «Di en voz alta de qué eres responsable».
Durante meses me obligó a obedecer en su cama. Cuando por fin hablé, no imaginé que la justicia le devolvería cada golpe transformándolo en lo que más despreciaba.
No le até las manos para inmovilizarla. Se las até para que entendiera, antes de que pasara nada, que esa noche su cuerpo había dejado de ser suyo.
Llovía, así que subimos a mi casa y dejamos que la suerte eligiera a qué jugábamos. Ninguno imaginaba que ese juego terminaría con ella desnuda y suplicando entre mis cuerdas.
Llegué a su piso convencido de que las agujas no me iban a tocar el alma. Damián me hizo entender muy rápido que se había preparado para lo contrario.
En el baño me esperaba un vestido negro y blanco, ropa interior de mujer y unos tacones. Él solo dijo: desnúdate y vístete. Lo obedecí sin saber en qué me convertiría.